El costo de una vida

por Nelly García en colaboración con María del Cielo Ramos, Ximena Medina y Tamara Ruiz

¶ «Amigos ayuda por favor. Mi papá desapareció y no sabemos nada de él […] Por favor ayuda, de verdad no sé qué hacer, sólo ayúdenme por favor. Si lo han visto, díganme».

Una noche común, el martes 7 de noviembre de 2017, mientras deslizaba el dedo en la pantalla de mi celular para encontrar algo qué leer, me encontré con esta inusual e inquietante publicación. Mis ojos tuvieron que leerlo un par de veces más para que mi mente lograra entender el mensaje que las palabras estaban mandando. Hubo un par de minutos de silencio hasta que reaccioné; el papá de mi amigo estaba desaparecido. Siempre he escuchado y leído en periódicos sobre cómo la gente desaparece y vuelve a aparecer… pero sin vida. Y lo más increíble es que, al parecer, el gobierno no ve la diferencia. Toda la situación la encontraba irreal, demasiado cruda para tragarla. Parecía una broma pesada. Mi mente estaba en una lucha entre no querer saberlo y poder procesarlo. ¿Así se sentirían todas las familias de todas esas personas desaparecidas? ¿Qué habrá sido de ellas? Dentro de mí surgían dudas sobre lo que pudo haber sucedido. Divagué e inventé diferentes historias: «tal vez se accidentó», «seguramente tuvo que salir de la ciudad y perdió su celular», «quizá…». La verdad no me quería permitir pensar que algo terrible le había sucedido. Según he oído en el radio, según he visto en la tele y leído en el periódico, Querétaro el segundo estado más seguro de México; era casi imposible que lo hubieran secuestrado o asesinado aquí, ¿cierto?

¿Cierto?

Su familia y aquellos que se dieron un poco de tiempo para apoyarles, comenzaron la búsqueda el mismo martes 7 de noviembre. Lo extraño es que nadie sabía qué hacer, pues nadie es experto en buscar personas desaparecidas; que tristeza cuando alguien lo sea. La familia se concentró en lo primero: ir a pedir ayuda a las autoridades. Esto los llevó a hacer una declaración ante el ministerio público. Horas después se podía leer en las redes sociales y en muchos carteles:

SE BUSCA
Nombre: ********
Edad: 42 años
Sexo: masculino
Estatura: 1.67
Ojos: café obscuro
Complexión: delgada

Lo más que hacía la gente era dar «compartidos» en las redes sociales. ¿Qué más hacer? Existe tanta impotencia en situaciones como esta. En contraste con todo el «activismo en redes», no hubo ni una llamada con información que les permitiera saber algo de él. Los días pasaban y, aunque en ese momento se hablara de esperanza, todos sabíamos que las ilusiones de encontrarlo vivo estaban muriendo con el tiempo. No había ninguna pista de dónde estaba. Poco a poco, las habitaciones se quedaban en silencio cuando entraba la familia de este hombre desaparecido. Nadie quería decir lo que pensaban, pero sabían que todos pensaban lo mismo.

 

II

Fue hasta después de dos semanas de llanto y coraje, dos semanas de interrogatorios y dudas y angustia, dos semanas de insomnio y dolor, que los responsables asignados por las autoridades de investigar el caso llegaron, al fin, a un veredicto. Informaron a la familia que el cuerpo de su respectivo padre, esposo, hijo, hermano, había sido encontrado calcinado el 9 de noviembre en las inmediaciones de Tlacote. Tan malas eran las condiciones en la que el cuerpo fue hallado, que fue necesario realizar una prueba de ADN para poder confirmar su identidad. Si nos diéramos el tiempo de pensar, ¿cómo nos sentiríamos si nos dijeran que nuestro padre, nuestro hermano, nuestro hijo o que nuestro esposo está ahí todo deshecho, tan privado de humanidad, que no pueden saber quién es hasta hacer pruebas científicas? Esas cosas no se sienten hasta que se viven.

