Contra ese silencio que arde –un perfil de Diego Enrique Osorno

por Viviana Palma, María Daniela Morales y Diego Juárez

¶ Vestido de negro y mezclilla, con una voz ronca y serena, el cronista relata historias crudas de violencia. Sentado con una postura jorobada y con un tono nítido e inmutable, Diego Enrique Osorno describe la violencia en México tranquilamente. Habla de asesinatos y decapitados con calma y compostura. Su voz huérfana de emoción refleja su escritura. El periodista es frío, conciso, metódico y brutal. Su trabajo es despiadado, pero sin llegar a ser inhumano; al contrario, Osorno cuenta la realidad mexicana tal y como es: contradictoria, tierna, feroz. Desde sicarios, narcotraficantes, empresarios y presidentes, Osorno narra la actualidad de los mexicanos con audacia y franqueza, y con una huella de acento regio.

Diego Enrique Osorno es un cronista que relata los problemas sociopolíticos actuales más notables que ha sufrido nuestro país. Sus libros, documentales y reportajes son el resultado de las experiencias que ha vivido. Osorno es el testigo directo de los temas de sus crónicas; se ha metido en el lodo para después relatar cómo se sintió. Juan Villoro ha dicho que Diego Enrique Osorno «pertenece a la estirpe de los grandes testigos que presencian la aniquilación y escriben la historia para que no se repita». Y sí, ha reportado sobre la corrupción, la violencia, el narcotráfico, la pobreza y la injusticia que plagan nuestro país. Pero pareciera que esas historias no sólo se repiten, sino que se intensifican.

Osorno publica una columna semanal en el diario Máspormás, es socio-fundador de Bengala, una agencia cinematográfica con sede en la Ciudad de México, y dirige El Barrio Antiguo, un proyecto periodístico/comunitario que tiene el propósito de regenerar el tejido social por medio de la crónica en zonas trastornadas por la violencia en Nuevo León, su estado natal.

Los inicios

En 2001, un sábado por la noche, yo trabajaba en Milenio Monterrey y fui a Guardados de Abajo, un pueblo de la ciudad Miguel Alemán, Tamaulipas, colindante con Roma, Texas. Ocurrió un operativo donde había un ejército para capturar a un viejo capo de ahí, Gilberto García Mena.

En el operativo conozco a un fiscal que se ve ahí medio despeinado, de mezclilla, el único civil entre militares que de repente me jala y me empieza a explicar cosas. Yo tenía 20 años, y me empieza a decir «tú no sabes lo que estás haciendo aquí, estás en la cueva del lobo». Durante una semana estoy cubriendo eso junto con un compañero fotógrafo y otro periodista de Tamaulipas, entonces el fiscal me empieza a contar y de repente me dice: «aquí todo esto que se está moviendo y estos operativos son porque hay una banda que se llama Los Zetas». Entonces, bueno, pues yo escribo y la mayor parte de las cosas me pide que no las publique, que eso es algo que los periodistas mexicanos, más en esas zonas, tenemos que hacer, no publicar la mayor parte de lo que nos enteramos y de las cosas que vemos por razones de seguridad, de supervivencia, cuenta Osorno.

Yo mando mi nota de que Los Zetas estaban presentes en la zona y tal, y mi editor en Monterrey me dice «oye, qué te pasa, es una broma esto que me estás poniendo. Cómo va a haber una banda de los Zetas, ahí es del Cártel del Golfo y de Sinaloa». A final de cuentas no aparece la nota. Parece como una cosa locuaz. 11 años después vemos que es impublicable por otras razones, no por falta de valoración de un acontecimiento protagonizado por esta banda, sino por el temor tan grande que existe.

El 1 de agosto del 2012 el escritor Diego Enrique Osorno publicó La guerra de Los Zetas. Un libro que tiene como objetivo llevar a los lectores a los lugares que no pueden ir y dotar de rostro a eso que era invisible en el país: la violencia y la intimidación impune de ex militares a ciudadanos. Osorno explica que La guerra de Los Zetas es un viaje por la frontera de la necropolítica: un fenómeno asociado con altos niveles de violencia y la industria beneficiaria de los muertos y del dolor. Un viaje a pueblos y a ciudades de Nuevo León y Tamaulipas; ciudades en las cuales se aprecia un silencio que arde y donde es difícil hacer periodismo, ya que hay muy pocas salidas por la falta de madurez narrativa y la abundante cantidad de reglas de supervivencia. «Se trata de poder contar la historia y sobrevivir».

Buscar la verdad en México implica el riesgo de que te maten, en el último de los casos, pero también de que te intimiden, te amenacen o te denosten. Pero eso es ya algo normal, como el síndrome de Beirut, los periodistas nos hemos acostumbrado a vivir bajo esas condiciones. Esta crónica busca nombrar y devolverle un significado humano a una letra que arrebató el horror en los últimos años, que es la última letra del abecedario. Los Zetas: una banda de crimen organizado y violencia extrema que aumenta a la par de la democracia mexicana.

