Crónica de una muerte y mil seiscientas llamadas telefónicas

por Paola Macedo y Angélica Gastélum

¶ El 28 de agosto de 2013, Velia Beatriz Rueda de Venegas del Castillo se despidió con los ojos cerrados y el cuerpo entubado de su familia desde el Hospital Ángeles de la ciudad de Querétaro. Unas semanas antes también se despidió de ellos, pero con el pretexto de que se iba a la playa con su marido, después de años de pasar las tardes encerrada en la cocina preparando platillos de antaño que cada vez iban perdiendo más el sazón. Tal vez ella en en fondo ya sabía lo que iba a pasar, y prefirió decir adiós cuando aún había brillo en sus ojos. Quién sabe, a lo mejor ni ella se lo esperaba.

Como es costumbre, toda la familia hizo un drama. Todos lloraron, gritaron, se arrepintieron, y hasta se pelearon. Sin embargo, esta muerte en particular mató a más de una persona y le dio vida a la más insólita amistad.

 

 

Juan Manuel Venegas del Castillo Torres, marido de la difunta, siempre fue un hombre solitario, reservado, autoritario en la casa y en el trabajo, cuadrado y sedentario. De joven, por el contrario, gozaba de popularidad, contaba con orgullo sus historias de picardía como estudiante de la facultad de veterinaria de la UNAM, en las que en ocasiones tenía que salir disparado para escapársele a la trulla. A pesar de no ser muy bien parecido, siempre estaba rodeado de jovencitas hermosas que le rogaban para que las sacara a bailar y les contara con singular carisma sus descabelladas historias. Pero todo cambió cuando conoció a Beatriz, una tímida mujer de belleza diáfana, que por ningún motivo parecía interesarse en él. Después de meses de cortejo, sin entender muy bien por qué, Beatriz accedió a ser su novia. Duraron año y medio de novios, se casaron, y tuvieron cinco hijos: Francisco, Pepito, que murió antes de nacer, Rafael, otro que también murió antes de nacer y ni nombre le pudieron poner, y Flavio. Vivieron 40 años cómodamente casados.

Beatriz era su mundo e inframundo, cosa que él mismo no sospechaba hasta el día en que llegó a casa y se encontró con un eco silencioso y sin comida en la despensa. Se sentó en la silla que a él le correspondía, se reclinó para alcanzar el teléfono y llamó a la persona que jamás creyó buscar para recibir consuelo.

 

 

Luz María Rueda, tía de Beatriz, se hizo cargo de su sobrina desde que tenía 13 años. Junto con su hermana Artemisa, sacaron adelante a Beatriz después de que su madre la echara de la casa por no cumplir con sus reglas.

«A Artemisa y a mí siempre nos cayó gorda esa señora. Desde antes de casados ya traía a nuestro hermano como perro. Estaba loca, y le advertimos al Güero, pero era tan inocente y bruto el pobre, que lo engatusó», nos dice Luz María.

Así pues, desde muy jovencita Beatriz creció bajo el recio matriarcado de Luz María y Artemisa. Ninguna de las hermanas era casada. «¿Para qué?», decía Artemisa.

Luz María, en cambio, era muy enamoradiza, y le entregó su corazón a un joven piloto, que prometió volver por ella para llevársela lejos, pero nunca regresó. Semanas después Luz María se enteró que su amado había fallecido en un accidente aéreo. Desde entonces no se volvió a enamorar.

Su sobrina, refinada y espléndidamente desfachatada, siempre estuvo rodeada de pretendientes.

Luz Ma contaba que «la venían a buscar unos muchachos tan guapos, que hasta Artemisa y yo los queríamos de novios para nosotras. Entonces, imagínense cómo nos pusimos cuando nos trajo al chaparro ñango este».

Juan Manuel, un veterinario de la UNAM sin piso donde caerse muerto, no era el príncipe azul que las tías esperaban para su adorada Beatriz, pero era un buen hombre, y la amaba con locura.

Ya casada, Beatriz mantuvo una relación estrecha con sus tías y, a la muerte de Artemisa, Luz María se apegó aún más a su sobrina.

A pesar de ser soltera toda la vida, Luz Ma gozaba de una activa vida social. Entre semana se la podía hallar en El Palomar, Hacienda Los Laureles o Hacienda Laborcilla, almorzando con sus amigas Rosa María Franco, Rosa María Ayuso, Maria Rosa Urquiza, Gabriela Matus, Beatriz Godinez y, por supuesto, su sobrina.

 

 

«Para mí, Beatriz era mi hija, nunca me sentí sola en mi vida hasta el día en que llegué a mi casa y no escuché sonar el teléfono puntual a las 5 de la tarde para recibir su llamada».

—¿Juan Manuel?
—Hola, Luz Ma.
—¿Qué pasó? ¿Qué necesitas?
—Voy a ir a la cómer por algo de comer, la güera no pudo venir, ¿necesitas algo?
—No, gracias, doña Lety me va a preparar aquí algo en la casa, ¿quieres que te mande comida con Rafa?
—¡Sería un detallazo! Ya sabes que yo nunca tuve que ir a comprarme los mandados…
—No, de eso se encargaba Beatriz.
—Sí…
—Ahí te mando lo que me haga la señora con Rafita.
—Que no sea mucho, por favor, ya sabes que no soy de buen diente.
—Ándale pues.

 

 

Sus conversaciones se volvieron cada vez más frecuentes y banales. Claro, en el caso de Juan Manuel era evidente que necesitaba compañía. En cambio, Luz María tenía un alma social y nadie entendía por qué seguía atendiendo las llamadas. Incluso su ama de casa, doña Lety, no entiende esta relación: «Hay algo bien curioso aquí, pueden hablar por horas y horas pero nunca se ven, yo veo más al señor Juan Manuel que la señora».

Sólo se ven en fechas festivas como Navidad, cumpleaños, bautizos y demás. Sin embargo, en dichos eventos no cruzan más palabras que
—¿Cómo sigues, Juan Manuel?
—Ya mejor, Luz María, ¿y tú?
—Bien también, gracias.

El resto de las horas las pasan en silencio, casi sin dirigirse la mirada.

Al cuestionar a ambos por qué motivo no se visitan más a menudo, los dos se encogen de hombros y dicen: «¿Para qué?».

Doña Lety, ávida oyente, se acerca cautelosa a la escena y nos dice: «Es por Beatriz».

 

 

Una muerte divide y da unidad a diferentes vínculos. En este caso particular, hizo ambas cosas.