No llega hasta donde yo lo permito, va más allá

por Hania León, Brenda Villaseñor, Fernanda Canales y Natalia Núñez

¶ Las luces de la biblioteca eran tenues mientras ella apoyaba su mano sobre la fría puerta casi plástica que se abrió con un rechinido, dándole acceso al silencioso lugar. Los cansados pasos resonaban como alarma al ausente encargado de la biblioteca en señal de que alguien, al fin, había llegado. No había nadie ahí. O al menos no en las solemnes mesas ni los extrañamente rosados sillones. Al parecer ese día su amigo le esperaba en la aún más callada área de los cubículos. Nuevamente, repitió el proceso y entró a la privada sala.

En cuanto su pie se colocó en el tapete, su andar fue silenciado. Las pequeñas mesas individuales con cubierta perpendicular a su superficie, a fin de tener más privacidad, estaban en su mayoría vacías. Dos o tres alumnos ocupaban cada quien un lugar en las primeras dos hileras de asientos. Hasta atrás, a diferencia de los pocos presentes, se encontraba su amigo. La luz, con mayor iluminación que la anterior, fue un reflector para su caminata hasta él, casi controversial en la quietud de la biblioteca. La conversación fue normal. Un poco de tarea, más del proyecto, otro tanto de rumores. No cabía en ese ambiente académico la mano veloz de su compañero que acarició justo debajo de la entrepierna de ella. Una broma, pensó ella fastidiada. Lo sujetó de la muñeca para quitarlo, pero la fuerza de él era superior. Tomó libertades no cedidas y subió la mano, hasta llegar a su feminidad. «Quítate», dijo con voz firme, aunque por dentro el miedo la invadía. «Sabes que te gusta», fue la respuesta recibida. Era hora de irse.

Y así lo hizo, se levantó y caminó hasta la puerta. Pero él fue más rápido y la alcanzó. Al sujetarla por un brazo, la llevó entre los estantes y, con más descaro que antes, le colocó ambas manos en los pechos, con una mirada digna del mayor pervertido. En un patético intento de hacerla sentir bien, pronunciaba sucios halagos como: «son tan redondos» o «quiero chuparlos». Entonces, ella huyó.

El recién aseado baño fue el lugar más cercano. Estar en silencio nuevamente, como en la biblioteca. Pero esta vez en un lugar donde sólo las mujeres entraban. El baño simbolizó paz en su ahora escandalosa mente. La pesadilla, a pesar de ello, no acabó ahí.

En cuestión de segundos, él llegó al baño. Se abrió el pantalón y expuso sus privacidades, como si presumiera de un objeto valioso. Al tomarla por los hombros y ejercer presión en estos, la obligó a arrodillarse frente a él. La piel rozó sus labios, llenando estos de humedad. Su mejilla se mojó por el líquido que sus ojos soltaban. Una llamada, la vibración de su celular, fue lo que la salvó. Contestó y corrió hasta llegar a la primera planta.

Unos días después días, al recordar esto, lloró.

 

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Tenemos la bella fantasía que Querétaro es un estado repleto de tranquilidad y ausente de violencia, pero sólo aquellos que han tenido la desgracia de vivir sus más obscuros secretos, ocultos tras el telar del silencio, saben que la realidad es otra. La Crónica Regional dice que en los últimos 2 años ha habido 55 feminicidios y 446 mujeres desaparecidas en Querétaro.

«Un día un amigo, estando entre puros hombres, nos contó que invitó a una chava al cine». Otro caso en el que lo que se considera un acto inocente termina siendo algo mucho peor. «Él solo se la quería dar y por eso la invitó, pero la niña era muy inocente y cuando él le pidió que le hiciera un blow». Pareciera que una mujer no puede ser vista como algo más que un objeto con el cual un hombre puede hacer lo que desee. «Ella le dijo que no sabía cómo hacerlo, le dijo él que abriera la boca y le bajó la cabeza para que le hiciera un blow y como ella no lo hacía bien, él, sosteniendo su cabeza, comenzó a moverse». Lamentablemente, dice Carmen Plascencia en uno de sus artículos, nos enfrentamos a los estereotipos de los acosos. Estos estereotipos tenemos que borrarlos. No sólo los albañiles ni las personas de clase baja perpetran el acoso. Es un problema del sistema patriarcal, no de la falta de educación. Es un problema de la educación heteropatriarcal. Sí, hace falta educar en la igualdad.

