La historia que no debía ser contada –el perfil de un héroe anónimo

por Ana Gabriela Huerta, Minerva López y Jessica Palau

¶ Martes 19 de septiembre de 2017. Ciudad de México. 5:45 p.m. (4:30:20 horas después del terremoto). Dos rescatistas de la Cruz Roja entran al Colegio Rébsamen, un edificio colapsado, en busca de sobrevivientes. Entran pecho tierra, amarrados (como precaución para ayudarlos a salir en caso de que algo pasara). Hacen huecos, abren espacios, meten polines para entrar.

Los rescatistas encontraron a una maestra a la que se le había venido un muro encima. Al tratar de acercarse a ella, el edificio empezó a crujir y a caer; los rescatistas se vieron obligados a regresar lo más rápido posible, mientras veían cómo el edificio iba cayendo pisándoles los talones. Lograron salir. Uno de ellos vio a su compañero de rescate llorar después de escapar de los escombros. Más tarde, ese mismo día, éste le dijo: «yo creí que ya no ibas a salir, y cuando te vi afuera no sabes el alivio que sentí». Y él sintió lo mismo, pues también pensó que no iba a salir con vida.

El miedo no los detuvo. Los rescatistas continuaron su labor durante tres días más. Descansaban poco, entraban de un edificio colapsado a otro.

Ese día, el martes 19 de septiembre de 2017, se conmemoraba el aniversario del sismo de 1985. Nadie se imaginaba que aquel martes 19, a la 1:14:40 p.m., iniciaría el movimiento telúrico de 7.1 grados en la escala de Richter. Las mujeres, hombres y niños empezaron a desalojar los inmuebles, buscando un lugar seguro dónde refugiarse. Pero no todos lograron salir. Se reportaron 31,900 edificios dañados y 39 derrumbes con centenas de personas atrapadas. Se apagaron los servicios de comunicación y se prendieron las alarmas de pánico. La ciudad se convirtió en caos. La vida de las víctimas pendía de un hilo. Cada segundo contaba.

De manera casi inmediata, más de 12 mil voluntarios salieron al rescate de las personas atrapadas bajo los escombros. Venían del centro de México, eran 150 unidades de rescate y 1,039 ambulancias; 754 de la Ciudad y el Estado de México, 198 de Hidalgo y Jalisco, 87 de Guanajuato y Querétaro. En una de éstas últimas venían los dos rescatistas del inicio de este texto.

Tras 50 horas transcurridas, se informó que las unidades de rescate habían logrado sacar a 62 personas de los derrumbes. Lamentablemente, la ayuda llegó demasiado tarde para las 369 personas fallecidas; 228 en la Ciudad de México, 74 en Morelos, 45 en Puebla, 15 en el Estado de México, 6 en Guerrero y 1 en Oaxaca.

 

II

Uno de esos dos rescatistas es Alejandro Reynoso Sámano. Él entró a la Cruz Roja como voluntario cuando tenía 17 años. Su interés por la institución comenzó cuando era niño, poco después de que su abuelo tuviera un accidente y fuera atendido por paramédicos de la Cruz Roja. Ahora tiene 37 años y es miembro del equipo nacional de especialistas en rescate. Para ser más exactos, especialista en rescate y espacios confinados. Para dicha especialidad debe prepararse continuamente y certificarse cada año por la SEP.

Si algún día te encontraras con Alejandro, caminando por la calle, probablemente no te pasaría por la cabeza pensar que él es un rescatista. Alejandro no es ni alto ni bajo (mide aproximadamente 1.60 metros), ni musculoso ni escuálido, su tez es blanca, sus ojos cafés y el cabello ha comenzado a caerse en algunas zonas de su cabeza.

Como integrante de la Cruz Roja, a Alejandro le ha tocado ver situaciones inusuales en accidentes, incendios y desastres naturales. Como él mismo dijo, «lo sucedido en la Ciudad de México el 19 de septiembre no se compara con lo que muestran las redes sociales», pues «como rescatista crees haberlo visto todo, y la Cruz Roja siempre se encarga de hacerte ver que hay algo más, que no lo has visto todo y que siempre hay algo más qué hacer».

Por su trabajo en la Cruz Roja podría ser considerado como un héroe anónimo, razón por la que decidimos hacer un perfil de él. Intentamos hablar con Alejandro en persona para que nos platicara más de sus experiencias como rescatista. Primero decidimos contactarlo por teléfono, pero no tuvimos respuesta, así que intentamos contactarlo por WhatsApp y otras redes sociales. De nuevo, no tuvimos respuesta. Poco después, al hablar con su novia, Karla, y algunos de sus familiares, nos enteramos de que a Alejandro no le gusta platicar sus historias. Difícilmente se las cuenta a su familia y nunca a desconocidos.

Al permanecer en silencio sobre sus proezas, las vidas que ha salvado y las situaciones horribles a las que se enfrenta, Alejandro que conoce tanto sus virtudes como sus debilidades y que aprovecha ambas para obrar por el bien de los demás sin decirlo. No hay ni una pizca de soberbia en él. No se cree más importante ni mejor a los demás. Sale en ayuda de los afligidos. Viene a servir y no a ser servido. Lo que para muchos podría ser visto como un servicio merecedor de halagos, para él es un deber. Para él, la Cruz Roja no es un trabajo, es la vida.

