Experiencia, ¿mi enemiga?

por Santiago Montes

¶ Aquel 19 de diciembre me levanté temprano, a las 8:30 de la mañana. Había quedado con mi amigo Marchelo de subir la peña de Bernal. Salí de mi cuarto con una mochila que traía todo el equipo: dos arneses, una cuerda, varios mosquetones, cintas y mis gatas, entre otras cosas que preparé la noche previa. Desayuné, subí mi mochila al carro y fui por Marchelo a su casa. Después pasamos por un café al Oxxo y nos dirigimos a nuestro destino. Llegamos al estacionamiento de turistas alrededor de las 9:30. No había nadie.

Era lunes y el pueblo parecía fantasma, a diferencia de los fines de semana que cobra vida con tanta gente que acude a conocer el inmenso monolito. Marchelo y yo nos equipamos. Él nunca había escalado antes, así que yo tenía que explicarle todo: cómo ponerse el arnés, cómo hacer maniobras con la cuerda, cómo asegurarse y cómo él me iba a asegurar a mí. Comenzamos a subir por la zona de turistas; caminamos hasta que llegamos finalmente a la roca y buscamos la base de la ruta que íbamos a escalar: «la Bernalina». Cansados y fatigados por la caminata, tomamos un breve descanso antes de empezar a escalar. Le expliqué a Marchelo cómo íbamos a subir y qué es lo que tenía que hacer.

Apenas recuperamos aliento, saqué la cuerda de la mochila y los arneses. Coloqué la cuerda en la base de la ruta y le di un arnés a mi amigo. La cuerda tenía algunos nudos, así que la desenredé con cuidado. Al terminar, le expliqué a Marchelo cómo anudarse. No me entendió muy bien, así que terminé haciéndole el nudo yo.

—Me vas a asegurar con este sistema –le dije.

—¿Así?

—Sí, así.

Finalmente, anudados y listos los dos, procedimos a escalar. Yo subí primero. La piedra estaba fría, sin embargo, se sentía el sol calentando mi espalda. El principio de la ruta es muy fácil, así que lo hice rápido. Escalé y protegí mi cuerda. Como siempre, nada fuera de lo normal. Eventualmente llegué a la primera reunión del multilargo. Hay una reunión así cada 30 metros. El primer escalador sube y espera ahí a que su compañero lo alcance. Esto se repite hasta llegar a la cima.

Después de llegar a las cadenas y asegurarme, jalé la cuerda restante hasta que se tensó y puede asegurar a Marchelo. Él iba lento pero seguro. Cuando con calma y valentía llegó a las cadenas, lo anclé a la reunión.

—¿Qué tal? –le pregunte
 —Cansado. Da miedo. ¿Ahora qué sigue?

—Me vas a asegurar igual.

Todo iba bien, como siempre. Nunca pasó por mi cabeza lo que iba a suceder. Ya había escalado la Peña muchas veces antes. Me preparé de nuevo para empezar a escalar, ahora a 30 metros de altura. Agarré mis gatas y me las puse con cuidado, tenía miedo de que se fueran a caer. Tras tener los dos zapatos puestos, quité mi línea de vida. No me había dado cuenta que no me había colocado en el seguro de mi cordada. No sé qué estaba pensando. ¿Estaba pensando?

Quise sentarme de nuevo en mi arnés para explicarle algo a mi amigo cuando caí. Sentí miedo, sentí cómo iba rodando por la pared y mis extremidades golpeaban la roca. Me golpeé la cabeza y mi brazo izquierdo fuertemente. Tras segundos de caída, impacté en el suelo. Tuve la suerte de caer en unos arbustos que me amortiguaron. Seguía consciente. Intenté moverme, inundado de dolor. Mis piernas estaban golpeadas, pero no rotas. Me di cuenta de que mi cabeza estaba sangrando y que mi brazo izquierdo estaba roto. Sentí un chorro de sangre manchar mi frente y no podía mover el brazo. No había nadie en el camino. Después de unos minutos que parecieron horas, pasó una mujer y le pedí ayuda. Ella le marcó a Emergencias y después yo les marqué a mis padres.

—¿Quién habla? –contestó mi madre.

—Soy Chucho –respondí llorando de dolor.

—¿Qué pasó, hijo?

—Me caí de la Peña.

El saldo: descalabrada, radio y cúbito rotos, y otras heridas menos graves. Fue un exceso de confianza, ahora lo sé. No me preocupó el hecho de que Marchelo no supiera asegurarme y cometí otros errores que me llevaron a lo sucedido. Pero ahora me doy cuenta de que pude haberlo evitado de no haberme confiado. Probé haber tenido más confianza que competencia.

Esto no es algo que me haya pasado sólo a mí, muchos accidentes ocurridos al escalar involucran a escaladores experimentados. Hay datos que revelan que alrededor del 48% de las víctimas norteamericanas en la temporada de invierno de 2009 tenían más de tres años de experiencia escalando.

La experiencia es un arma de doble filo. Por un lado, es obvio que tener más experiencia implica un mayor dominio sobre la técnica, pero también hace fácil creer que uno es más inmune a equivocarse.

Escalar es más que tan solo dominar la técnica, más que unos cuantos años de práctica. No sólo se necesita un vasto conocimiento del equipo y las maniobras de seguridad, sino que es importante una gran concentración. Tu vida depende de eso.

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