Muérdenos el corazón –un perfil de Lydia Cacho

por Paulina Villanueva, Andrea Cuanalo y Victor Hernández

¶ El periodismo en México es parte de una red de corrupción que no permite ejercer el oficio de manera ética. Buscar la verdad, sin preámbulos ni favoritismos, es un ejercicio casi imposible de realizar en este país. El periodismo que incomoda –aquel que busca la verdad a toda costa, el periodismo como labor social–, también mata. Y no sólo a tiros.

Lydia Cacho Ribeiro ha sufrido las consecuencias de esto, de ser una periodista ética.

También escritora y activista, Lydia Cacho nació en la Ciudad de México el 12 de abril de 1963. Su familia impulsó en ella lo ético. Lo justo. Lo correcto. Todo aquello por lo que Cacho lucha hoy en día.

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Tulum, Quintana Roo. Ruinas envueltas en hiedra y olvido, arena blanca y un aire que sala los labios. Tras bambalinas, un hombre llega a su casa, machete en mano. El alba no está muy lejos. Se tambalea. La botella vacía cae al suelo, rompiendo el silencio. Entre gritos, el machete golpea a sus hijos, entre las sábanas. Entre sollozos, su cadera golpea la de su esposa, entre las sábanas.

Lydia creció en un departamento en Mixcoac. Su madre, Paulette Ribeiro, le inculcó el feminismo. Ávida defensora de los derechos humanos, Lydia Cacho fundó en el 2000 el CIAM (Centro Integral de Atención a las Mujeres) en Cancún, con el fin de brindar atención a víctimas de violencia doméstica y abuso sexual. Al mismo tiempo, no dejó de perseguir su sueño de ser escritora: consiguió empleo en un periódico en Cancún y comenzó a escribir para la sección de sociales.

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En la comunidad maya de Cancún, el machismo se presenta a diario. Lydia Cacho buscaba una historia acerca del impacto del turismo en las comunidades mayas, artículo que sería publicado en el periódico para el que trabajaba. Pero lo que encontró fue muy diferente. Las mujeres que entrevistó le hablaron de violencia, de abuso, de injusticia. Fue entonces cuando Lydia entendió que había personas que querían contar sus historias, y que ella quería escucharlas, y a su vez contarlas también.

Su editor rechazó su texto, pues hablaba mal de Cancún. Y así, Lydia Cacho se dio cuenta que historias como esta, profundamente verdaderas, le son indiferentes a la gente cobarde.

Mi texto entonces fue de violencia. Mi editor pensó que yo estaba loca y que era un ataque contra el turismo en Cancún, pero el que no entendía nada era él, quien sólo quería servir al poder.

Poco tiempo después, nace el primer libro de Lydia Cacho: Muérdele el corazón. En un ambiente machista y cobarde –un pleonasmo, por cierto– el libro se enfoca en una chica que contrae VIH gracias a su esposo bisexual.

Para Esclavas del poder; un libro que se adentra en historias de prostitución y abuso infantil en México, disfrazada de monja e incluso bailarina de table, Lydia Cacho se sumergió completamente en su crónica.

Lo hice porque era la única manera de entrar a estos mundos de trata de blancas, si hubiera sido hombre hubiera entrado como cliente y ahí no hubiera habido ningún problema.

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«Para ser periodista se necesita más que ser curioso y saber escribir, uno tiene que ser un poco abogado, criminólogo, pedagogo, psicólogo…». Cuando Lydia Cacho comprendió esto, empezó a escribir Los demonios del Edén, un libro que denuncia la mafia de la pederastia en México, así como el lavado de dinero y el crimen organizado que está detrás. Uno de los protagonistas de su libro fue Jean Succar Kuri, un reconocido empresario que tenía un rol importante en el juego de la explotación infantil en la ciudad de Cancún. Al exponer a ciertos personajes públicos e industrias de tal tamaño e ilicitud, Cacho sabía que estaba arriesgando su vida. Y tantito más.

Jean Succar Kuri es, en pocas palabras, un pedófilo; un empresario que también se dedicaba a despojar de su infancia a las más pequeñas y vulnerables. Cámara en una mano, falo en la otra.

