De aquí a allá –un perfil de Agnès Varda

por Uriel Escoto, Chiara Romero, Mara Casas y Lariza Guadarrama

¶ —Ser un artista es sospechar de las etiquetas —dice Angelina Jolie. Frente a ella, sentada y atenta a sus palabras, se encuentra Agnès Varda, a punto de recibir, a los 89 años, su primer premio Oscar​. —Agnès probablemente está más cansada que la mayoría —continúa Angelina—, fue llamada la abuela de la Nueva Ola francesa cuando tenía 30 años—.

El público ríe y la cámara enfoca a Agnès. A 62 años de haber estrenado su primer largometraje, se encuentra dentro de un salón de Hollywood, con los ojos de algunas de las personas más poderosas de la industria cinematográfica postrados en los ojos de ella. En sus ojos, de un color que cambia cada vez que los ves, se refleja una inusual ligereza. En sus ojos, rodeados por arrugas y marcas de la edad, se encuentra la esencia del cine de Agnès Varda.

Nacida en Bélgica en 1928, Agnès pasó la mayor parte de su niñez en el sur de Francia. Durante la Segunda Guerra Mundial, estuvo refugiada con su familia en un barco cerca de Sète, el pueblo natal de su madre. Al terminar la guerra, Agnès se graduó de la preparatoria y decidió mudarse a París para estudiar en La Sorbonne’, donde se graduó con un título en Literatura. Deseando convertirse en curadora de arte, entró a la escuela del Louvre. Más tarde se trasladó a la Escuela de Bellas Artes para estudiar historia del arte y fotografía, y poco tiempo después encontró trabajo como fotógrafa en un teatro. Antes de este punto, a los 23 años, el cine no formaba parte de la vida de Agnès Varda. Siendo fotoperiodista, ella creía haberlo logrado todo, y no fue hasta que viajó de vuelta a Sète por su trabajo que le surgió un repentino deseo de filmar una película ahí. Habiendo visto no más que un par de películas, y no conociendo la estructura de un guión, Agnès tomó unas hojas de papel y comenzó a escribir. Su imparable pasión la llevó a realizar su primer proyecto, que estrenó con el nombre de una pequeña colonia de Sète: La Pointe Courte (1955).

Su début fue un gran éxito entre los círculos emergentes de cineastas franceses. Agnès decidió continuar su nueva pasión, realizando algunos cortometrajes antes de crear la película que la llevaría al reconocimiento internacional: Cléo de 5 à 7 (1962)​. Con este y sus posteriores proyectos, comenzó a ser asociada con la Nueva Ola, un movimiento estilístico atribuido a un grupo de cineastas franceses de los años 60. Agnès Varda fue incluso considerada como precursora al movimiento. Alrededor de esa época, cuando tenía 30 años, comenzó a ser llamada «abuela». —Comencé a envejecer a una edad muy temprana —dijo durante ​una entrevista para The Telegraph​.

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Tras escuchar el cierre del discurso de Angelina Jolie, Agnès Varda se cubre la boca mientras suelta unas cuantas lágrimas. Sus cabellos blancos, al recorrer su cabeza hacia la frente, adquieren un tono rojizo, y se detienen a la altura de sus cejas. Su rostro no busca aparentar nada más de lo apreciable a la vista, y el resto de su imagen refleja directamente esa idea. Porta un vestido claro con diseños florales, y un chal alrededor de su cuello. Se dirige al estrado y recibe su Oscar honorario. Y con una gran sonrisa agradece los aplausos del público.