Según Yeliz Osman, coordinadora del programa «Ciudades seguras» de ONU Mujeres en México, dijo que en este país entre 8 y 9 de cada 10 mujeres son acosadas. Cabe mencionar que el INEGI informó que 330 mil 629 mexicanas de 15 años en adelante han sufrido una violación o intento de violación sexual durante su trayectoria académica.

 

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Era noche de fiesta en el club nocturno donde India Chipchase se encontraba. Cuando uno piensa en un antro, piensa en alcohol y baile, pero principalmente en alcohol. Después de todo, el alcohol relaja la moral, hace que Pepe Grillo guarde silencio y uno pueda divertirse con menos barreras. Quizás ese era el pensamiento de India cuando tomó esa noche. Ella quería diversión, relajarse. Muchas personas más de ambos géneros esa noche, en ese mismo club, tomaron. Encuentros causales, bailes provocativos, infidelidades, amistades nuevas, todo pudo pasar en el interior de aquel local con música a todo volumen. Sin embargo, a pesar de los alcoholes, a nadie más le pasó lo que a India.

Era tarde ya cuando decidió tomar un taxi de regreso a casa. Al no encontrar ninguno, aceptó ayuda de un amable desconocido. Muchos rides suceden todos los días, donde aquellos que reciben la desinteresada ayuda de un extraño llegan sanos y salvos a sus hogares. A ninguno de los viajantes de rides alrededor de la ciudad le pasó lo que a India ese día. Edward Tenniswood le aseguró que ese día ella llegaría sana y salva a su casa. Nada podría estar más lejos de la realidad.

India fue encontrada violada y estrangulada. Los medios usaron el alcohol como excusa para justificar el crimen de Tenniswood. Se culpó a la víctima por querer divertirse, no al asesino y violador por ser un enfermo, ni a la sociedad por estar incesantemente marcada por un abrumante patriarcado.

Según Carmen Plascencia, la manera de acabar el acoso sexual no es prevenir a las mujeres. Es educar a los hombres a tratar a las mujeres como iguales. Es fomentar la equidad. El humanismo. Las mujeres en Long Island hacen esto. Cuando un feminicidio sucede, en vez de advertir a sus hijas, hablan con los varones y les enseñan.

De acuerdo a la página del movimiento Me Too, 17,700,000 mujeres han reportado ser víctimas de violencia sexual desde 1998. Por ejemplo, ella: una estudiante común y corriente que cursaba la preparatoria en el Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro. Ella nos confiesa:

Un amigo siempre me lanzaba los perros. Me incomodaba un poco que lo hiciera, pero no decía nada al respecto porque era mi amigo.

Todo parecería normal: un coqueteo común. Pero las cosas empeorarían.

Un día me pidió que si podía subir a la biblioteca a ayudarle con una tarea. Lo hice, subí y lo encontré en la sala de estudio individual, estaba vacía. Me acerqué a él y me senté a su lado. Estábamos bien cuando de repente puso su mano en mi pierna. La comenzó subir poco a poco hasta que tocó… ahí. Me alejé enojada. Él no se rindió y fue hasta mí de nuevo, colocando ambas de sus manos en mis senos. Me fui de ahí a esconderme al baño.

La pesadilla fugaz que estaba viviendo pareció terminar, pero pronto sus pensamientos fueron contradichos con las acciones de él:

Llegó y entró como si nada. Me forzó frente a su pantalón. Estaba a punto de llorar pero dije haber recibido una llamada y bajé corriendo hasta la fuente.

Distintas estadísticas establecen que en el 90% de los casos el abusador es un hombre y casi siempre la víctima es menor de edad. Se estima que en nuestro país 1 de cada 5 mujeres fue acosada sexualmente antes de cumplir 18 años. Por desgracia, sólo el 20% de los acosos son denunciados.