Era indirecto –la crónica de la vuelta del Perú al Mundial

por José Paolo Castañeda

¶ 1982 dio un guiño a Perú desde el primer día, cuando un peruano asumió el cargo de la Secretaría General de las Naciones Unidas. Todo el mundo era un poco más bonito. José López Portillo, el Putin mexicano, terminaba su presidencia, José José sacaba su decimoctavo disco, Pablo Escobar era elegido suplente en la Cámara de Representantes de Colombia. Y Perú jugaba un Mundial. Lo hacía en España y sin pasar de fase de grupos. Después de tener uno de los juegos más dignos de su historia al sacarle el empate al futuro campeón, se esfumaron y regresaron a casa sin nada más que el presente. Chance escucharon entonces el disco de José José. Nadie lo sabía, pero el Perú tardaría 36 años más en regresar a un mundial.

Lo intentaría en la clasificatoria siguiente, peleándose el repechaje con la Argentina para ir a México 86. Una Argentina sin mucho juego colectivo, pero con el brillo de esperanza más puro que un equipo de futbol podría tener: la del mejor jugador de todos los tiempos. Perú se quedaría cerca, muy cerca. Tendría el pase resuelto mientras ganaba 2 a 1, pero le echarían a perder la fiesta a 10 minutos del final con un gol de Ricardo Gareca. Perú tendría que jugar la repesca contra Chile y perdería la oportunidad de ir a México.

El futbol peruano se volvió gris desde ese punto. Dos participaciones en Copa América sin pasar de fase de grupos y otra más eliminado en cuartos de final por México. Perú no tuvo ni chance de ir al Mundial del 94 después de conseguir un solo punto en su grupo y dar una muestra tristísima y poco esperanzadora para la hinchada blanquirroja.

Aun así, Perú llegó bien para la Copa América de 1997: venció a la Argentina en cuartos de final, pero sufrió la derrota más abultada de la historia de la selección peruana: 7 a 0 contra la selección que sería subcampeona del mundial del año próximo: Brasil. Un Perú apenado jugaría el partido por el tercer lugar contra un México dominador que ganó 1 a 0 con gol del necaxista Luis Hernández. ¡Qué bonito México!

Perú, aun así, llegaría con vida a las últimas fechas de la clasificación al Mundial del 98. Sin embargo, pasó una de estas cosas que siempre le pasan a Perú. Fue a Santiago de Chile a jugar y no los dejaron entrenar un día antes, no los dejaron dormir. Su himno sonó a abucheo rival. En ese partido no sólo hubo silbidos de los aficionados, sino que también los chilenos se encargaron de que en los parlantes sonaran silbidos. ¡Viva el respeto entre las naciones! (¡viva Juárez!). Ese partido lo perdieron 4 a 0 y quedaron empatados en puntos con la misma Chile, pero Chile pasó al mundial por diferencia de goles.

El Perú siguió con un futbol mediocre: sin pasar de cuartos de final en Copas América, sin salir del penúltimo lugar de las clasificaciones para los Mundiales. Tuvo, después, una buena generación de futbolistas: Claudio Pizarro, Jefferson Farfán y Paolo Guerrero eran los líderes. Estos dos últimos jugaron en Alemania por mucho tiempo. Sin embargo, problemas de indisciplina sacaron a Pizarro y a Farfán de las convocatorias y el movimiento fracasó. Together we stand, divided we fall. Pero hubo un grito de esperanza dentro de tanta problemática entre los jugadores y los técnicos. Esos gritos de esperanza que siempre habrá en el Perú. Porque, si algo saben los peruanos, es que «cuando el amor no tiene cura, no queda más que seguir amando. Aunque, en ello, se nos vaya la vida».

Claro que hubo problemas con Farfán y otros dos, pero todos nos empezamos a olvidar de ellos cuando Perú consiguió el tercer lugar en la Copa América del 2011. Hacía 28 años que Perú no llegaba tan lejos en esta competencia. El delantero que llevaba en su apellido la descripción perfecta para un peruano terminaba como goleador de la competencia. José Paolo Guerrero empezaba a escribir su leyenda.

