Mi cuadra

por Eduardo de la Garma de la Rosa

¶ «Una de las cosas más difíciles que hay es describir la calle donde vivimos». Bajo esta premisa, digamos periodística, de Juan Villoro, salí de mi casa y le di una vuelta a la cuadra.

Me tardé cinco horas. No porque divagara o vagabundeara o porque quisiera reencarnar en flâneur parisiense. ¿Quién fue el errante que sacaba a pasear a su tortuga por el malecón del Sena? ¿Baudelaire? ¿Benjamin? ¿Walser? ¿Debord?

Quién sabe. El chiste es que ese no soy yo. No, por mí hubiera salido corriendo para terminar con esto lo más pronto posible. Pero no podía. El paseo debía ser moroso, casi burocrático. Denso y profundo.

No llevaba una tortuga, sino dos, o hasta tres. Con una mano arrastraba un perchero donde colgaba el suero y con la otra me dejaba jalar por mi hijo, que, con poco más de un año, comienza a ensayar sus primeros pasos.

Stephen Spender, un poeta inglés casi prescindible, escribió estos versos en un poema titulado A mi hija: «Mientras ahora vamos caminando, mi hija / Alegremente aferra un dedo mío con toda su mano. / Toda mi vida sentiré que un invisible anillo / Circunda ese hueso con su brillo; cuando crecida / Esté muy lejos de hoy, como sus ojos ya lo están». Todos los que tenemos o tuvimos un hijo llevamos ese anillo invisible y penetrante en uno de nuestros dedos: es la mano con la que alegremente se aferró nuestro hijo mientras aprendía a caminar.

Ahí, pues, estaba yo. Fuera de mi casa. Libre de enfermeras y cuidados. La escena, sospecho, era al menos graciosa: un hombre treintañero (ñero), claramente dejado de sí mismo, con el pelo enmarañado, sin bañar, en bata de hospital, jalado por un niño de un año y jalando una percha con bolsas y cables colgando. Y, a modo de remate, mi nalgatorio al aire (hay, creo, un encanto un tanto ridículo –por grotesco y desairado– en ese escote invertido que tienen las batas de hospital).

El bebo que camina no sabe ni por qué ni para qué camina. Yo tampoco, la verdad. No vamos a ningún lado. Salimos sólo a darle una vuelta a la manzana: el destino es el origen.

Nuestro paseo se parece a aquel de Hänsel y Gretel: avanzamos sólo para alcanzar la próxima señal vaga e imprecisa: pasamos de un montón de hojas secas a una pisada de tierra o barro, de una paloma expectante a una popó de perro. Parecemos detectives de lo inmundo. La escena, ya lo pensé mejor, no es graciosa sino ridícula.

Llegados a este punto, conviene aclarar algunas cuestiones: el niño que me jala del dedo es mi hijo, se llama Juan; el suero que yo arrastro y la bata que apenas me cubre es, digamos, la secuela que dejó en mí el infarto cerebral que me atacó la semana pasada, y el paseo que hago se debe, repito, a la premisa de Villoro: escribir sobre la calle donde vivo. Esa calle es Pino Suárez. La cuadra que camino se complementa por las calles de Nicolás Campa, Arteaga y Ezequiel Montes.

Quisiera decir que al caminar así de lento, más o menos a un ritmo de un metro por minuto, pude observar cosas fascinantes, pero decir eso es desatar la cursilería: «nuestras vidas corren tan aprisa que no nos percatamos de los pequeños grandes detalles que nos envuelven» y etcétera. Ay no no no, trataré que no se me dispare tanto el factor cursi. Tácito es menos afectado, creo: «la velocidad guarda relación con el miedo –escribió–; la lentitud es más propia de la firmeza». Pero esa idea tampoco me cuadra. Ni Juan, ni yo, ni mucho menos el suero paseábamos con firmeza. «Inventar la locomotora es, además, inventar el descarrilamiento», escribió Paul Virilio. Eso mero: mi paseo es el de la catástrofe ferroviaria. Veo todo desde ahí, desde la deriva o la insolvencia. Si todo pende del punto de vista, si lo que veo no es sino donde estoy parado, lo que veo es también la velocidad descarrilada en la que me muevo.