Lo que empezó como un caso aislado de una pequeña que fue abusada por el dueño de un hotel, pronto resultó ser el descubrimiento de una enorme red de prostitución y pornografía infantil en el estado de Quintana Roo, al igual que toda una jerarquía de corrupción en Cancún cuya función consistía en proteger a funcionarios públicos y empresarios conocidos. Gracias a Los demonios del Edén, Cacho derribó a Kuri, convirtiendo tinta y papel en una crónica desgarradora que propició justicia para más de 200 niños y niñas que fueron víctimas de un botón de REC que llevó a Kuri a 113 años de cárcel.

En México se estima la muerte de un periodista al mes. Cada una más silenciosa que la anterior. Son muertes de bajo perfil. Discretas.

Succar Kuri, si usted me mata yo tengo toda la evidencia de sus amenazas de muerte ya desde hace mucho tiempo.

Como menciona Lydia Cacho, con los mafiosos un periodista debe dar frente y hacerles saber que si algo sucede, es culpa suya. Todo sale y siempre saldrá a la luz. «Succar Kuri fue tan amable conmigo que sigo aquí, viva», comenta en una entrevista, riendo.

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Plutarco Marín Torres, exgobernador de Puebla, también se vio envuelto en la red de pornografía infantil que reveló Lydia Cacho. Marín, con –supuesta– cautela, dio la orden de arrestarla. Cacho fue secuestrada en Cancún por fuerzas de la policía de Puebla, trasladada al mismo estado, y arrojada en una celda. Lo que siguió a esto no fue sino un coscorrón*: piel contra piel, hueso contra hueso, ecos sangrientos contra puños cerrados.

Memorias de una infamia, el cuarto libro de Lydia Cacho, habla de las 24 horas que sufrió en prisión. Habla un poco más de su vida, de cómo la gente la acusaba de querer ser una protagonista, y genera cuestionamientos tales como: ¿si fuera hombre me estaría pasando lo mismo? Lydia Cacho es una mujer que, no como pocas, es increíblemente firme y tenaz. Sabe que no necesita de premios por su escritura para alimentar su ego. Premios como el Olof Palme, el ALBE y el Guillermo Cano, en cambio, le brindaron la posibilidad de financiar su interminable batalla legal contra Kuri. La periodista ha gastado millones de pesos en dejar atrás las acusaciones con las que los mafiosos se empeñaron para poder encarcelarla. Y es que Lydia Cacho Ribeiro no sólo sufrió las consecuencias de decir la verdad, sino, sobre todo, de ser una mujer que dice la verdad.

En el periodismo, las mujeres representan a los derechos humanos, ya que cuando se busca a un periodista para ejercer el oficio, las mujeres quedan totalmente excluidas. En cambio, cuando el periodismo se trata de feminismo, se incluyen tanto a los hombres como a las mujeres, equivaliendo sus derechos.

«Succar Kuri me decía enfrente del juez que me iba a matar». Al principio, incluso con ayuda de su círculo de corrupción, se le sentenció con 13 años de cárcel. Después de la apelación por esa condena, Succar Kuri no contaba con que el magistrado era alguien honesto y ético, que estudió el caso con detenimiento y subió su condena a 113 años de cárcel. «No celebro que él vaya a morir en la cárcel, pero sí celebro la justicia», confiesa Lydia Cacho sonriendo.

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Lydia Cacho ha sufrido las consecuencias de querer cambiar su país. Por hablar sobre los delincuentes que se disfrazan de políticos o empresarios sin miedo, y por exponer el machismo que acecha cada esquina de México.

Actualmente, financia su programa Somos valientes, que relata historias de niños y niñas que han sido abusados y que han sufrido lo que muchos –incluida Cacho– han sufrido. Tras verse obligada a huir de la inseguridad en México, Lydia Cacho está hoy de regreso en Cancún, viviendo junto al mar.

 

 

 

*«Pues ya ayer le acabé de darle un pinche coscorrón a esta vieja cabrona. Le dije que aquí en Puebla se respeta la ley y no hay impunidad, y quien comete un delito se llama delincuente», le confió vía telefónica Marín a Kamel Nacif Borge, otro empresario y líder de la pornográfia, después de mandar a encarcelar a Cacho por difamación.