La esperanza del peruano para el Mundial 2014 se diluyó fácilmente. Cuando la blanquirroja perdió 3 partidos al hilo, el técnico fue destituido y el auxiliar de éste (Pablo Bengoechea) fue puesto como técnico temporal. Tras 8 eliminaciones consecutivas, Perú no podía lograr ni llegar con vida a las últimas instancias de la eliminatoria. Ya en 2015 la Federación Peruana de Futbol hizo algunos cambios: un empresario entró de presidente, despidió a Bengoechea y propuso estas cinco alternativas: Scolari, Bento, Sabella, Gareca o Rueda.

Gareca fue el elegido, tomaba «el desafío más importante de su carrera». Más o menos lo que dijo Ricardo Anaya cuando fue elegido presidente del PAN. Pero bueno, el mismo Gareca, que había dejado sin Mundial al Perú en 1986, era el que ahora esperanzaría a 30 millones de peruanos. Tomó el cargo para la Copa América del 2015, donde el Perú lograría otro tercer lugar. Aunque, tal vez, el mejor mensaje que dejó este torneo no fue lo lejos que llegaron, sino la confianza que tenía el equipo de Gareca. Esta misma confianza la llevaron a la Copa América Centenario, donde sólo pudieron llegar a cuartos de final, pues perdieron en penales contra Colombia.

El desafío más importante de la carrera de Gareca parecía ser demasiado grande para él. Empezó una eliminatoria terrible y fue altamente criticado en cualquier conferencia de prensa. Todos estaban furiosos: «no nos des esperanza si al final no nos vas a dar nada». Ricardo parecía ahora Andrés Manuel López Obrador en cualquier panel de discusión: no lo dejaban ni hablar y, cuando hablaba, reclamaba a la fe y a la esperanza. Parecían patadas de ahogado, pues.

El Perú empezó el 2017 en la octava posición de la CONMEBOL (sólo los primeros 5 pasan) y se perdía un poco la confianza en el equipo porque los resultados no se daban. Pero esto no importa, pues «nadie puede tener razón si es contra el Perú», diría Andrés Avelino Cáceres. Llegaron contra Uruguay sin margen de error: ganar o ganar. Y, obvio, Perú empezó perdiendo. Al mero estilo del Perú, del «si no se sufre, no cuenta», dieron la vuelta y terminaron 2 a 1. Después ganaron contra Bolivia y contra Ecuador en Quito (algo que nunca habían hecho en su historia). Perú llegó a la penúltima fecha contra la Argentina de Leo Messi que estaba en las mismas: no tenían margen de error y debían dejarlo todo si querían ir al Mundial. Messi, como de costumbre, se cargó al equipo a los hombros y salieron a atacar todo el partido. Ricardo Gareca estaba decidido a sacar a su mismo país con tal de cumplir ese objetivo, el que dijo que era el más importante de su carrera. Pedro Gallese, el portero de Perú y Veracruz, salió en la mejor noche de su carrera y atajó todo. Paolo Guerrero casi manda al fondo de la red una oportunidad en el último minuto, pero nada más. 0 a 0, para que las dos selecciones se jugaran la vida en la siguiente jornada. Llevaba Perú mucho tiempo sin llegar con vida a la última jornada y ahora, por fin, se les presentaba la oportunidad. Además, cerraban en casa.

Empezó el partido y, obvio, empezó perdiendo la selección peruana. Gol del despreciado por Zidane que ponía contra las cuerdas al Perú, pues la eliminatoria se definía cada vez más. Pasaban Brasil, que regresa a ser una verdadera candidata a campeona del mundo; Uruguay, Argentina, que ganaba contra Ecuador con juego excepcional de Messi; Colombia aseguraba lugar con el resultado parcial y el quinto lugar sería para Chile, ya que Paraguay perdía contra Venezuela.

Pasaba el tiempo y Perú no necesitaba más que el gol del empate contra los cafeteros (de Colombia, no de Tapachula), pues Chile perdía desastrosamente contra Brasil y Paraguay hacía lo mismo contra Venezuela. Paolo peleó, como de costumbre, un balón entre unos 3 defensores y uno de ellos levantó la pierna, pasándola muy cerca de la cabeza de Paolo. El árbitro marcó tiro libre indirecto, es decir, a dos toques para que sea gol. Paolo tomó el balón y lo acomodó. El árbitro levantó la mano indicando la señal que refleja que el tiro libre es indirecto. Los ojos de Paolo no veían más que el marco y, por más que los narradores le intentaban recordar a Paolo que era tiro libre indirecto, él no los escuchaba. Sus ojos estaban clavados en Ospina, el portero rival, y cobró el tiro libre a puerta. Si Ospina dejaba que la pelota entrara, el gol habría sido inválido. Pero no. David Ospina tampoco escuchó y se aventó para intentar detener el balón, llegando a rozarlo antes de que éste entrara. El balón entró y el árbitro marcó el gol, haciendo la señal visual de que el arquero había tocado el balón, que cumplía con la regla del tiro libre indirecto: dos toques para que sea gol.

