Tiempo de muros

por Mariana J.G. Cházaro

¶ La primera instrucción que nos dieron fue que guardáramos los teléfonos celulares. Preguntamos si se los robarían. Nos contestaron que muy probablemente sólo los tomarían prestados, para llamar al novio o algún pariente. En el momento no nos pareció algo malo, pero más tarde comprendimos que estas niñas no existían; que la mayoría de ellas habían sido internadas en el hogar a modo de refugio, y que ese refugio las desaparecía. Nadie sabía que estaban ahí, y nadie debía saberlo.

Poco imaginaba lo que iba a encontrar al otro lado del mural de una de las calles más transitadas de la ciudad de Querétaro. Ahogado entre un hospital y las vías del tren, al hogar se lo come la ciudad como este hace con las niñas que le llegan. Después de hablar con un par de ellas, comprendimos las reglas: no están permitidos los teléfonos celulares, no están permitidos los e-mails, no están permitidas las cuentas de Facebook, y no está permitido el contacto con nadie de tu pasado ni nadie de tu presente fuera de la casa. A estas alturas, me iban pareciendo poco probables estos encuentros con personas del exterior. Sin embargo, dentro de este, como en cualquier convento, podemos observar un sistema de jerarquías. Pero aquí, tu clase la determina tu crimen o, en muchos casos, el crimen de tus padres.

El esquema es sencillo: las niñas acusadas de pobreza se encuentran en la cima. Ellas pueden, además de salir ocasionalmente de excursión, recibir visitas periódicas. Seguidas de estas, están las chicas rehabilitadas. Rehabilitadas de problemas de agresividad o pandillas, de problemas de alcoholismo, y en algunos casos de prostitución. A estas chicas también se les permite salir en ocasiones especiales, y si las madres lo creen propicio, pueden también recibir algunas visitas controladas. Y es ahora cuando la realidad diluida y reducida a palabras cae pesada –si no es que ya cayó– cuando toca narrar del eslabón más bajo de jerarquía social en la casa. Es un hecho conocido que el mundo y la sociedad en la que coexistimos no son justos. Sin embargo, mucha gente desconoce a qué terribles profundidades puede llegar esta verdad. Como cuando se te encarcela por el crimen de nacer en la familia equivocada.

Cristina* tenía tan solo quince años cuando ella y sus hermanas fueron internadas en el hogar. La causa fue la denuncia por parte de una tía suya al gobierno. Su padre las violaba. Al crecer en una familia donde el mismo acto sexual se repetía en incontables ocasiones, este se convirtió en su realidad, y su realidad se convirtió en la norma. Normal. Su madre las veía como rivales. Cristina es la mayor de sus hermanas.

Ninguna de las niñas en esta casa pasa de dieciocho años. Y sus vidas y las nuestras suman las múltiples realidades que se viven en estos tiempos. Tiempo de muros.


*Los nombres en este artículo han sido modificados por cuestiones de privacidad.

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