Medio tiempo –algunas reflexiones a la mitad del Mundial

por Andrés Vargas Pérez

¶ A nadie se le olvida su primer beso, su primer noviazgo ni su primer gol. Cuando se trata de primeras veces, siempre hay más presión y nerviosismo de lo normal. Dichos sentimientos tienen dos resultados posibles. Existen ocasiones en que llega un empuje sobrenatural y concluye la situación con un resultado extraordinario y otras en las cuales los nervios toman control y termina con un resultado desastroso. Ambas situaciones se presentaron en la Copa del Mundo durante la primera ronda de la fase de grupos. Islandia, por ejemplo, nos ha recordado que las primeras veces siempre son memorables. El equipo Islandés se mostró como un equipo ordenado y fue capaz de contener al mejor jugador del mundo. Lionel Messi tuvo 11 tiros en todo el partido pero fue incapaz de anotar debido a una memorable actuación del portero Hannes Halldórsson. Curiosamente, el portero es jugador de futbol sólo de medio tiempo. Cuando no le está atajando penales al mejor jugador de la historia, es director de cine. Recientemente dirigió un apasionante anuncio sobre su selección para Coca-Cola. Islandia logró una hazaña en su primera aparición en la Copa del Mundo. Le sacó el empate a un bicampeón del certamen. Con jugadores de alto calibre a nivel mundial, Argentina no le pudo quitar los tres puntos a un cuadro islandés con excelentes capacidades en el aspecto defensivo del juego. No les dio frío el partido.

Para algunas personas, las primeras veces llegan más tarde. Paolo Guerrero tuvo que esperar hasta sus 34 años para marcar un gol como debutante en una Copa del Mundo mientras que Pelé marcó su primer tanto cuando tenía solo 17. Las primeras veces nunca se olvidan.

 

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Son pocas las veces en las que los Davides vencen a los Goliats de la vida. A pesar de que la opinión pública apoye normalmente a los más débiles, rara vez terminan vencedores. El futbol, sin embargo, es un espacio que se presta para las sorpresas de vez en cuando. La esperanza del milagro juega una parte fundamental en el futbol. El «yo creo que ésta es la buena» es el motor principal para que los aficionados se aferren a la pequeña ilusión de que las cosas por una vez serán diferentes.

El futbol es el lugar más propenso a las sorpresas. El deporte más popular del mundo puede ser a veces tan circunstancial que, en una buena noche, un equipo ínfimo le puede sacar el resultado al Goliat del balompié. El futbol es el deporte menos justo del mundo. Puedes dominar un partido de principio a fin y terminar perdiendo con un gol en propia puerta al minuto 92, como lo hiciera Irán frente a Marruecos. En este hermoso deporte, la esperanza siempre existe, cualquiera le puede pegar a cualquiera. Es posible que, bajo las circunstancias correctas, azarosas, los débiles sean los más fuertes.

 

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El futbol nos hace preguntarnos constantemente sobre el hubiera. Siempre en un partido o competencia nos preguntamos y damos vueltas sobre una idea de lo que pudo pasar. ¿Qué hubiera sido si Roberto tira el penal en vez de Alfredo que la mandó a la fila 25? ¿Hubiera ganado el Pachuca si el técnico alinea a Juan en vez de a Pedro? ¿Si Joaquín fuera 2 centímetros más alto, hubiera evitado el gol de Pablo? Pero como todo, el exceso en la creación de casos hipotéticos relacionados con el futbol es nocivo para la salud mental de los aficionados.

 

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Dicen por ahí que el último minuto también tiene 60 segundos y que el futbol no se acaba hasta que una gorda se digna a cantar. Este Mundial nos ha demostrado que la agonía del final es una pesadilla para los aficionados de los países involucrados en el partido, pero una maravilla para los aficionados al buen futbol, al futbol de suspenso. Durante los últimos minutos de un partido en el que se juega la clasificación o, más bien, se juega para evitar la eliminación, nadie se atreve a escupir palabra. Durante todo el partido, siempre están los que no se callan ni un momento, reclamando a todos y mentando madres por doquier. Pero cuando el reloj marca por ahí del minuto 80, las palabras se intercambian por miradas fijas y pérdida de uñas. Durante los últimos minutos, un aficionado es capaz de prometerle cualquier cosa al dios de su preferencia para que un milagro ocurra y mantenga viva la esperanza de evitar regresar a casa aún. Hay más promesas en el tiempo de reposición que en el día de año nuevo. Sin embargo, no todos pueden obtener lo que desean. Como ya mencioné en alguna de estas pifias, para que haya un ganador, tiene que haber uno que pierda. El tiempo de reposición sirve para dar esperanza a los que buscan un gol y para probar los nervios de los aficionados que necesitan aguantar el resultado. En algunas ocasiones, se logra mantener la encomienda de no permitir un gol en la agonía del final. Se logra que los griegos no entren a Troya a pesar de sus rabiosas y equinas estrategias. Sin embargo, este Mundial nos ha regalado varias hazañas impredecibles.

Un país desesperado siempre busca, en los últimos minutos, una plegaria que haga retomar el rumbo de vuelta a Moscú. Entre más necesitado, más súplicas habrá. En este Mundial no hay tiempo más desesperado que el tiempo de reposición

 

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Cuando éramos chicos y todo era más fácil, siempre jugábamos futbol a la hora del recreo. Cuando los últimos minutos se acercaban, alguien gritaba «¡gol gana!». Esto significaba que, sin importar el marcador acumulado hasta ese momento, el que riera al último, reiría mejor.

 

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Tristemente, me duele decir que hemos pasado el vértice de esta parábola llamada Rusia 2018. Oficialmente estamos en el desenlace de nuestra historia. Estas columnas alcanzarán pronto sus últimas entregas y volveré a ser un escritor pasivo. La nostalgia empieza a conquistarme. Estoy con una persona que al mismo tiempo extraño. El Mundial todavía no se marcha y ya me hace falta. Es lo único malo de estas competencias, es lo único malo de tener a Messi en tu equipo. Cuando Lio no tiene el balón, lo trae alguien que no es él. Los días del Mundial hacen que los demás parezcan menos agradables porque no tienen futbol diario. La Copa nos malacostumbra a una felicidad efímera. Por las mañanas, un café, una cobija y el televisor. Por las tardes, leer a Valdano y a Villoro y preguntarme qué escribirían ellos. Son los días más felices de mi vida. Sin embargo, lo insólito de estos días es lo que los vuelve especiales. Alguien dijo que el futbol es el mejor pretexto para escribir sobre otras cosas. Rusia 2018, ya lo dije, es una parábola; el futbol es la representación de la vida misma. Y al final de todo, como la vida, el futbol da y el futbol quita.