Adiós mariquita linda

por Uriel Escoto

¶ Abro la puerta de mi casa y la alarma inicia su temporizador con un pitido. Presiono la clave en el teclado y el sonido se detiene. Camino hacia las escaleras y subo a mi cuarto. Suelto mi mochila junto al buró, saco mi celular y me acuesto en la cama. Reviso mis mensajes y contesto los de mi mamá. Abro Twitter y leo todo desde arriba hasta toparme con el último tuit que había visto hace unas horas. Una notificación de Facebook me dice que tengo recuerdos que rememorar con personas con las que ya no hablo. Mientras busco Instagram entre mis aplicaciones veo Grindr entre ellas, y me pregunto por qué no la he borrado. La abro y leo los mensajes que me han llegado. Algunos hombres saludan, otros no se molestan y mandan todas las fotos que pueden. Abro una conversación y comienzo a escribir. Pienso un segundo y borro el mensaje. Dejo el celular sobre la cama.

 

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Cuando salí del clóset creí que todo se arreglaría. Mi infancia se vio plagada por todos los insultos imaginables que pueden recaer en un niño que no sabía que era bisexual. Así como yo, una gran cantidad de personas LGBTTTIQA (lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transexuales, transgéneros, intersexuales, queer, asexuales) eventualmente llegan a la conclusión de que viven en un mundo que no los favorecen. Al crecer nos vemos plagados constantemente de preguntas internas, y nos aislamos al no poder hablar de esto con nuestra familia o amigos. Este conflicto interno detona actitudes que nos afectan a la larga aunque no nos demos cuenta. Una vez que aceptamos nuestra identidad, el miedo al posible rechazo hace que adaptemos nuestra manera de actuar para evitar sospechas. Cuando hablé por primera vez de mi sexualidad con una amiga, el sentimiento de alivio se vio rápidamente sustituido por un miedo a que la reacción de los demás no fuera igual de positiva.

Cuando estaba a la mitad de mi prepa comencé a preguntarme por qué no era feliz. Tenía una familia que me quería y que no tenía problema con mi identidad. Contaba con el apoyo de amigos que me aceptaban, y unos otros que habían pasado por lo mismo que yo. Escuchaba de personas LGBTTTIQA que eran violentadas y echadas de sus casas, y me preguntaba por qué me sentía deprimido si tenía la suerte de no sufrir lo mismo que ellos. Más preocupante, quizás, era que notaba que mis amigos y amigas gays y bisexuales se encontraban en un estado emocional similar al mío. La mayoría era igual que yo; sus padres los aceptaban y algunos crecieron en espacios con pocos prejuicios. Sin embargo, sabía de por lo menos dos diagnosticados con depresión.

Me pregunté, entonces, si esto se debía a las condiciones sociales en las que vivimos. Vivimos en el segundo país con mayor número de crímenes de odio contra personas LGBTTTIQA. Gael​, un hombre homosexual de Guadalajara, pasó seis horas en cirugía después de ser atacado por un grupo de hombres, uno de los cuales lo cortó en el brazo con una botella de vidrio rota. Paola​, una mujer trans de la Ciudad de México que trabajaba como prostituta, fue asesinada por un hombre, quien le disparó después de que ésta aceptó subir a su coche y no había avanzado más que un par de cuadras.

Vivimos en un país homofóbico y transfóbico, pero esto no llega a explicar la depresión que aflige a nuestra comunidad. En años recientes hemos vivido una etapa importante para la igualdad de nuestros derechos. En países como Estados Unidos, esto ha sido notorio, pero aún así la comunidad enfrenta un gran problema de depresión y soledad​. Sería lógico creer que cada paso hacia la igualdad de derechos como el matrimonio ayudaría a mejorar las condiciones de vida de las personas LGBTTTIQA, pero la realidad difiere. En Países Bajos el matrimonio homosexual ha sido legal desde el 2001, pero los hombres homosexuales son tres veces más propensos a sufrir desórdenes psicológicos, y diez veces más propensos a tener pensamientos suicidas e intentar herirse. De igual manera, Suecia ha tenido uniones civiles homosexuales desde 1995 y matrimonio desde 2009, pero ahí la tasa de suicidio en hombres casados con hombres es tres veces mayor​ a la de los hombres casados con mujeres.

 

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Creí que después de salir del clóset todo estaría bien. Cuando te descubres ante el mundo no sabes qué ocurrirá, pero yo confiaba en que si las cosas terminaban mal podría recurrir a la comunidad LGBTTTIQA. Al pasar esta etapa me di cuenta que tendría que enfrentarme de nuevo con muchas de mis inseguridades. Mi experiencia hizo darme cuenta de los prejuicios dentro de la comunidad; en aplicaciones como Grindr vi el rechazo a los hombres afeminados y sin cuerpo musculoso. Entre las mujeres existe la expectativa de que actúen lo más femeninas posibles. Las personas trans sufren de trato diferente si su apariencia no concuerda con nuestras ideas tradicionales de lo que hace a un hombre y a una mujer.

Te revelas al mundo esperando que por lo menos otros como tú te acepten, pero al hacerlo terminas escondiendo partes de ti y tus inseguridades sólo crecen. Una cosa es que una persona heterosexual te rechace, pero el daño psicológico que causa el rechazo de alguien igual a ti es mucho más profundo. Estamos condicionados a esperar rechazo en cualquier situación, es casi nuestra naturaleza.

Aunque esperamos el rechazo, nunca estamos listos para él. Nos llega por todos lados, y puede llegar a ser más frecuente para aquellos que se presentan de una manera poco tradicional. La sociedad tiende a menospreciar a quienes van en contra de la norma, por lo que estos malos tratos los viven frecuentemente hombres y mujeres que no se apegan a las normas tradicionales de género, así como personas trans, quienes son las personas más violentadas de la comunidad. Dafne​, una mujer trans de la Ciudad de México, perdió una oferta de trabajo porque la empresa a la que se estaba presentando descubrió que había tenido una operación de reasignación de género.

 

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El hecho es que esta predisposición al rechazo nos hace sufrir de una carga emocional que nos afecta profundamente. Después de que te gritan insultos en la calle, no hace falta que lo vuelvan a hacer para que te vuelvas más consciente de tus manierismos y trates de cambiar. Ser parte de una minoría te pone en un constante modo de alerta que los demás no necesitan tener.

Cuando estás acostumbrado a ser rechazado hasta por tu propia comunidad, eventualmente deseas poder ser cualquier persona menos tú. Somos diferentes, y es imposible sentirse feliz cuando vivimos con constantes recordatorios de lo negativo de estas diferencias. Deberíamos poder sentirnos orgullosos de nuestras diferencias, no tratar de cambiarlas. Para quienes no son minoría siempre habrá algo que nos haga diferentes a ellos. Y creo que esto es lo más importante; nunca seremos iguales a ellos. Pensamos que necesitamos su aceptación para sentirnos felices, pero lo más importante es la aceptación individual y la de la comunidad. Pienso frecuentemente en una frase que leí en un artículo del HuffPost: «Seguimos esperando el momento en que sintamos que no somos diferentes a las demás personas. Pero el hecho es que somos diferentes. Es momento de que lo aceptemos y trabajemos con eso».