La queena de los jotos –un perfil de Pedro Lemebel

por Joaquín Alducin, Mariana J.G. Cházaro y Rom Cassan

¶ 12 de octubre de 1989. Sede de la Comisión Chilena de los Derechos Humanos. En el piso iluminado, un mapa blanco de América Latina. Y cristales rotos. Dos sujetos semidesnudos atrapan los ojos del mundo. Sus pies descalzos bailan sobre el mapa que era blanco pero que pronto se pinta rojo. La obra de arte se llama La Conquista de América. Ellos son Las Yeguas del Apocalipsis.

Su espectáculo no tardó en atraer detractores. El mundo es despiadado cuando se trata de un artista homosexual, sobre todo si el susodicho abiertamente admite serlo. Esas personalidades son mejor recibidas cuando se mantienen en secreto. Pero él no está dispuesto a quedarse callado. Alza la voz desde su territorio marginado, baila en tacones contra la dictadura militar de Pinochet, contra la resistencia Marxista, contra los neoliberales y hasta contra los demás activistas LGBTI. Lo desprecian, lo rechazan, y lo nominan al Premio Nacional de Literatura en el 2014, sólo para perder contra Antonio Skármeta en una decisión más arreglada que cara de travesti. Cuando muere, el 23 de enero de 2015, comienzan a alabarlo. Como bien dice, nunca fue reina de ninguna primavera.

Yo no voy a cambiar por el marxismo / Que me rechazó tantas veces / No necesito cambiar / Soy más subversivo que usted.

Regresemos unos años atrás, a 1986. Infiltrado en una reunión clandestina de la Estación Mapocho, organizada por disidentes del gobierno de Pinochet, lee su emblemático Hablo por mi diferencia, poema que pasó a convertirse en un manifiesto de la comunidad gay después de popularizarse entre grupos vanguardistas. «No soy un marica disfrazado de poeta […] No me hable del proletariado / Porque ser pobre y maricón es peor / Hay que ser ácido para soportarlo». Pocos sabían su nombre antes del renombrado evento, pero desde entonces sería imposible olvidarlo: Pedro Lemebel.

Se asemeja al sapo convertido en príncipe que conservó sus rasgos. Con los pómulos cuadrados, y una boca grande que se encuentra con el filo del pico de un tucán joven. De mirada penetrante y nostálgica, Lemebel puede hacer que las entrañas se le retuerzan a un asesino y hacer llorar a un niño pequeño, todo mientras conserva cierto aire mágico de tía besucona.

Regresemos aún más, al 21 de noviembre de 1952. En un barrio pobre y marginado de Zanjón de la Aguada, Santiago de Chile, nace Pedro Lemebel. Aunque en ese entonces su primer apellido fuera Mardones, mismo que decidió suprimir en un gesto de alianza con lo femenino, un intento de «inscribir un apellido materno, reconocer a mi madre huacha desde la ilegalidad homosexual y travesti». Estudió forja de metal y creación de muebles, luego pasó por la Universidad de Chile y se licenció en Artes Plásticas. Trabajó en dos escuelas marginadas, y de ellas fue marginado, despedido por usar maquillaje homosexual.

¿Tiene miedo que se homosexualice la vida? / Y no hablo de meterlo y sacarlo / Y sacarlo y meterlo solamente / Hablo de ternura compañero / Usted no sabe / Cómo cuesta encontrar el amor / En estas condiciones / Usted no sabe / Qué es cargar con esta lepra.

Ante una sociedad injusta, que rechaza todo cuanto hay en él, decide crear en 1987 el colectivo artístico Las Yeguas del Apocalipsis. Con su compañero y cómplice, Francisco Casas, irrumpió en numerosos eventos culturales y políticos hasta 1997, llamando la atención hacia los ignorados por todos: los trabajadores sexuales, los queer y homosexuales, las víctimas del SIDA. Sus espectáculos fueron descritos como hilarantes, brutales, hermosos. La única forma de describir a un dúo desnudo montando yeguas por la Universidad de Chile, o a un par de travestis interrumpiendo la actividad pública del candidato y futuro presidente, Patricio Aylwin, con un lienzo que decía «Homosexuales por el cambio». En lugar de aplausos, eran despedidos con patadas.

Ah, y Lemebel también era escritor. Crónicas, poemas y una novela marcaron su trayectoria por los periódicos y libreros de Chile y Latinoamérica. Desde su primer libro de crónicas, La esquina es mi corazón (1995), deja en claro su voz poeta. Su estilo es duro y dulce, íntimo y público. Habla de sí mismo pero también de incontables otros. Sus escritos fueron leídos en la radio y publicados por diferentes diarios, entre ellos The Clinic. También se podrían citar las crónicas De perlas y cicatrices (1998) o Adiós mariquita linda (2005), o su novela Tengo miedo torero (2001) como ejemplos de su singular vida y obra. La protagonista de esta famosa novela, ambientada en el Santiago de 1996, es La Reina de la Esquina, un homosexual cuarentón y calvo que inicia una relación con el macho revolucionario Carlos. La historia es en parte una autobiografía, y estuvo cerca de ganar el codiciado Premio Altazor.

No defiendo a los homosexuales porque a veces no tengo nada en común con sus posturas conservadoras, reaccionarias o faranduleras.

Su humor negro y sarcástico, dato relevante y significativo de su personalidad, trasciende de una novela y crónica a otra; siempre expandiendo la dramatización por potencias y no por multiplicaciones. La Reina de la Esquina es reconocida por la escritura fragante y rimbombante, con elegancia de barrendera chicluda y chancluda. Textos reveladores y duros cual erección del macho Carlos. Protagonista de su solitaria novela, contradictoria de naturaleza como todo escrito suyo. Nunca critica al machismo pero lo desprecia. Idolatra lo queer pero lo critica. Sus obras son el reflejo de la contradicción de su existencia, y por ello lo apedrearon. Y tras su muerte construyeron con las piedras un monumento. Porque era preciso que su muerte fuera como su vida. Dios no le dio el sida, le dio cáncer de laringe. «Cómo es la vida… Yo arrancando del sida y me agarra el cáncer», dijo antes de morir. Y así se lo llevó la muerte, sin el par de tetas que se iba a poner con el dinero de un reconocimiento que al fin ganó.

Me dejaron una cuerda y la mitad de la laringe. Tenía voz de ultratumba. Me sacaron también la manzana de Adán, el sueño de toda travesti.

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