De la cárcel al odio –la crónica de nueve crónicas fallidas

por Ana Gabriela Huerta, Minerva López y Jessica Palau

¶ Durante la primera clase de periodismo, Eduardo de la Garma de la Rosa nos comentó que durante las primeras semanas del curso tendríamos que escribir un perfil y una crónica. Para comenzar a escribir necesitábamos elegir dos temas y, antes, debíamos cuestionarnos lo que observábamos en nuestro entorno. Necesitábamos leer crónicas y perfiles, pues leer es escribir y escribir es leer. Decidimos hacer el perfil sobre Alejandro Reynoso, un rescatista de la Cruz Roja. Él es una especie de héroe anónimo que se enfrenta al peligro aunque tiene miedo; queríamos mostrar eso. Elegir a Alejandro no fue difícil, pues las tres estuvimos de acuerdo desde el principio, lo complicado fue comenzar a escribir y poner en orden toda la información que teníamos. En cuanto a la crónica, nunca nos decidimos realmente por un tema.

 

I. Contraste en la Ciudad de México

Primero, a Minerva se le ocurrió que podríamos escribir sobre los contrastes presentes en la Ciudad de México: desigualdad, pobreza, indigentes, turistas. Era una propuesta interesante, porque las personas que viven en la calle son ignoradas; inadaptados sociales que, en algunos casos, son vistos como si fueran infrahumanos. Al hacer la crónica de ellos, contaríamos una de las fallas que existe en nuestra sociedad: ignoramos una problemática importante y creamos, en cierta forma, factores que permiten o favorecen la aparición de indigentes. Sin embargo, no le vimos tanto futuro a la idea, porque sólo Minerva había visto esa situación. Descartamos la idea por un voto a favor y dos en contra.

 

II. Drogas

Pensando en un tema más interesante y probablemente más frecuente, se nos ocurrió (bueno, sólo a Gaby), escribir sobre las drogas. Pero no escribir sobre el frecuente uso de ellas, las consecuencias que trae consumirlas y todo eso de lo que te hablan durante la adolescencia. Queríamos ir más allá. Primero necesitábamos saber qué tipo de droga íbamos a comprar; por supuesto, íbamos a ir por la más barata y probablemente menos dañina. Luego, teníamos que encontrar a una persona que vendiera drogas y contactarla para comprar la mercancía. Después de eso el plan era simple, pues hubiéramos ido a un lugar privado, donde sólo pudiéramos estar nosotras tres, y probarla sin que nadie se enterara o se diera cuenta. Teníamos todo pensado. No todas hubieran querido probarla, lo más probable es que sólo una de las tres lo hubiera hecho, tal vez esa persona hubiera sido Gaby. Pero bueno, tendríamos tres perspectivas de la experiencia y suficiente información para llevar a cabo nuestra crónica. Era el plan perfecto. Por supuesto que no todas las del equipo pensamos lo mismo, y lo pensábamos con razón porque, para empezar, era ilegal y peligroso. Además somos menores de edad. Pero lo más importante: no tenemos dinero. Así que tuvimos que seguir con otra idea.

 

III. Cárcel

Al tener la inspiración de las drogas, Gaby propuso otro tema, según ella, perfecto e ideal. Aunque, de nuevo, las demás diríamos que no. La idea era que una de nosotras fuera a la cárcel, pero como somos menores de edad (excepto Minerva), iríamos al tutelar de menores, que sabemos no es un paraíso lleno de flores y colores. Lo que importaba era experimentar, y no sólo el cómo es estar ahí, sino todo. Desde el momento en el que haces una tontería que termina siendo un delito. El momento en el que el policía decide llevarte presa y llamar a tus padres. El proceso de papeleo y la entrada, por fin, al tutelar de menores. Si hubiéramos decidido escribir sobre eso, tendríamos millones de historias y experiencias que contar. Hubiera sido una aventura. Pero, de nuevo, vinieron los no, porque, para empezar, ninguna quería estar presa y ensuciar su currículum. A Gaby se le ocurrió entonces que podíamos fingirlo. Preguntarle a un policía si podía hacer todo el proceso de arresto para poder escribir nuestra crónica y no tener que estar encerradas ahí por mucho tiempo. Es probable que el policía nos hubiera dicho que no, así que no lo intentamos. Otro de los no fue porque nuestros padres no nos darían permiso, y aunque lo hiciéramos sin su permiso, probablemente hubiéramos terminado bajo arresto domiciliario lo que queda de nuestras vidas. Reflexionamos sobre los peligros que conllevaba esta idea y no, así que decidimos buscar otro camino para nuestra crónica.

 

IV. Disparidad y vidas paralelas

Cuando la idea de los indigentes fue rechazada, Minerva pensó que quizá podríamos escribir un perfil sobre dos universos completamente distintos dentro de un mismo espacio geográfico. Es decir, describir la forma de vida de una persona que trabaja haciendo el aseo, como guardia de seguridad o jardinero en el Tec, y un directivo o maestro de la misma institución. La intención era evidenciar la desigualdad de oportunidades, diferencias en su forma de vida, lo injustos que son los salarios en comparación con el arduo trabajo que hacen, el clasismo presente en muchos miembros del Tec; provocar un sentimiento de culpabilidad en los alumnos por todas esas veces que no se dignaron a dar un «gracias», «buenos días» o cualquier otro signo de cortesía a alguno de los trabajadores. Analizamos la idea y nos dimos cuenta de que sería mejor escribirlo como crónica, en lugar de como perfil. Sin embargo, el cambio resultó inútil, porque sólo le pareció una buena idea a Minerva. De nuevo, un voto a favor y dos en contra. Cuarta crónica descartada.

