1,432 días después

por Andrés Vargas Pérez

¶ Mi abuelo paterno me hizo una pregunta que me ha estado dando vueltas por la cabeza. Mientras abríamos sobres de estampas y nos quejábamos del precio, me dijo que él no estaba tan emocionado por el Mundial. «¿Para qué ver el Mundial si puedo ver la Champions?»

Podría tener razón, la Copa de Clubes de Europa no cuenta sólo con las más grandes orejas, sino también con los artistas más virtuosos del futbol. Jugadores como Alexis Sánchez, Jan Oblak, Pierre Aubameyang, Gareth Bale, Arturo Vidal, Edin Dzeko, Marek Hamšík y Miralem Pjanić no estarán presentes en Rusia 2018. Correctamente, mi abuelo dice que como hay más talento futbolístico en el torneo patrocinado por Heineken, es mejor.

«¿Para qué ver el Mundial si puedo ver la Champions?» Me tomó un par de libros de Juan Villoro poder darle una respuesta concreta. La próxima vez que lo vea, le diré a mi abuelo que el futbol no sólo se juega adentro de la cancha. Se juega en las calles de una nación entera y en la mente de los aficionados, como dice Villoro, que esperamos cada 4 años para que nuestros veranos sean diferentes.

¿Por qué ver y emocionarnos, como lo hacemos, con el Mundial si claramente no es el mejor futbol del mundo? La respuesta es sencilla y se basa en una teoría muy interesante que conocí hace unos años gracias a una serie de televisión. La teoría es esta: la parte más potente de un beso es el lead-up, el previo, la espera. Entre más tiempo pase entre esa mirada fusiladora y el momento en el que los labios entran en contacto, más añorado es el beso. Entre más tarde en llegar un gol en un partido, con más potencia saldrá el grito de las gargantas de sus seguidores. El gol de cabeza de Sergio Ramos al minuto 93 en Lisboa se festejó 10 veces más que el que Diego Godín anotó por la misma vía, desde el mismo córner, al minuto 36. Los Merengues tuvieron que esperar 93 minutos para poder abrir el marcador. Además, habían esperado 12 años para poder conseguir otra Copa de Clubes de Europa, la que sería la tan mencionada décima. Por esa misma razón, el próximo título del Cruz Azul será el más sabroso para el aficionado celeste.

Sin embargo, los ejemplos anteriores son de competencias que suceden una o dos veces al año. En cambio, en un Mundial más de 31 equipos tienen que esperar 4 años para volver a tener la oportunidad de conquistar el torneo más importante del mundo. Los mexicanos aspiramos a jugar tan solo 5 partidos cada 4 años. Ahí nuestra pasión desenfrenada por tratar de alentar a 23 paisanos. No alentamos a la Selección para que quede campeona del mundo, sino para que el tiempo entre un partido y otro sea el más corto posible y nos hagamos notar en el mapa de la FIFA (más amplio que el de la ONU, por cierto).

Algunos otros jugadores nos hacen creer que el futbol que se juega en un Mundial es único por el sentimiento nacionalista que despierta. La Argentina de Messi da patadas de ahogado para probar que uno de sus más grandes referentes de la historia nació albiceleste y no blaugrana. Rafa Márquez estiraba y besaba el escudo de la selección más que nadie para acordarse de dónde había salido cuando militaba en España. Zidane, el pelón más emblemático de la historia, daba todo dentro del terreno de juego con les bleus para poder corroborar a qué saben los croissants. Esos jugadores encuentran en el Mundial una cita con el destino cada 4 años. Sucede un poco lo mismo con los aficionados mexicanos que pagan grandes cantidades para ver un partido amistoso en Estados Unidos. Al no poder regresar a su patria, buscan apegarse a lo que les queda de ella en su exilio.

Pero no sólo es una cuestión de identidad. La agonía de la espera es la motivación principal para los jugadores de una selección nacional. Un delantero se parte la madre en un partido de grupos contra Camerún porque no sabe si en 4 años seguirá teniendo las piernas o la calidad para seguir compitiendo entre el ojo y la lupa de todo el planeta. Un aficionado se muerde las uñas en los últimos minutos de un partido porque sabe que pueden ser los últimos de su selección en los próximos 4 años.

Efectivamente el futbol del Mundial no es el más espectacular del mundo. No están ahí los mejores jugadores ni las mejores condiciones para jugar. Pero estará la emoción que se potencializa con la espera.

Mi abuela paterna me invitó a vivir a su casa durante este Mundial para levantarnos temprano todo el mes y poder ver los partidos. Para mí, este Mundial será especial. No sólo por lo que suceda en Rusia a más de 10,200 km de distancia de donde escribo esto, sino por lo que suceda en una casa de Querétaro entre un nieto y sus abuelos futboleros, pues al final, nunca sabemos si este será nuestro último Mundial juntos.