 

III

En México, la Cruz Roja se creó de manera oficial el 21 de febrero de 1910. Desde sus inicios se caracterizó por brindar ayuda humanitaria a través de voluntarios. Actualmente, la Cruz Roja Mexicana cuenta con 43,143 voluntarios, 475 de ellos están preparados para la intervención en desastre, 3,534 son médicos o enfermeras, 6,162 son mujeres, 14,164 son jóvenes. Cuentan con 2,457 ambulancias y unidades de rescate.

Los voluntarios no obtienen ninguna remuneración por su trabajo a favor de otros, mientras que los empleados de planta reciben un ingreso mínimo, de entre $2,000 y $ 5,000 pesos mensuales. No les importa el salario, su objetivo es aliviar el dolor de otros. Los donativos de la ciudadanía son utilizados para pagar sólo algunos sueldos, comprar equipos médicos y ambulancias.

Las cuatro hermanas de Alejandro (Lary, Lulú, Tania y Gaby), así como sus padres (Lourdes y Herminio) trabajan como docentes, mientras que su hermano Herminio es jefe de una fábrica de Wrigley ubicada en Atlanta, Estados Unidos. Sus familiares una vez le preguntaron de qué iba a vivir, por qué había decidido ser rescatista, por qué arriesgaba su vida por nada y por un montón de desconocidos. Y él les respondió: «si me pagaran no lo haría con tanto gusto, lo haría por interés».

No quiere que le paguen. Para Alejandro, el sacrificio vale la pena. Ha valido la pena durante los últimos 20 años.

 

IV

Durante una reunión familiar, en la que curiosamente no estaba él, pero sí se encontraban todas sus hermanas y sobrinos, decidimos preguntarles: «¿te lo imaginas haciendo otra cosa, como si nunca hubiera estado en la Cruz Roja?».

Su hermana Lary comentó que «la Cruz Roja ha sido para él su escalera a seguir». No podría imaginarlo haciendo algo más. Su otra hermana, Tania, dijo que Alejandro había tenido otros trabajos (en el sector industrial), pero ninguno le apasionaba. «Gane más, gane menos, ocupe más o menos, nunca le ha importado; siempre ha buscado hacer lo que le gusta». Su padre no podría estar más de acuerdo, dijo que su hijo es inteligente, que podría hacer el trabajo que quisiera porque se compromete con todo lo que hace, pero que se compromete, y con un inmenso, heroico, gusto con la Cruz Roja.

Lourdes, su madre, nos dijo que sólo podría imaginarlo como rescatista, pues siempre tuvo interés en ayudar a otros. Además, siempre fue cumplido y muy exigente. «Para él su vida es la Cruz Roja», nos dijo.

 

V

Alejandro es descrito por sus más allegados como un buen hermano, amigo e hijo. Con muchas virtudes y defectos. Es enojón, peleonero, terco, aventado, pero muy independiente, inteligente, comprometido, persistente, exigente, con visión. Una persona que tiende mucho a crear proyectos y verlos funcionar. Se guía por sus gustos; le gusta lo que hace y lo entrega todo. Si no le gusta, ni lo intenta.

Siente un gran apego por su familia y siempre está ahí para ayudarlos cuando lo necesitan. Sin embargo, sus hermanas, sobrinas y padres cuentan que casi no lo ven. Dicen que su voluntariado en la Cruz Roja es muy demandante, sacrifica los momentos que podría pasar con su familia, sacrifica sus horas de sueño y sacrifica su tiempo. Quizá por eso se divorció de su esposa y regresó a casa de sus padres. Arriesga sus relaciones y su vida por la pequeña oportunidad de salvar la de los demás.

Hay personas que lo hacen ver como un héroe, como una persona que salva vidas, como si la suya no hubiera cambiado después de todo lo que ha vivido. Él vive con miedo, llora, no sabe cuándo va a dejar de estar aquí. El día del sismo le dio mucho miedo el hecho de decir «hoy estoy aquí y no sé si en dos minutos ya no esté». Cuando el edificio comenzó a crujir, él pensó que jamás volvería a ver a su familia. Tres días después, Alejandro regresó a Querétaro y contó la historia del Colegio Rébsamen a su familia, como si fuera cualquier cosa. Cuando contó la misma historia a su novia, lloró, ella lloró con él y los dos lloraron juntos.

 

VI

Su familia no siempre ha estado de acuerdo con su trabajo como rescatista, pues no es un trabajo fácil ni seguro, y tampoco le pagan. Viven con un miedo permanente a que un día no regrese a casa. De solo pensar en la posibilidad de que muera en medio de un rescate, su madre llora y sus hermanas también. En varias ocasiones sus hermanos, sus hermanas y su papá le han dicho que es un trabajo demasiado peligroso, que no debería seguir en la Cruz Roja si está arriesgando su vida y, encima, no le pagan. Pero a él no le importa, él tiene las capacidades necesarias para hacer ese trabajo y lo hace con gusto. «No cualquier persona puede hacer el trabajo que él hace, por carecer de ese arrojo a lo desconocido, al peligro; es una persona especial», nos dijo su padre.

 

VII

Estar en una ambulancia no es seguro. Mientras él puede estar atendiendo a la persona herida, también puede morir por todo lo que conlleva, y eso sólo es en la ambulancia. Alejandro ha estado en otros eventos igual de peligrosos que el sismo del pasado septiembre, y tiene miedo, tiene miedo como todos lo tienen. Pero es precavido, tiene una de las mejores preparaciones posibles del país y confía en el equipo con el que trabaja porque sabe que su vida depende de los demás, así como la vida de los demás depende de él.