Diego Enrique Osorno es un cronista que prefiere relatar los problemas de desigualdad, corrupción y violencia a escribir literatura placentera, entretenida, inofensiva. Para Osorno, el periodista es el que se acerca a los agujeros negros de nuestra realidad. México tiene la urgente necesidad de un periodismo lejos de la parafernalia y los círculos de poder; México necesita de manera inminente un periodismo noble y honrado.

Después de la publicación de su perfil del alcalde Mauricio Fernández Garza, Osorno fue obligado a mudarse a Barcelona. Fue el primer obstáculo mayor al que se enfrentó; al ver en riesgo su seguridad, decidió sustraerse de la ecuación. Una ecuación, por cierto, doble: en México se escribe contra los narcos y contra los políticos.

El problema con los políticos es que no sabes si están metidos en algo. El malo, el narco, sabes que es malo, pero cuando el que es supuestamente bueno resulta que es malo, entonces te chingas.

Tiempo después de mudarse a Barcelona, secuestraron a su mejor amigo en Reynosa. Este fue el acontecimiento que logró un impacto lo suficientemente grave para regresar a reportar lo que nadie se atrevía a detallar. Con otros periodistas, Osorno empezó a descubrir la situación de violencia extrema que vivía la ciudad, aunque no existiera la protección de la prensa en Reynosa. Osorno vivió el dolor provocado al escribir sobre la miseria del lugar de donde eres. Se vio alarmado por la insensibilidad de los demás periodistas cuando describían la situación en Reynosa y decidió entregarle a la gente una versión humana de los hechos.

Con historias locales y numerosas entrevistas, Osorno nos presenta una introducción a la modernidad del narco mexicano en la cual hay un profundo interés político, ya que su cuerpo está formado principalmente por ex militares. El cronista explica y contextualiza los sucesos ocurridos para evitar ampliar el objetivo de aterrorizar e intimidar. Osorno logra redactar las tragedias que pasan en nuestro país de una manera humana, resolviendo las dudas y sacando a la luz las historias que el gobierno preferiría que se mantuvieran desconocidas.

Rastros de humanidad

En el 2009, Osorno conoció a Miguel Ángel Félix Gallardo, uno de los fundadores del Cártel de Sinaloa que participó en su construcción en los años 70s y 80s. Osorno establece relación con él desde la cárcel, pero nunca se conocen en persona porque el gobierno le impide a Osorno visitarlo; las entrevistas y diálogos se hacen mediante escritos y llamadas telefónicas. Aunque las condiciones para hacer periodismo en México son insoportables, «poco a poco vas cultivando amigos y fuentes que son víctimas, y que te permiten sacar a la luz cosas que están escondidas».

En el 2009 se publica su libro El Cártel de Sinaloa, una crónica a ras de tierra hecha por pueblos y ciudades de la frontera Noroeste de México.

Escribir un libro de estos es un ejercicio de autocensura, ya que hay que tener mucha táctica y organización para no terminar siendo asesinado.

Para Diego Enrique Osorno, el periodismo se trata de contar historias para que las vea la gente influyente y que así puedan desarrollar su imaginación política para llegar a sentir menos miedo. Es decir, su mirada es combatir el miedo y politizarse para ser más críticos. Es encontrar rastros de humanidad donde parece que no la hay. «Se supone que el libro abona a la esperanza, no es un libro al que le escurre sangre».

La violencia económica y otros cortocircuitos sistémicos

Diego Enrique Osorno persiste con su cometido de darle voz a los marginados. Tras publicar sus hallazgos sobre la narcoviolencia en el Norte del país, se encaminó a los estados más pobres de la república: Oaxaca, Guerrero y Chiapas. Expuso las historias –entre cientas– de cuatro víctimas de violaciones graves a los derechos humanos del conflicto social de 2006-2007 en Oaxaca y documentó los crímenes del sacerdote que abusó sexualmente de niños indígenas. Al introducirse en las zonas más pobres de México, se dispuso a relatar las deplorables condiciones en las que vivían –y viven.

El 10 de marzo del 2010, se anunció que por fin un mexicano encabezaba la lista de Forbes de los más ricos del planeta.

Caí en la cuenta que quizá el problema en México no era la pobreza extrema, sino la riqueza extrema. Y que quizá el problema en México no era sólo la violencia criminal, sino la violencia económica.

Fue así que surgió el motor de su siguiente investigación: ¿cómo puede haber un hombre con una riqueza tan grande como Carlos Slim en un país como el nuestro, donde hay más de 52 millones de personas que viven en la pobreza?

Después de años dedicados a la investigación de la violencia político-criminal en México, Diego Enrique Osorno decidió reportar sobre la violencia económica que causa un monopolio feroz. Tras ocho años de ir tocando de puerta en puerta, publicó Slim: biografía política del mexicano más rico del mundo. Con este libro, Osorno trata de entender una de las contradicciones más estridentes que vive este país: la consolidación de la riqueza en medio de cinturones de miseria y pobreza que deberían desconcertarnos y despertar una sensación de preocupación.

Estos son los tipos de problemas de los que tenemos que empezar a hablar. Osorno seguirá publicando crónicas sobre la desigualdad y la violencia en México, y cada una de ellas tendrá el mismo mensaje de fondo: México está sufriendo diversos cortocircuitos, ¿cómo narrarlos?

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