De la victoria

por José Pablo Castañeda

¶ Dice Octavio Paz que el mexicano vive con el pesimismo y la soledad. El pesimismo causado por nuestro entorno y plasmado en el candidato puntero en las encuestas que es apoyado, principalmente, porque el mexicano pesimista está harto (y con razón), desesperado (no loco) y no se encuentra en el panorama una opción nueva. No se ve alrededor una historia que no hayamos vivido antes. Habla de la soledad del mexicano por su necesidad de hacer de cualquier día una celebración, de hacer que el tiempo se detenga aunque sea sólo un momento.

El mexicano saltó a la cancha así: pesimista y solo. Las gradas no lo demostraban, claro. Miles de personas mexicanas o mexico-americanas se endeudan hasta las nubes por hacer el viaje a Rusia, a probar el efecto patria y a sentirse orgullosos de ser mexicanos aunque sea por 90 minutos. Aun así, el mexicano saltaba a la cancha solo porque nadie confiaba en él. Las razones: el constante recordatorio de un 7-0 hace dos años, no ganar en los últimos tres partidos de preparación (contra selecciones de medianas a pequeñas) y escándalos vendehúmos. Saltaba el mexicano con el pesimismo constante con el que se enfrenta una Copa del Mundo. Con la imagen inmediata del «ya merito». Además, súmele que el director técnico no lleva un medio de contención natural y que los laterales que llevó no son, realmente, laterales. Rotaciones constantes, experimentos. Parecía que el equipo mexicano era, para el técnico colombiano, su laboratorio. Ya con haber anunciado que no estaba seguro de renovar con la Selección y con fuertes rumores de su salida próxima hacia Inglaterra parecía que veía en México un equipo con el que pudiera experimentar lo que quisiera para ganar algo en otro lugar. Y, por si fuera poco, el mexicano saltaba contra el país que ha construido su futbol desde la raíz para hacerlo campeón del mundo. O sea que México saltaba contra el campeón del mundo.

Pero el mexicano que saltó a la cancha era otro mexicano. Uno que estaba dispuesto a alimentar el efecto patria que tanto menciona Martín Caparrós. Un mexicano que había olvidado la soledad por completo con la unión de todo un equipo, esperando el de todo un país. Como si ellos mismos jugaran contra su adversidad, como si jugaran contra el México que ya conocemos y por el que siempre soñamos. Las palabras descriptivas de Octavio Paz se caían como conos cuando el himno nacional sonaba y Hernández lo lloraba. ¡Y lo lloraba de felicidad! Como dejando atrás todas esas veces que lo hemos llorado por odio, por rabia, por estar en el patio de la escuela escuchando la efeméride de un 2 de octubre o de algún 20 de noviembre o de algún 14 de enero o de algún 1 de enero. Lo lloraba y nos hacía llorar, como motivados. Como si algo en nosotros empezara a creer que, de verdad, le podíamos ganar a la campeona del mundo. Como si no importara que los seleccionados se fueron de fiesta en lugar de seguir en el entrenamiento, como si no hubieran perdido dos de sus últimos amistosos. De verdad, lo empezábamos a creer. Empezó el partido y México salió a apretar como nunca, como no sabíamos que podía. Corrieron los que nunca corren, se barrieron los que nunca se barren, lloramos los que nunca lloramos.

Aun así, los primeros minutos eran engañosos. El mexicano que no se puede deslindar completamente de lo descrito por Octavio Paz recuerda el 7-0 que sufrió este mismo equipo (con algunas excepciones) y tiene miedo, pero el equipo no. Parecía que Carlos Vela jugaba al basquetbol por lo motivado que estaba y encontraba el balón muy fácilmente a la espalda de los medios alemanes. Osorio hizo un cambio que nadie se esperaba pues Carlos Vela, que es reconocido por jugar de 11 (de extremo derecho) jugó de 10 (de medio centro ofensivo) y los alemanes no pudieron contenerlo. Vela encontraba el balón fácilmente y parecía que el equipo mexicano atacaba hasta con Ochoa. Todos para arriba, y el gol pasaba cerca. Y otra vez. Y otra vez. El gol no caía y los que ya conocemos esta historia, los mexicanos que regresábamos a la filas del pesimismo, empezábamos a preocuparnos por la constante del «ya merito» mexicano. Pero, por fin, algo pasó: el mexicano que cree juntó su sangre de guerrillero (tenía que mencionar al Subcomandante Marcos/Galeano) con la claridad ofensiva del jugador europeo (tristemente, también al pasado imperialista) para, primero, robarle el balón a Toni Kroos, tocar con Moreno y que éste, a su vez, lo hiciera con Hernández que se acercaba para jalar la marca del defensor. Hernández tocó y se dio la vuelta al mismo tiempo para que Guardado se la pusiera al espacio que dejaba libre el defensor alemán. Yo no sé si, ahí, todavía lloraba Javier, pero todo el país estaba a punto de. Recibió Hernández y acarreó y acarreó el balón hasta tocar con un ángel del futbol mexicano. Estos que cuando aparecen nunca sigue brillando. Que salen de la cantera del Pachuca, son campeones de la sub 17, pero que no siempre terminan en buen lugar porque el directivo mexicano lo quiere vender a precios estratosféricos como si fuera un jugador ya de élite. Por fortuna de todos, menos de los alemanes, este ángel brilló y llegó a Holanda y, ahora, al área para recibir el balón de Javier y, en un toque, dejar a un lado a Özil para clavarlo en el poste de Neuer. Lágrimas de gol por ser mexicano, porque nos alejábamos a un paso del eterno «ya merito». ¡Porque el «ya merito» fue gol! El efecto patria cayó en nosotros y nos hizo olvidar que el gobierno mexicano no se atreve a pronunciarse fuertemente contra Trump, que los candidatos a presidente de la República no nos representan. Nos hizo olvidar que nos está cargando la chingada. Y nos devolvió la ilusión del México que todos queremos.