Tras encontrar el éxito con sus primeros proyectos, Agnès comenzó a buscar nuevas formas de expresar su visión. Con el término cinécriture (cine-escritura), buscó explicar su estilo particular. Consistía en planear cuidadosamente todos los aspectos necesarios para la creación de sus películas; desde la edición, el diseño de sonido, la cinematografía y otros aspectos, buscaba generar la mejor resonancia posible al yuxtaponer imagen y sonido. De esta forma, el ritmo resultante le permitía combinar lo subjetivo con lo sociológico. Su inclinación a los personajes rechazados o ignorados por la sociedad reflejaban sus impulsos documentalistas, por lo que con su obra comenzó a romper las fronteras entre la ficción y la realidad. Retrató una gran variedad de sujetos, desde muralistas en Los Ángeles hasta espigadores y recolectores de basura en Francia. Sus documentales, así como sus trabajos de ficción (las fronteras en Agnès Varda se desdibujan), fueron un éxito entre la crítica. Al adentrarse al género de los documentales, sin embargo, jamás buscó abandonar la ficción. Como ella misma dijo: —Hago documentales de tiempo en tiempo para recordarme de la realidad—. De igual forma, le interesaba mostrar en su obra a las personas de una forma realista; hablando como lo hace la gente cotidianamente.

En 1962, Agnès Varda se casó con el también cineasta Jacques Demy. Los dos se acompañaron a lo largo de sus exitosas carreras, tuvieron dos hijos, y permanecieron juntos hasta la muerte de Demy en 1990. Agnès le dedicó algunos proyectos tras su muerte, como un documental en conmemoración del aniversario de Les demoiselles de Rochefort (1967)​, un musical de Demy. Años más tarde, Agnès reveló que su esposo falleció por complicaciones del sida, desatando una discusión sobre su rumoreada homosexualidad y eventualmente revelando que era bisexual. Jacques Demy ocultó esto y su enfermedad debido a los estigmas de la época; hubieran afectado eventualmente también a Agnès. El dolor que le causó a ella verlo morir lentamente fue lo que la motivó a realizar Jacquot de Nantes (1991), una película biográfica como tributo a él; tras su muerte, el cine es la mejor manera que tiene Agnès Varda de acercarse a Jacques Demy.

A pesar del éxito crítico que Agnès ha recibido a lo largo de su carrera, financiar sus proyectos ha sido una de sus más grandes dificultades. Como ella misma expresa, sus películas nunca le han traído dinero, pero sí le han dado muchos premios y reconocimientos. Ella considera suficiente no estar en quiebra.

En años recientes, Agnès ha empezado a sufrir de problemas para caminar y para ver, pero esto no la ha detenido para realizar su documental autobiográfico: Les plages d’Agnès en 2008, y una miniserie titulada Agnès de ci de là Varda en 2011. Después de varios años, conoció al artista francés JR​, notorio por sus fotografías de gran formato que pega en espacios públicos, y decidió dirigir Visages villages (2017) junto con él, poniéndola de vuelta frente a los reflectores. Con un estreno en Cannes tras haber recibido una Palma de Oro honoraria, este documental fue un éxito instantáneo, y le trajo su primera nominación a un premio Oscar para la edición 90 de dicha ceremonia. Por esto, ahora más que nunca, los ojos de una comunidad cinéfila global están puestos sobre esta particular figura: Agnès Varda. Ahora, un nuevo grupo de personas amantes de la cultura pop que rodea la temporada de premios experimenta el resurgimiento de un ícono. A sus 89 años, y tomando en cuenta sus problemas de salud, es probable que Visages villages sea la última película de Agnès Varda, pero con una personalidad tan excéntrica e impredecible como la suya, nada es seguro.

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—Esto ha sido un gran evento, muy serio, lleno de significado y peso —dice Agnès, preparándose para cerrar su discurso de agradecimiento​—, pero siento que, entre el peso y la ligereza, escojo la ligereza. Y siento que estoy bailando; el baile del cine.

Al terminar su discurso, Agnès baja un escalón mientras una alegre canción de jazz comienza a sonar. Levanta con ambos brazos su chal al recibir una fuerte ovación y, cuando regresa al estrado, Angelina Jolie se acerca. La toma de la mano y comienzan a bailar dando vueltas suaves mientras el volumen del aplauso aumenta. Angelina y Agnès se detienen y se dan un abrazo, y Angelina le presenta su Oscar a Agnès una última vez. Agnès Varda toma la estatuilla​, sorprendida por el peso, y baja las escaleras con ella en sus manos, dirigiéndose de vuelta a su asiento.