No todas las cosas son puras y limpias –un perfil de La Remolacha

por Emilio Schoning, Pamela Valverde, Aída Sánchez, Claudia González y Diego Zamorano

¶ Las puertas de su balcón estaban abiertas. Lo podíamos ver desde la esquina del Jardín Guerrero. Trabajaba, sentado, en su computadora. Disfrutaba del aire que entraba al estudio, de eso estamos seguros. Probablemente hacía una ilustración digital con calma y escuchaba una lista de reproducción de algo que no era banda, porque ese día se había puesto fresa.

Julián Guzmán, mejor conocido como La Remolacha, estudió preparatoria y arquitectura en el Tecnológico de Monterrey. La prepa le fascinó (contrario a la experiencia de muchos de sus compañeros) y la carrera le gustaba bastante. Pero la pintura requirió cada vez más tiempo y terminó por absorberlo por completo. Del 2010 al 2017 ha tenido 5 exposiciones en la SEJUVE, el Museo de la Ciudad y la Galería Libertad, estos dos últimos, por cierto, los considera como los mejores recintos culturales de Querétaro.

De arquitecto a pintor, de Julián Guzmán a La Remolacha. ¿Cómo fue esta transformación?, le preguntamos. Nunca existió un momento clave, nos respondió. Es curioso cómo Julián, a pesar de que no tiene proyectos relacionados con esa parte arquitectónica de su vida, nunca perdió el amor y la fascinación por ella. Es raro ver a gente que su razón de no ejercer su carrera sea que alguien les ofreció un camino diferente y con el tiempo se fue perdiendo el interés. En el caso de este ilustrador, la arquitectura se quedó atrás porque es muy difícil. Y puede sonar muy banal (quizás sí lo es), pero, a su parecer, no le puede sacar provecho de la misma forma a su talento relacionándose con albañiles y sentado ocho horas al día en un despacho, a que si pinta lo que se le antoja y se deja llevar por sus propias ocurrencias.

Y así como la arquitectura no fue lo que eligió como fuente de ingresos, no duda que su forma de vivir actual –hacer murales y exponer pinturas en museos– pueda llegar a ser efímero; quizá un día despierte con ganas de ser cocinero.

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La mayoría de las personas que suelen transitar por la colonia Álamos recordarán el mural de la calle Ronco Pollo, donde La Remolacha creó un pez que no tiene cara de pez. Nunca fue bueno pintando personas, por eso empezó a dibujar animales; específicamente pollos. Julián pinta pollos tan carismáticos como algunas personas, pero ahora que los pollos se convirtieron en su sello personal y prácticamente un ícono de su obra, trata de no pintarlos tanto. Además, los fondos de sus cuadros, que antes solamente los hacía con el fin de rellenar el espacio en blanco, ahora tienen contenido fundamentado. Un problema que tiene es que al cabo de un rato las pinturas que hace ya no lo representan, por ello busca nuevos elementos que expresen su identidad.

«Normalmente voy haciendo el desmadre y veo lo que sale», esto fue lo que contestó cuando le preguntamos sobre su proceso creativo. No tiene una metodología concreta ni organizada. La forma en la que aborda los proyectos depende de los recursos con los que cuenta, de si hay comisión o no y del estado mental en el que se encuentra. No es nada disciplinado. Si no tiene ganas de levantarse de su cama, no se levanta en todo el día. Sin embargo, también hay noches en las que no regresa a su casa por continuar manchandose, empapándose, tanto de pintura como de nuevas ideas y conceptos. O tal vez nada más de pintura.

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La comida y el futbol son una parte fundamental de la vida y el trabajo de Julián. Nadie se imaginaría que dos factores tan burdos pudieran servir como fuentes de inspiración artística. Son dos cosas de la cultura que no son muy elevadas o refinadas. No se diría que una pintura surgió a partir de la iluminación que le provocó al artista la torta de chilaquiles que se comió en la mañana o de la emoción que le produjo el partido que vio la noche anterior. Pero, con La Remolacha, parece que esto sí pasa.

