Se necesitan 4 balas para saber nada

por Paulina Villanueva, Celestino Ventura, Arturo Gómez y Andrés Delgado

¶ Como aquellas noches negras, donde la oscuridad domina la aspereza de los callados y se encuentran varios litros de sangre seca en la banqueta. Como aquellas noches donde los ciegos matan y lo no tan ciegos fingen no ver nada. Como una de esas noches, el sordo escuchó el disparo mientras el mudo decidió no gritar. El perro no ladró y, en cambio, decidió maullar con un sonido silenciado. La sangre seca no la limpia nadie, se confunde con la suciedad de un sistema penal que se cubrió los ojos con un cubrebocas para no respirar más. Para no ver más. Para no hacer más.

Alejandro Durán se sienta con dolor en una silla. Son las 3 de la tarde. Solitario como suele ser, limpia lágrimas que no se han secado desde hace meses. Espera la llamada de su sobrina. Se siente desahogado con la simple promesa de hablar con alguien. La depresión que siente no lo ha dejado ser libre por un buen rato. Tiene dolores crónicos y temporales en todo su cuerpo. Suena el teléfono.

—Hool… Hola, Pau.

Alejandro titubea un poco. Volver a explicar todo el caso es como sentir, de nuevo, cada bala penetrándole la piel. Significa volver a donde comenzó su depresión. Aquel 8 de diciembre de 2016, Alejandro Durán se encontraba de regreso en su casa. Venía del gimnasio al que solía ir. Eran las 10:10, 10:15pm.

—Lo sé porque a las 10 chequé el mensaje de un amigo.

Después de caminar unos minutos, sintió que detrás de él se aproximaba alguien corriendo. Intento girar para enfrentarlo, pero, antes de poder hacer algo, recibió un disparo por la espalda. Aún caminando, Alejandro recibe otro disparo en el rostro que le desvía la mandíbula y le sale por la nuca. Y después otro. Y un último para callar.

Ya en el suelo, el agresor cargó su arma nuevamente, pero el arma ya no tenía balas.

—Valiste madre, cabrón.

La calle estaba tan solitaria como Alejandro. Teñida de negro, de ese negro que no deja ver nada. O quienes lo ven, olvidan. Una típica velada mexicana.

Sin fuerzas, Alejandro levanta su cabeza y ve cómo huyen del lugar dos hombres. Como si fueran dos lobos huyendo después de comer una presa. Su agresor y un hombre con pantalón de mezclilla azul, una chamarra holgada color gris, robusto. Con vista nublada y cuerpo débil, alcanza a reconocerlo. Es García Valladares.

—Hola, tío. ¿Cómo estás? –responde su sobrina Paulina.

Aún con sudor en la frente, Alejandro inhala aire con fuerza para poder responder lo ocurrido. Alejandro Durán compró en 2012 dos departamentos a García Valladares. Confiando en que era un empresario con un gran número de inmuebles, accedió a la compra. Hubo un problema con las escrituras de los departamentos. Al principio, una vil excusa: un error del notario. Alejandro Durán decidió investigar y se percató que los departamentos estaban pagados con créditos que aún debía García Valladares. Era, pues, un fraude.

Tras este descubrimiento, Alejandro comenzó un proceso penal en contra de García Valladares. Después de años de litigios, al fin ganó el caso. En total se le tenía que devolver la cantidad de 7 millones de pesos.

—Jamás me devolvió un solo peso, se autoembargó. Evidentemente, sabía del fraude de García Valladares, porque siempre ha tenido defensas jurídicas óptimas, a través de abogados que, en contubernio con él, se dedican a defraudar a personas como yo. O él me mataba o perdía el juicio.

Los disparos congelaron el caso un día antes del juicio en donde Alejandro iba a ganar. A pesar de tener las pruebas de que García Valladares y su sobrino fueron quienes ejecutaron el intento de homicidio, nada pasó. No fueron detenidos y el caso se detuvo. Con eso se detuvo también, de alguna forma, la vida de Alejandro.

Una ola que se convierte en tsunami arrasa con la justicia. Contiene una textura blanda pero un impacto atroz. Dentro de ésta viene la impunidad. Sólo el 1% de los delitos en México son castigados. El sistema judicial en México es un sistema corrupto. O quizá la corrupción sea el sistema. México es el país más corrupto entre los miembros de la OCDE. A diferencia de la percepción social que tienen los políticos, en el poder judicial se mantienen con perfil bajo. Esto los hace ejecutores silenciosos.

Las sangre derramada en el país se mide ya como la lluvia. Mientras se escribió esta crónica murieron 21 personas en México. Cada 16 minutos y 9 segundos, un mexicano sufre de un intento de homicidio. Sólo 1 de cada 100 víctimas obtienen justicia. Alejandro no tuvo esa suerte. Su caso, hasta el día de hoy, sigue detenido. Y no se espera que se resuelva, sino que se termine. Sin embargo, el suceso no ha parado de dejar marcas en el espíritu de Alejandro. La complejidad de su personalidad radica en su depresión. Hoy no quiere vivir. Charla con sus hermanos y sobrinos ellos para no perder el habla.

—Sí, estoy desilusionado de la justicia penal de mi ciudad y de mi País. Pero sobre todo del ministerio público. Si estos hubieran elaborado un buen trabajo, se habría detenido a García Valladares, yo habría recibido mi dinero y desde luego le habría concedido el perdón. No quiero enemigos. No quiero estarme ocultando de un asesino. Estoy a punto de ofrecerle un arreglo, que se quede con el dinero y yo huir del país.

Termina la llamada con su sobrina Paulina. Y así, sin más que explicar, Alejandro camina hasta su cuarto, voltea a la ventana y una rosa que antes fue un cactus se deslumbra en el reflejo. Aún espina. Quizás ya es demasiado tarde para hacer un cambio, quizás no. Nuestro país, el lugar con más impunidad en América, no parece cambiar con el tiempo. La sangre seca sigue expandiéndose en las banquetas de México. Se quedará para siempre. Ya no es necesario limpiarla. Ya no se puede diferenciar entre la sangre seca de la violencia y la suciedad de la impunidad, son una misma. Estamos solos.