 

V. Prepa Norte

Como ya lo habíamos hecho en la mayoría de las clases de periodismo, llegamos a pedir asesorías. Más que nada, ayuda, porque seguíamos sin saber de qué escribir. Aunque no lo creímos, salimos de ahí, de la asesoría, con una muy buena idea: escribir sobre la prepa Norte. El profesor de la Garma nos dio ese tema porque no queríamos escribir sobre el Tec y, según él, Gaby quería ir a un lugar donde no pertenecía.

Deambulamos sobre esa historia varias clases. A Gaby le parecía una idea magnífica: escribir sobre una escuela completamente diferente a la nuestra, escribir sobre las instalaciones, los baños, las aulas, las sillas, los directivos, los profesores, el ambiente estudiantil, los alumnos, los de la mañana, los de la tarde, su ropa, maquillaje, peinado, forma de expresarse; en fin, todo. Minerva sugirió hacer una comparación de la vida estudiantil de la prepa Norte con el Tec. Pudimos haber titulado la crónica así: «Un día de escuela normal», o así: «La crónica de dos mundos diferentes». Sin duda hubiera sido una buena pieza periodística, demasiado qué ver es igual a demasiado qué contar.

Estábamos más que preparadas para iniciar nuestro viaje y abrirles la puerta hacia otra escuela a las mentes que viven en el Tec. Además, era viable, porque no era ilegal ni peligroso. Pero aquí se presentaron problemas un poco diferentes: falta de tiempo y de choche. Así que de nuevo sacamos el letrero de «en busca de una crónica».

 

VI. Alcohol

A pesar de las terribles ideas que Gaby proporcionaba, tuvo el valor de presentar una idea nueva, no cien por ciento original, pero nueva, aunque todas, incluso ella, sabíamos perfectamente que esa idea era otro no instantáneo. Era bastante similar a la de las drogas. Consistía en ir a una fiesta donde de preferencia no conociéramos a la nadie. Era necesario que en esa fiesta hubiera alcohol, así una de las tres se embriagaría hasta no poder más. Durante todo ese tiempo, las dos personas sobrias tenían que capturar perfectamente cada momento, por asqueroso que fuera, para que no se nos escapara nada. Al día siguiente, la persona embriagada debía platicarnos su historia durante la fiesta, su pérdida de memoria y su terrible resaca, mientras las otras dos completaban la historia con lo que ellas observaron cuidadosamente durante la fiesta. Incluso podía ser una persona cercana a nosotras, no necesariamente una de las tres. La idea era prácticamente legal porque el alcohol lo es, pero seguimos siendo menores de edad (excepto Minerva).

Gaby sabía el disgusto de nosotras por las fiestas, sabía que diríamos que no, como lo hicimos en la idea de las drogas. Sin embargo, estábamos sin ideas y pensamos en todas esas veces en las que los maestros nos dicen «ninguna idea es mala». Esta definitivamente era una mala idea, aunque tuvimos peores.

 

VII. Odio

Ninguna idea era aceptada por todas: las de Minerva eran consideradas «aburridas» por los otros miembros del equipo, las de Gaby eran buenas e interesantes, pero demasiado arriesgadas o peligrosas para que nuestros padres las aprobarán o el Tec no nos corriera. A Jessica no le pareció ninguna, a todas les encontró algún inconveniente. Así que decidimos reconsiderar las opciones. Para ello necesitábamos ver qué opiniones teníamos en común, pero era una tarea prácticamente imposible. Después de pensarlo, nos dimos cuenta de que odiamos o, más bien, nos caen mal las mismas personas y, en consecuencia, nos molestan las mismas características-actitudes humanas. Sonaba como una idea fantástica, pues a todas nos molesta la arrogancia, el narcisismo, la presunción, la hipocresía, la ignorancia, la superficialidad y la falsedad; las clases donde nos dicen quiénes debemos ser o cómo pensar. No iba a ser una crónica del odio como tal, sino de las actitudes de nuestros maestros y compañeros que nos sacan de quicio. Pero hablar sobre esto era arriesgado, más si tomábamos en cuenta que algunas de las personas que nos caen mal son nuestros compañeros en la clase de periodismo y no queremos ganarnos el odio de nadie. Aún.

 

VIII. El final de la crónica

Al final no elegimos un tema. Escribimos una historia sobre otra que jamás fue escrita, y quizá nunca lo sea. Somos un equipo disfuncional, pero una democracia a fin de cuentas. Nunca impusimos una tiranía del pensamiento, las ideas de una nunca fueron más importantes que las de otra. Tal vez ese fue el problema, desperdiciamos un montón de ideas brillantes a cambio de seguridad y cordura. No somos periodistas, somos niñas jugando a contar historias. Y a la mitad del juego nos dimos cuenta que, en realidad, estábamos perdiendo.