Ya con el veredicto, la familia no se conformó con saber que el cuerpo ya no tenía vida, pues continuaron buscando, investigando e incomodando. Fue hasta después de un mes que los agentes del ministerio público lograron localizar el coche que el padre de mi amigo vendía cuando desapareció, el coche por el que fue asesinado. Los nuevos propietarios del auto no tenían ni idea del pasado que cargaba el objeto. La única información obtenida de ellos fue que la vendedora del auto era perteneciente de Celaya. Siguiendo las pistas que hasta ahora se habían «dejado ver», fueron tras ella y la única respuesta que se logró obtener fue un rotundo «se lo compré a un señor de Querétaro». Gracias a su descripción sobre este «vendedor de coches», los agentes pudieron detenerlo en una calle cerca de Avenida de la Luz en la ciudad de Querétaro. Acompañado por su hijo menor de edad, fue detenido mientras su mente le recordaba que no solo vendió un coche ese día martes 7 de noviembre, sino que también asesinó a alguien.

Al momento de declarar, éste admitió que no trabajó solo, aseguró que otra persona lo ayudó, pues su plan inicial era robar el coche, nada más. Afirmó que el dueño de este Ibiza blanco lo golpeó tanto que él quedó inconsciente, así que su cómplice, en defensa propia, lo degolló. Después de despertar, se dio cuenta de lo que había sucedido y ambos se asustaron tanto que decidieron quemar el cuerpo, creyendo que así podían borrar toda la evidencia que pudiera delatarlos, no solo ante la sociedad sino también ante su conciencia, o lo que sea que personas así tengan. Hasta el momento, a pesar de la declaración dada y las obvias pruebas en contra de los acusados, la investigación sigue en pie e inconclusa, pues la búsqueda del objeto punzante sigue «desaparecido».

¿Qué pasó? ¿Por qué no se anunció este caso en las televisoras o en algún periódico? ¿Cuántos casos más como este existen en la ciudad? Al haber detenido a los presuntos culpables, se supo que uno de ellos es policía del Estado de México. En ese momento todo el silencio cobró sentido. Por lo menos ahora podemos saber por qué no hubo justicia, por qué quedó incompleto el caso. Aunque al gobierno mexicano se le olvide muchas de sus equivocaciones, ellos saben que con cada fracaso y cada mentira aumenta el enojo e inconformidad en algunos de nosotros. La corrupción, la inseguridad y violencia al interior de los países son los efectos de la impunidad, no sus causas.

 

III

Encontré el siguiente texto, el «Juramento policial»:

Juro en mi condición de policía servir a la sociedad, salvaguardando vidas y bienes, proteger al inocente contra el engaño, al débil contra la opresión o intimidación, al pacífico contra la violencia y el desorden; y respetar los derechos constitucionales de todas las personas a la libertad, la igualdad, la justicia. Para ello, conservaré mi vida privada como ejemplo para todos, mantendré una calma valerosa ante el peligro, la burla o el ridículo, cultivaré el dominio de mi mismo y tendré siempre presente el bienestar de los demás. Seré honesto en pensamientos y acciones en mi vida personal y la oficial, y seré ejemplar en cumplir las leyes generales y los reglamentos policiales. Cuando vea y oiga de índole confidencial, o que se me confíe en mi carácter de policía, lo guardaré en secreto, a menos que sea necesario revelarlo en cumplimiento de mi deber. Nunca actuaré oficiosamente ni permitiré que mis sentimientos personales, perjuicios, animosidades o amistades influyan en mis decisiones. No seré condescendiente con el delito ni con los delincuentes, haré cumplir la ley con cortesía y adecuadamente, sin temores ni favoritismo, malicia ni mala voluntad, nunca empleando la fuerza y la violencia innecesariamente y tampoco aceptando dádivas. Reconozco la credencial que me acreditan como símbolo de las confianza pública y la acepto con plena responsabilidad, manteniéndome fiel a los principios de la ética policial. Me esforzaré sin descanso por alcanzar estos objetivos e ideales, dedicándome ante Dios a la profesión que libremente he elegido; constituirme en defensor de la ley, el orden y la justicia.

