La obsesión numérica o la reducción de una vida

por María Guadalupe García, Susana Arteaga, Andrea Chavero y Fernanda López

¶ Domingo 20 de mayo. Tijuana, 19:30hrs. Debate presidencial. ¿La razón? ¿Debatir, contrastar ideas, perfiles, plataformas? No. Las razones son estas otras: audiencia, rating, consumidores. El rating es importante, pues determina el éxito o el fracaso de un programa de televisión. Los candidatos a la presidencia de México toman sus lugares. El debate dura alrededor de dos horas. Es el día en el que los candidatos trataran de mostrar, de nuevo, quién es la mejor opción y porqué. El rating rompe récord: 9.6% más que en el primer debate: 12.6 millones de personas: «1 de cada 2 personas con la televisión encendida sintonizaron el #DebateINE», dijo Lorenzo Córdova. Estos números, más la necia encuestitis electoral, absorbe a todos los participantes. Todos se vuelven dependientes de los números. Anaya suelta cifras, Meade responde, Andrés Manuel se queda atrás; Nielsen Ibope reporta cifras, el INE justifica gastos; números, números, números.

Los candidatos electorales se han convertido en un producto. ¿Quién es más popular? Pues el que se vende mejor. El rating es esencial en el mundo de los medios de comunicación, ya que determina el valor de sus programas. Las elecciones presidenciales elevan el rating. El número en una encuesta determina el poder de uno u otro candidato. Los números cosifican a las personas. Y las cosas tienden a comercializarse.

 

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Manuel Vázquez, un padre de familia con cuatro pequeños, día a día trabaja hasta el cansancio para poder llevar el alimento a la mesa de su casa. Su esposa también trabaja intentando ayudarlo a pagar las cuentas. Administran el dinero, les importa mucho el salario, sus vidas dependen de ello. Manuel gana 15 mil pesos al mes, paga colegiaturas, luz, agua, gas, transporte, líneas celulares y predio. A veces se endeuda, sus hijos no lo saben. Se habla poco de sueldos y salarios.

El condicionamiento instrumental rige nuestra conducta. Cargamos de significado a los números. Nos da incluso pena hablar de ellos. Relacionamos nuestro sueldo incluso con nuestra identidad. Si decimos cuánto ganamos al mes, quedamos expuestos, desnudos. Los números reducen la experiencia humana.

 

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Jessica Medina tiene el mejor promedio de su generación. 94, 92, 91, 93… su boleta escolar nunca queda por debajo del 90. Dos diplomas de distinción, primer lugar en el concurso de matemáticas y constantes aplausos enorgullecidos de su familia son una pequeña gran parte de la vida de la joven de 17 años. Su desempeño académico le da esperanza para, después de terminar la preparatoria que cursa en una escuela que no figura en el ranking de las mejores escuelas, aplicar en el lugar número uno a las mejores universidades privadas. Toma un curso de cuatro días para contestar el examen de admisión, pasan dos semanas y un nuevo correo llega: su puntaje en el examen no es el que necesitaba, se quedó fuera por unos cuantos puntos.

Cada año alrededor de 3 mil 400 jóvenes aplican al examen de admisión de su anhelada universidad. El número que la calificó fue el culpable de que no entrara a la universidad privada de cien mil pesos. Así que entró a la pública de tres mil. Aunque, claro, hay que subrayar que las escuelas públicas son tanto o más demandadas que las privadas, pues, por ejemplo, se estima que la Universidad Autónoma de Querétaro sólo admite a tres de cada diez aspirantes.

 

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El constante pitido del celular acompañado de una leve vibración se ha convertido en parte de la rutina de Paloma Esqueda. Cada notificación que pasa por sus oídos le causa una gran satisfacción, es señal de que obtuvo un «me gusta» o una solicitud nueva de amistad. Ha construido una vida de ensueño a través de sus publicaciones; Paloma siempre expone una sonrisa abierta. Lo que no se logra percibir ante la pantalla es el largo proceso que implica lograr la pose perfecta, encontrar su mejor ángulo, la caption magnífica, el fondo ideal. La necesidad de encajar dentro la sociedad que mide su éxito con corazones al golpear un par de veces la pantalla la ha hecho desarrollar una necesidad de siempre «satisfacer» a su público posteando constantemente imágenes «insuperables».

El costo de ser admirada por tener la vida perfecta, le ha costado a Paloma esto: tejer su propia red de angustia, y vivir en ella.

 

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«Cuando dejas que los números te definan, estás dejando que te defina algo que no es real», leemos que dice una ex adicta a las redes sociales.

Pedro Pozos, gerente ejecutivo de la empresa GAPO, es adicto a otra red social: la bolsa y los fondos de inversión. Constantemente revisa los rendimientos de sus inversiones. Gana, pierde, gana, pierde. Él opina que no es tan satisfactorio invertir en la bolsa, sin embargo, dic, es una forma de acrecentar el patrimonio a largo plazo.

 

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Los números se han convertido en una obsesión que rige las vidas de todas las personas de manera, al menos, inconsciente. Ya sea por el interés en tener un buen promedio escolar, un alto puntaje en un examen, la cantidad de likes en distintas redes sociales, un mayor porcentaje de apoyo en las encuestas electorales o un cero más en el cheque que muchos trabajadores reciben cada quincena, el alter ego numérico ha desbancado al individuo libre y reflexivo.

La psicóloga Beatriz Campos dice que la obsesión por los números es un problema directamente asociado con la falta de identidad o la falta de confianza en uno mismo para ser libre e independiente.