El partido continuó y los alemanes querían que este mexicano también fuera reprimido, que dejara ya ilusiones tontas y siguiera el futbol mediocre que se juega en la Concacaf. México siguió con postura atacante y el partido se fue así, 1 a 0, al entretiempo. Los 15 minutos más largos de la vida. 15 minutos son suficientes para cambiar una mentalidad, para presenciar algo inesperado que te hace cambiar de opinión: 15 minutos son suficientes para dejar de creer. Y regresábamos en esta lucha con Octavio Paz y con el miedo a que la historia se repitiera, que ya estuviera escrita.

Por fin los 15 se acabaron y regresó un México que todavía buscaba el balón, aunque ya tenía más en mente la defensa y la conservación del resultado. Pero mientras seguía Vela en el campo, la Selección tuvo grandes oportunidades. Como el contragolpe en el que Layún no pudo ni tirar al arco (neta qué coraje con Layún: una vez le metió 4 goles en un partido a mis Santos y no pudo meter uno de los tantos contragolpes que tuvo el domingo). Otro contragolpe cayó y nos levantó a nosotros, corría Hernández y en el centro entraba Vela, los papeles se invertían, Hernández seguía con el balón para que Vela entrara y tuviera el mismo por ahí de la mancha del penal. Para que, a los 11 pasos, tomara el balón con la zurda y lo golpeara con la misma para vencer a Neuer. Pero Hernández dio el pase muy largo y Vela ya merito lo alcanzaba. Un ya merito más: uno que alimenta nuestra desconfianza y nos quita esperanza. En fin, Vela estaba cansadísimo porque no está acostumbrado a correr en un partido (Vela juega en Estados Unidos) y salió de cambio. Los contragolpes mexicanos eran cada vez más esporádicos. Alemania sacaba a un jugador enorme y metía a uno aún mayor. Y todos al ataque. México respondía al mero estilo del «no somos machos, pero somos muchos» y metía más defensas para aguantar atrás. El mexicano quedó encerrado atrás y regresó al sufrimiento: centros peligrosos, combinaciones alemanas, pero Ochoa nos daba un respiro esperanzador. Contábamos los minutos que quedaban y le pedíamos a Ochoa que se tardara más en ese despeje.

Entró Márquez a jugar su quinto Mundial como capitán y nadie entendía nada. ¡Mete a uno que sí corra!, gritaba alguien. Márquez le dio la tranquilidad necesaria al mediocampo e hizo que los ataques alemanes bajaran en decibeles, nos hacía inhalar y exhalar. Pero Rafa no pudo con todo. Las incesantes memorias de los ocurrido con la misma Alemania hace veinte años, donde también lo teníamos ganado 1 a 0 y los teutones lo arrebataron al final, después de que el necaxista Luis Hernández fallara frente al marco, dando vuelta al marcador, nos trae las memorias de hace sólo 4 años donde un muerto despertó y metió un golazo, pero que lo perdió en el último minuto para dejarnos sin quinto partido.

¿Vale la pena confiar? La Selección nos daba razones para confiar, para pensar que van a cambiar y que por fin la felicidad llegará al pueblo, pero la constante inseguridad del mexicano se presenta y el corazón palpita más de lo normal. En los últimos minutos aparece un excompañero de Hernández, Brandt, y toma el balón como viene para ponerlo en el ángulo. Lo más lejos posible de Ochoa. Le pegó durísimo, pero vimos al balón volar en cámara lenta. Ochoa no podía más que verlo y rezar porque el gol no fuera. El balón pasó por un costado, tocando el palo por la parte externa. Un último suspiro mexicano decretaba la victoria y nos daba la razón que necesitábamos para confiar, para saber que no todo está perdido: para saber que pueden cambiar.

El llanto de Hernández lo acompañamos todos al darnos cuenta de esto, al ver que en algo podemos confiar y que no todo está perdido. Que cuando hay unión y humildad en un equipo las cosas pueden salir (aunque con Perú no haya salido), que David puede vencer a Goliat y que hasta nosotros podemos vencer al mal gobierno. El efecto patria se confirmó, por fin, y el país que sólo estaba orgulloso de sus playas o de su comida ahora también estaba orgulloso de su gente.