Los dos equipos se dieron cuenta de que, con el empate, los dos estaban dentro y tocaron el balón sin peligro alguno para los dos. Por fin, después de 36 años, la selección peruana estaba cerca de ir al Mundial. Faltaba jugar la repesca contra Nueva Zelanda, aunque en Perú ya se festejaba como si estuviera entre los 32 seleccionados al Mundial. Fue día feriado, incluso. La promesa de Gareca se cumplía y 30 millones de guerreros jugarían el repechaje a dos juegos contra Nueva Zelanda. Pero, como siempre, «si no se sufre, no vale» y a Perú le iba a tocar sufrirlo una vez más. Su principal estrella, Paolo Guerrero, no estaría entre esos millones de guerreros que jugarían contra Nueva Zelanda por salir positivo en una prueba de dopaje. Salía positivo por cocaína, ¡al mero estilo de Maradona! Fue comprobado, después, que la sustancia se presentaba por un té. Quién sabe. Total, que Paolo fue suspendido por 6 meses y Perú se jugaría el repechaje solo, sin su capitán. Pero había esperanza, porque la suspensión acabaría antes de que el Mundial empezara y la fe que tanto pedía Gareca estaría más viva que nunca. O, al menos, más que en los últimos 36 años.

El triunfo contra Nueva Zelanda llegó hasta el partido de vuelta, con un marcador de 2 a 0 donde Farfán, el que salía con prostitutas a casinos, lloraba y lloraba mientras tomaba la camiseta peruana con el número 9 de Paolo. Perú le mostraba solidaridad a su capitán y llegaba, por fin, a un Mundial. El grito de «somos Perú, y estamos de vuelta» se volvía un cántico por toda la región. Se disfrutó, pero no por mucho. El tribunal volvió a fallar en contra de Paolo Guerrero y amplió la suspensión a 14 meses, esto provocaría que Paolo se perdiera también el Mundial. La pérdida de Paolo era un golpe descomunal para todo un pueblo. Fue como cuando los españoles le arrebataron la familia a Túpac Amaru por el simple hecho de ser nativo y éste, en un momento de dignidad pura, le recriminó al imperialista que volvería y sería millones. Perdería la lengua después de este destello «rebelde». Túpac Amaru volvió en la imagen de varios progresistas revolucionarios futuros. Sin embargo, el grito de Paolo llegaría para él mismo. El 31 de mayo, en Suiza, autorizaron a José Paolo Guerrero jugar el Mundial de Rusia 2018 y, así, estará ahora entre todos esos millones que jueguen desde el sábado 16 de junio.

Pero no sólo viajarán los peruanos con ellos. Viajamos todas las víctimas de la injusticia, de los malos manejos, de los malos tratos. Perú representa la dignidad de la humildad y del trabajo en equipo, del saber que cada balón se debe pelear a muerte y de honrar la franja que llevan en la playera. Tal vez aquí está gran parte de la belleza del futbol. Cuesta muchísimo querer a un país que no milita entre las grandes potencias de la región, que ha batallado contra la misma naturaleza cuando las lluvias torrenciales dejaron a más de 70 mil damnificados en el 2017. Hasta contra el mismo gobierno: Pedro Pablo Kuczynski dejó la presidencia, después de haber sido parte del fiasco Odebrecht (mismo que no fue investigado en México porque muchos políticos estaban involucrados). Aún con todo esto o, chance, por todo esto, se le ve a todo un país cantando su himno nacional con fuerza cuando hay 11 jugadores suyos en el campo. La gente le pide al equipo que sean su fruto de esperanza, que sean los que le den el orgullo a gritar «¡Arriba, Perú!» con toda la fuerza del alma. Y el equipo responde y los hace gritar más fuerte. Chance para esto sirve el futbol, pero no lo sé: es indirecto.