Danza de letras –un perfil de Alma Guillermoprieto

por Alejandra Machuca y R. Antonio Vázquez Rodríguez

¶ Iba a ser bailarina, pero terminó siendo reportera para The New Yorker. Iba a ser parte de una prestigiosa compañía de danza neoyorquina, pero terminó dando clases de danza en La Habana. Nació en Latinoamérica, y terminó explicando Latinoamérica a un público norteamericano –y en inglés. Esos contrastes, esa doble vida, sumados a una obsesiva fijación por el detalle, una prosa exquisita y una entrenada capacidad de asombro, han hecho de Alma Guillermoprieto una de las periodistas mexicanas más interesantes en una y otra lengua.

Nació el 27 de mayo de 1949 en la Ciudad de México. Al llegar a la adolescencia se mudó a Nueva York con su madre y estudió baile moderno por varios años, siempre portando vestimenta típica mexicana. De 1962 a 1973 se dedicó a ser bailarina profesional. La mayor parte de su vida la ha vivido en Estados Unidos. A lo largo de su carrera como periodista se ha relacionado con autores reconocidos como Gabriel García Márquez y, del lado de la danza, ha colaborado con grandes figuras como Martha Graham, Twyla Tharp y Merce Cunningham.

Alma Guillermoprieto es hoy, sobre todo, una reconocida periodista que se enfoca demasiado en trabajar, en ser productiva. Tiene un estilo de escribir delicado que expone su apreciación íntima por placeres variados y el dolor insoportable que constituye la textura de la vida.

Siempre mantiene un enfoque especial hacia América Latina, expresando un conocimiento amplio y describiendo detalles profundos. «Quería quedarme en Latinoamérica para entenderla y a mí misma», comparte en una entrevista con la International Women’s Media Foundation (IWMF):

He estado en una posición inusual y privilegiada entre escritores Latinoamericanos, ya que hablo bastante bien el inglés y puedo acercarme al público extranjero. Puedo explicar a Latinoamérica desde un punto latinoamericano a alguien estadounidense en la audiencia.

En 1981 desarrolló su primera redacción periodística al sacar a la luz, junto con Raymond Bonner, la masacre de El Mozote en El Salvador, evidenciando así el terrible y cobarde involucramiento de la administración de Reagan en los asuntos latinoamericanos. En los 90s se dedicó a ser una escritora freelance; publicó artículos amplios y profundos sobre cultura y política para The New Yorker.

Posteriormente, a petición de Gabriel García Márquez, se dedicó a enseñar un taller en la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Desde entonces ha creado siete talleres para periodistas jóvenes alrededor del continente.

Alma Guillermoprieto ha publicado varios libros, entre ellos: The Heart That Bleeds: Latin America Now, Dancing with Cuba: a Memoir of Revolution y Looking for History: Dispatches from Latin America.

Ahora se mantiene enfocada en temas de militares y víctimas de conflictos relacionados con el narcotráfico, escribe sobre «políticos machos», como el ex-presidente venezolano Hugo Chávez, trata temas como el matrimonio gay, la samba, las óperas de jabón, las favelas de Brasil, el cine mexicano, la religión y otras tendencias de la sociedad latinoamericana contemporánea. Ha sido también portavoz de temas sobre la guerra sucia en Argentina, los rebeldes de Sendero Luminoso en Perú, el tráfico de drogas y la guerra civil en Colombia, y recientemente la lucha del narcotráfico en México. Aquí algunas de sus crónicas sobre los conflictos en Latinoamérica.

He tratado una y otra vez de mostrar solidaridad a personas que usan o producen cocaína, por ejemplo, exponiendo las pocas alternativas con las que cuentan y de cómo fracasarían en un escenario de cambio. Nunca voy a la embajada de los Estados Unidos o hablo con la DEA, ya que pienso que cuentan con una política fallida para combatir la guerra contra el narco, yo escribo un poco sobre el tema. Doy el punto de vista de las personas envueltas en esto. Siempre ha sido mi trabajo hacerlo.

En una conferencia en Guadalajara, en noviembre de 2016, Alma Guillermoprieto se refirió al principal problema de los periodistas que tratan de cubrir la delincuencia organizada en México:

En una guerra, un reportero puede ir hasta la trinchera principal y salir con vida, quizás; pero el que cubre el narcotráfico, se sumerge en un túnel oscuro de donde el fuego puede venir de cualquier parte.

Existe, por lo menos en México, también otro problema periodístico: las historias que decidimos contar o, mejor dicho, los protagonistas que aparecen en las crónicas periodísticas. Alma Guillermoprieto insiste en que deberíamos escribir trabajos periodísticos sobre los ricos y no sólo sobre los pobres, o cubrir a las clases altas con la misma obstinación que a las clases bajas. Sin embargo no lo hacemos porque los ricos tienen el poder que los pobres no. Se comete un error y confundimos la denuncia con ser contestatario.

Sus textos son escritos con sutileza. Alma Guillermoprieto escribe frenéticamente luego de reportear sin descanso. No es periodista de oficina. Odia acumularse de papeles y odia escribir lo que otros le cuentan. Ella prefiere investigar: va a la calle, recorre la calle, suda, se ensucia, se cansa. Sus trabajos suelen extensos, incluso ella dice que sus lectores necesitarán «de una hora seguidita» para leerlos enteramente.

Yo escribo para la gente a la que le gusta leer.

Su mejor herramienta como periodista es la observación lenta y atenta. Al llegar a una ciudad desconocida donde escribirá un reportaje, Alma Guillermoprieto suele caminar, divagar, perderse:

Tomo un taxi y le pido que me lleve a cualquier parte, tomo un bus y me bajo en donde sea, y empiezo a caminar. Camino a comprar periódicos, camino hasta donde tengo una entrevista, salgo de la entrevista y camino por los alrededores, camino horas enteras. Y, a partir de ahí, siento que voy acercándome.

En una entrevista publicada en Letras Libres, Guillermoprieto comentó que aprender a manejar fue un error: «aprender a conducir fue una pérdida de un instrumento de trabajo».

Soy una cronista que se ocupa de juntar palabras de manera que mis lectores tengan la sensación de haber estado en un lugar, de haber entendido algo importante y se hayan emocionado. Más o menos esa es mi ambición.

Alma Guillermoprieto se convirtió en periodista por accidente. Fue gracias a un amigo de su madre, el editor de Latinamerican Newsletters; John Rettie, en 1978, la convenció de enviarle material periodístico. De ahí, todo fluyó. En 2009, Juan Cruz le hizo la pregunta de si sería periodista para siempre, Alma respondió de manera cómica, inesperada, única y precisa, tal como ella es: «De momento, jardinera para siempre. Yo ahorita tengo ganas de regresar a mi jardín».

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