En la liga mexicana, Julián apoya a los Tigres y a los Gallos. Le va a los Tigres porque jugó en las fuerzas básicas del equipo durante varios meses hasta que tuvo una grave lesión en la columna vertebral intentando echarse una chilena que destruyó su sueño de convertirse en futbolista profesional. En segundo lugar, le va a los Gallos porque, según él, «la cuna siempre es la cuna». Querétaro es el lugar en el que nació y creció, así que no podría no irle a los Gallos.

Además del futbol y la comida, le gusta ver la televisión. Por estas fechas está repitiendo la serie de Rick & Morty. La caricatura Big Mouth también es de sus favoritas. Como las series animadas que ve, atractivas visualmente y oscuras narrativamente, las obras de La Remolacha tienen una fachada infantil, pero en el fondo se encuentra su persona: alguien crudo y realista. A veces las cosas lindas se usan solamente para esconder las feas. Puede que sus pollos sean tiernos, pero hablan de algo férreo, a veces incluso de algo cruel. Puede que parezca que sus obras tienen un aire despreocupado, pero él, Julián, siempre está consciente de cada detalle en sus obras.

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Silomi, otro artista queretano que pinta murales urbanos, nos contó que no le late mucho la onda de Julián. Se le hace un poco básico en cuanto a técnica y dice que su discurso está descuidado. En su opinión, los temas de los que habla no son geniales. La crítica es más dura cuando viene de un cuate, pero no es personal. Es posible que La Remolacha tenga que replantearse ciertos aspectos de su impacto y su mensaje, así como es posible que no tenga que levantar un dedo. Esperemos a ver cómo evoluciona o se transforma su trabajo.

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El proceso creativo de La Remolacha funciona más o menos así: busca vivir la vida a su propio ritmo y, cuando una idea entra en su cabeza, lo plasma en su siempre presente libreta, en vez de sentarse en su escritorio y pensar en una por horas y horas. Durante el tiempo en el que ya está pintando, revisa constantemente su libreta con notas y bosquejos en caso de que empiece a pintar garabatos sin sentido o relación con la idea original.

Julián no es una persona que represente todo lo que hay en la profundidad de su mente en sus ilustraciones. Al contrario, para él sus ideas son meras ocurrencias que tiene y que considera como tonterías en su mayoría, aunque nunca pinta por pintar; sabe desde un principio cuál es el esqueleto de la ilustración y su propósito. Aunque reconoce que el significado de sus obras no va más allá de lo que está pasando en su cabeza en ese momento, siente que todo lo que hace tiene una razón de ser. Aunque esa razón se encuentre en quién sabe dónde. Prácticamente todo es producto de su subconsciente.

Asimismo, La Remolacha no se prepara para pintar algo específico. A diferencia de muchos otros artistas, no se pone a buscar todos los materiales y colores que necesitan sus obras, sino que usa lo que ya tiene en su estudio. Esto se refleja en las similitudes entre los murales y los cuadros que pinta dentro de un cierto rango de tiempo; su paleta de color, por ejemplo, se define por el simple hecho de que esos son los colores que tiene en ese momento, a excepción del amarillo, que procura siempre tenerlo a la mano.

Lo sencillo es pintar, lo complicado es lo que hay detrás de ese verbo: un montón de tiempo y trabajo. En el momento en el que empieza a mover el pincel o la brocha, La Remolacha se desconecta y vuela. Vuela como lo haría un pollo. Pero antes de ser libre, vive encadenado y convive con sus monstruos. No tiene socios o superiores, sólo se tiene a sí mismo y a todas las partes que lo conforman. Su trabajo es ver de frente esas partes todos los días y decidir qué puede sacar de ellas. La pintura es su terapia, el amarillo es su color y, a pesar de que ya no es su animal favorito, su corazón es de pollo.

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Los artistas no tienen que ser cultos ni delicados ni pretenciosos. Pueden ser como La Remolacha.