Mi pregunta aquí es: ¿cómo nos deberíamos sentir cuando los que nos protegen ahora son los que nos asesinan? ¿los que nos callan? Durante los últimos años he leído más casos de policías corruptos que grandes hazañas hechas por ciudadanos, más casos de impunidad que descubrimientos de actividades ilícitas del gobierno. ¿Qué se puede hacer?

La impunidad está por todos lados. Las muertas de Juárez, Chihuahua, en donde los feminicidios van en aumento; hasta ahora se han reportado cerca de 7 mil 500 mujeres asesinadas dentro del territorio Chihuahuense; más de mil casos aún se encuentran en proceso de investigación. Muchos casos ni siquiera se reportan. La impunidad está en el secuestro de Fernando Martí. Más de 7 años después de la desaparición del hijo de un importante empresario mexicano, aún no se encuentran respuestas del caso. La impunidad está en todos los hombres muertos por la guerra contra el narcotráfico, está en la trata de blancas, está en Ayotzinapa. A casi cuatro años de la desaparición forzada por parte del Estado Mexicano, los 43 estudiantes de Ayotzinapa siguen desaparecidos y aún no se encuentra a un culpable. Según el gobierno, claro. La impunidad está en que, de acuerdo con el INEGI, en el año 2015 se registró una tasa de 17 homicidios por cada 100 mil habitantes dentro del país. La impunidad está en que, hoy, en México, son asesinadas 19 personas por cada cien mil habitantes, el promedio en el mundo son seis. La impunidad está en que, según el periódico Excélsior, en México menos de dos de cada diez asesinatos tienen un seguimiento jurídico, es decir, delitos en donde se castiga al culpable, mientras los demás delitos no son castigados. Está en que México llegó a los niveles de homicidio más altos de los últimos dos años. En que en febrero de 2016 fueron registrados, en promedio, 55 asesinatos todos los días. La impunidad está en la vida del padre, esposo, hijo, hermano asesinado en Querétaro, por un coche. Una vida por un coche. La impunidad está en Querétaro.

Actualmente, la situación está peor que nunca. Nos encontramos en el segundo país más corrupto del mundo. La gente sale de sus casas con miedo a no ver a sus familiares otra vez. En este país, la gente no se atrevería a salir a las 2 am por algo de comer. Siendo mujer, jamás sales de noche sola. Y si pasa algo, la mayoría de la gente no lo denuncia. El 63% de las víctimas no denuncian por una falta de confianza hacia la autoridad. Si no confías en tu gobierno, ¿en quién?

«México es el país más inseguro para periodistas», «México comete crímenes de Lesa Humanidad», «México, el segundo país más impune del mundo»… Muchos lo saben, la mayoría lo ignora.

Lo que le pasó a la familia de mi amigo no fue su culpa. El único error de su padre, esposo, hijo, hermano fue que ese día salió a conseguir dinero para alimentar a su familia. La impunidad, la violencia y la corrupción están presentes siempre, en cada esquina, en cada calle o incluso a mitad del Jardín Guerrero en un domingo al medio día. La impunidad llena los corazones de odio y de coraje; de impotencia y de miedo.

Ahora, la familia de mi amigo está vacía, siguen vivos pero por dentro se sienten muertos. Las actividades cambiaron, ahora su mamá trabaja más duro que como lo hacía su papá. Ya no salen por miedo a que les suceda algo. Intentan seguir adelante con su vida, pero, al regresar cada día casa, aquel señor medio panzón y canoso que siempre tenía una sonrisa en su rostro, ya no está.