Pues bien, lo que veo es extrañísimo. En toda la cuadra, ni un solo oxxo, ni un solo airbnb, ni un solo changarro multinivel. Insólito. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte noreste de la cuadra, hacia Nicolás Campa, vi una olla tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro de la olla sería de cuarenta o cincuenta centímetros, pero el espacio cósmico entero estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (una partícula de polvo de las obras en Ezequiel Montes, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde la morosidad y la insistencia del tamal que me comía.

Vi durante mi paseo un populoso tráfico, vi el alba y el medio día, vi las muchedumbres del centro de salud que está frente a los tamales, vi una plateada telaraña en el marco de la casa donde venden uniformes de escolta, vi un laberinto roto (era el obrador que vende barbacoa de borrego), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos de la cuadra y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Arteaga las mismas baldosas que hace veintiún años vi en la cocina de una casa en Guanajuato, vi arbustos espinosos, agua, polvo, humo, vetas en el adoquín, vapor de aceite, vi convexos changarros de gorditas y cada una de sus migajas de carne, vi una papelería llamada «la goma mágica» y un local (¿siamés?) llamado «la licuadora loca», vi la lavandería «la espuma» y una verdulería sin nombre, vi el salón de zumba y lo vi vacío, vi un hospital casero, familiar, vi una panadería atendida por una secta de cristianos felices, vi el campanario del templo de Santa Rosa, vi perros, gatos, palomas, tres gallos y una rata que nunca olvidaré, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un local que vendía pañales al mayoreo y que ahora vende aparatos de ortopedia, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi el oficio de un tatuador (y la aguja sobre la piel me hizo temblar): dibujaba trazos obscenos, increíbles, precisos, sobre el tórax de un vecino, vi la botarga de una farmacia similar entre dos espejos que la multiplican sin fin, vi un monumento a un diputado, y lo vi con la ternura que produce el rencor del otro, el que mandó a hacer la estatua (el monumento chorreaba caca de paloma), vi el pañal de mi hijo, lo vi oscuro y se lo cambié, vi a tres ancianos dejados, redimidos, en lo que sospecho es la única plaza no turística del centro, vi el exiguo semblante de la experiencia, vi la circulación de mi oscura sangre, vi, a un lado, el engranaje del amor y, del otro, la modificación de la muerte, vi mi cuadra y vi sus vísceras, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto esa realidad imperceptible y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado con tanto detenimiento y austeridad: la inconcebible cuadra donde uno vive.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

Y así, con estos profundos sentimientos humanos, llegamos Juan, el perchero y yo a la mitad del camino: una peluquería que está en Arteaga. Miré hacia adelante y vi a mi hijo. Miré hacia atrás y recordé el suero que arrastro. Estoy, sí, a la mitad del camino: tengo la infancia tan cerca como la vejez. Aquí persisto. Y aquí Juan y yo nos cortamos el pelo.

Delante nos queda el trecho más revoltoso: las obras en Ezequiel Montes harán que caminemos entre la tierra y las siniestras máquinas que tanto fascinan a Juan.

Detrás hemos dejado ya la cantina de la cuadra, ese bosque nocturno donde un montón de irrescatables cruzan la puerta vaivén para tomarse el biberón que los liquidará. A esta hora, poco antes del mediodía, borrachos de horror, ante la feroz lucidez del día, salen los últimos aturdidos. Caminan detrás de nosotros, como si Juan y yo fuéramos la vanguardia de una procesión imprevisible. Poco a poco los vamos perdiendo hasta llegar, por fin, de vuelta al hogar. El regreso a la semilla.

Todos los paseos felices se parecen –escribió Tolstói–; los infelices lo son cada cual a su manera. El nuestro fue tan feliz que aquí seguimos viviendo para poder repetir el mismo paseo todos los días. Variaciones de lo mismo. Nuestra vida, quizá, se sostiene en ese algo que parece que nunca terminará de repetirse.