Señales de humo

por Andrea Cuanalo


Cuando estás en el filo de lo oscuro
y le rindes honor desde tus huesos
cuando el alma purísima del ocio
pide socorro al universo sutil
cuando subes y bajas del dolor
mostrando cicatrices de hace tiempo
cuando en tu ventanal está el otoño
aún no te despidas de nada
todo es nada
son señales de humo
apenas eso
~Mario Benedetti

Las luces se encienden y salen las bolsas de aire. Suena On Hold de The XX, pero su letra ya no está en mi cabeza. Sólo puedo pensar en el aire asfixiante que pica mis pulmones. Me ahogo, sigo avanzando sin rumbo ni salida. Pero pongo el freno de mano. Algo me hace reaccionar.

Cojo el teléfono. No hay respuesta. Debo aguantar. Al fin llega un desconocido. Toma mi mano y dice que todo estará bien. Toma el control, me relajo.

Mi mirada emprende su largo viaje por el vacío. Fija. Ahora no puedo recordar nada. Al igual que todas las veces, creo que mi cuerpo trata de protegerse de un peligro externo, como si encontrara en aquel viaje un lugar seguro y desconectado de la realidad.

Atrapada dentro de mí misma, sin palabra pido ayuda, pero siento cómo poco a poco me voy. Todo a mi alrededor se desvanece y se convierte en nada.

¿Estoy aquí realmente? Y si no, ¿dónde estoy, entonces?

Lo único que queda son señales de humo. Apenas eso.

 

07/04/18

Te despiertas y piensas que será un día como cualquier otro, hasta que ya no lo es y ninguno de los que te quedan por vivir lo serán jamás. Algo te marca, un evento, una persona, un momento.

Así fue este día.

Dormí lo habitual para ser fin de semana. Eran las diez y media o las once de la mañana y aún me sentía cansada. Entraba una tenue luz por mi ventana; sabía que si no me levantaba en ese momento no lo haría nunca, así que entré en la regadera y traté lo mejor que pude por no arrullarme con el agua caliente. Dejé todo como estaba, apenas probé el desayuno y fui corriendo al salón para arreglarme el cabello. Detalles comunes y corrientes de un sábado de comida.

Llegué poco después de la hora marcada en la invitación. Definitivamente, el haber usado tacones con un esguince en el dedo meñique del pie derecho no fue buena idea. Pero claro, yo estaba empeñada en usar lo que había planeado antes de que me cayera esa maleta encima del dedo chiquito. La probabilidad de cómo pasó este esguince, advierto, es mínima. Creo que ni siquiera llegas a pensarlo. Piensas que nunca te van a pasar este tipo cosas, imposible que te suceda esto, imposible que te sucedan cosas peores, y entonces, una por una empiezan a pasarte todas, igual como le sucede a cualquier otro.

Últimamente todo me sentaba igual: la comida, las personas. Era el recalentado día tras día. Todos estaban ahí, unos más ambientados que otros, y aún así me sentía fuera de lugar. Sabía que gran parte de ese sentimiento era el hecho de que mi pie estaba matándome, y la otra por el hecho de que mi forma de ambientarme no puede ser la misma que los demás. Ya me acostumbré: nada de alcohol, nada de cigarros. Pero en esos momentos en los que simplemente quieres sentirte parte de un grupo e igual al resto de la gente, la ayuda de una personalidad falsa es reconfortante.

A pesar de esto, la comida transcurrió de manera esperada: veinte botellas, canciones a todo pulmón y un tacón que fue lanzado a la casa del vecino y, unas horas más tarde, lanzado de regreso.

Pero mi pie jamás dejó de doler. Me cansé y decidí irme.

 

Lo recuerdo bien, eran las nueve de la noche, en mi playlist apareció una de mis canciones favoritas, y más que nada, recuerdo bien el instante en que el coche blanco se atravesó frente a mí. Perdí el control. En cuestión de segundos, se encendieron las luces y las bolsas de aire estaban fuera. Había chocado contra algo, pero no tenía noción de lo que era. Conozco el camino, desconocía el punto exacto en el que estaba, pero sabía que cerca, al borde, estaba el barranco. Algo me detenía al mismo tiempo que sentía cómo mi coche se iba hacia delante.

Algo me hace reaccionar. Pongo el freno de mano y busco desesperadamente mi teléfono. Es entonces cuando por fin entra la llamada; aparece un hombre extraño, no recuerdo si dije algo, ni siquiera recuerdo su rostro, solo sabía que por fin había entrado la llamada y que ya no debía aguantar más. Me sumergí, como tantas otras veces, en una profunda nada.

¿Cómo puede irse uno de sí mismo?

Me encuentro ahí, físicamente, pero al mismo tiempo dentro de mí no escucho nada, no siento nada, ni siquiera puedo contestar cuando me preguntan quién soy.

Ahora no acabo de hacerme a la idea. Hay tanta literalidad en el aire que me asusta. Pensar que cincuenta metros más me hubieran hecho caer y tal vez jamás hubiera escrito esto. Pero te hagas a la idea o no, ese día va a llegar. El día en el que te sucederá todo lo que creíste que no pasaría.

Supuse que ir a misa me ayudaría a sentirme cómoda, me ayudaría a regresar. Ahora me encuentro haciendo cosas que ayer parecían irracionales; pero, me convence la idea de abrirse y creer, aunque sea por un rato.

Se dice que cuando experimentamos el límite, obtenemos de inmediato cierta claridad; Nuestras prioridades cambian, la gente que importa es la que está ahí, y quien tenías la última esperanza que estuviera no lo está. Se siente todo tan diferente, ya no eres la misma persona.

 

Es natural tener miedo, significa que aún puedes perder algo.

 

 

En México, uno de cada cinco personas tiene un accidente automovilístico. Con 14 mil 818 accidentes, 125 muertes y mil 453 heridos registrados por el Inegi en 2016, Querétaro ocupa el décimo tercer lugar a nivel nacional dentro del índice de muertos a causa de accidentes de tránsito.

Según el Conapra (Consejo Nacional de Prevención de Accidentes), del 100% de los percances, 20% constituye a un accidente fatal y el 80% llega a quedar gravemente herido o con secuelas de por vida.

 


Breve dedicatoria:

Para todas las personas presentes ese día y siempre. Mi familia, mis amigos y amigas, las personas que estuvieron al pendiente, el desconocido que resultó ser un doctor, las dos enfermeras que me auxiliaron en el lugar, al poste y a mi suerte. Todo se reduce a pequeñas señales de humo. Te despides como de costumbre, cuando en realidad nunca sabes si volverás a ver a esa persona. ¿Habré dicho lo suficiente? Hay un segundo, hubo un segundo, en el que cerré mis ojos y vi pasar los recuerdos más importantes de mi vida por mi mente.

Y tú, ¿a quién vuelves cuando cierras los ojos?