Efecto doppelganger invertido

por Paola Macedo y Angélica Gastélum

¶ Tarde o temprano el cuerpo se afea. Con el paso del tiempo, los músculos se ablandan, los senos se caen, los rostros se arrugan, los ojos se opacan, las vaginas se vuelven flácidas, los penes ya no se erectan, la piel se hace delgada, la juventud se acaba. Cuando se llega a ese punto, todos los esfuerzos por alcanzar la perfección se vuelven obsoletos.

En algún lugar a lo largo de la línea del envejecimiento, escrutinio y tiempo, aprendimos a despreciarnos, y el hecho de insinuar belleza propia se volvió un síntoma de egocentrismo o narcisismo. Pero al final de este círculo vicioso, todos terminamos con la cabeza entre las rodillas, en el único lugar donde nos sentimos seguros: acurrucados dentro de la piel que nos han enseñado a odiar.

La belleza (¿o la fealdad?) siempre ha sido un asunto polémico. Pero, ¿en qué otra época ha sido posible que un completo extraño pueda juzgar tu apariencia a través de una pantalla? ¿En qué momento nos convertimos en un producto, en un mercado de likes, en un tianguis de perfiles fabricados? Es más fácil criticar que explicar, escribir un comentario a distancia que hablar de frente, y es más fácil burlarse que admirar. Recibimos autoconfianza y gratificación por la cantidad de favs en nuestro Instagram en lugar de un cumplido que se consideró lo suficientemente importante como para hacerse cara a cara. De acuerdo a un estudio realizado en junio de 2016 por el Gabinete de Comunicación Estratégica (GCE), en el que se entrevistó a más de 600 mexicanos con el objetivo de conocer su percepción sobre la belleza y los estereotipos existentes en nuestra sociedad, el 85.5% de los encuestados respondieron que creen que los estereotipos de belleza que se ven en medios de comunicación provocan que las personas se sientan insatisfechas con sus cuerpos. Detrás de nuestras pantallas, competimos por un «me gusta»; encerrados dentro de nuestras casas, competimos por recibir atención.

Somos mucho más que una imagen. Somos hijos, hermanos, compañeros y amantes. No obstante, a veces nos olvidamos de eso porque vivimos en un mundo donde los medios nos sacan del vientre, nos arrullan, y nos enseñan nuestras primeras palabras: flaca, bonita, alto, guapo; mujer, suave, tranquila, tierna; hombre, fuerte, dominante, varonil.

Ocurre que cuando se dejan regadas por la red partes de tu forma de pensar, de vestir, de amar, a veces uno se reduce a «ser un hilo de conversación, un tema, un post para el escarnio público», y Gabriela Wiener, escritora, poeta, cronista y periodista lo sabe mejor que nadie. Gabriela Wiener publicó su primer libro, Sexografías, en el 2008, un libro con testimonios sobre personas que no se dejan regir por la moral en su búsqueda del placer. Al mismo tiempo, Gabriela Wiener abrió un blog sobre el mismo tema. La respuesta que obtuvo fue una sorpresa muy desagradable: una serie de anónimos cobardes que comentaron cosas tales como «con esa cara, ni mi perro se la quiere agarrar», «sólo se la tiran con una bolsa en la cara», «yo sólo creo que los huevones que se han follado a esa tipa, han de haber estado bien borrachos, desesperados, drogados». Y la lista sigue…

En 2015, Wiener publicó su cuarto libro, Llamada perdida, en el que comparte relatos autobiográficos entre los cuales se encuentra un conmovedor ensayo sobre la constante lucha que ha tenido con su reflejo. Ahí escribe lo siguiente:

En una época me dibujaba, construía collages con fotografías recortadas, unía partes de mi imperfecto cuerpo con recortes de cuerpos de modelos increíbles. En uno de mis autorretratos tengo un rubí en el pezón y mi cuerpo es el de una heroína de cómic erótico de los setenta. Soy una muñeca recortable y tricéfala a la que le he cortado el cuerpo y le he dejado los vestidos.

Al igual que Gabriela, muchos construimos una imagen ideal de nosotros mismos cubriendo toda imperfección con cuerpos que no son nuestros. De hecho, el estudio Espejo, espejo en la pared: mejora en el autoconocimiento realizado por Nicholas Epley de la Universidad de Chicago y Erin Whitchurch de la Universidad de Virginia, en el que los investigadores tomaron fotos de los participantes y, utilizando un procedimiento computarizado, produjeron versiones más atractivas y menos reales y luego se les pidió que identificaran la imagen no modificada de sí mismos, el resultado fue que alrededor del 40% seleccionó una versión atractivamente mejorada.

Pero como toda cuestión de veras interesante, el problema de la imagen tiene muchas aristas. Nunca consideramos que a lo largo de nuestras vidas jamás llegamos a vernos realmente. La idea que tenemos de cómo es que nos vemos es a partir de imágenes y reflejos. La cuestión es si el reflejo que vemos de nosotras mismas será muy distinto de lo que en verdad somos, y, también, si queremos realmente descubrirnos o preferimos quedarnos con esa imagen reflejada que a veces manipulamos.

El doctor Jesús José de la Gándara Martín escribe esto en su artículo El síndrome del espejo (y II):

Los espejos sabios no existen, pues dependen de la sabiduría del que se mira, y normalmente no aplicamos demasiada al acto de mirarnos, pues lo que queremos no es saber la verdad, sino una opinión favorable. No queremos conocernos, sino parecernos al doble «guapo» de nosotros mismos.

Y no sólo se refiere a los espejos literales, también se refiere a los reflejos virtuales.

Según una terapia basada en el efecto doppelgänger, basta con contemplar dos o tres minutos al día tu propio avatar para cambiar el estado de ánimo, modificar conductas, y mejorar la auto-valoración. Se ha comprobado que cuando contemplamos nuestra propia imagen se activan intensamente en nuestro cerebro las zonas relacionadas con el procesamiento de información referente a nuestro propio cuerpo, a nuestro propio yo. Es, pues, una cuestión de identidad.

Entonces, ¿cómo define una persona lo que piensa de sí misma? ¿Es posible apegarse al lado más humano de uno mismo en un mundo lleno de máscaras? ¿Será que ese yo ficticio pueda ayudarnos a acercarnos más a ese yo esencial? ¿O será que estos dos personajes se encontrarán siempre en guerra?