Argentina, España, México: historia de tres derrotas

por Andrés Vargas Pérez

¶ El año de la gloria varía conforme a quién le preguntes. Los argentinos siguen enamorados de lo que era de ellos en el 86 y a los mexicanos siempre nos sabrán bien los vinos del 2012. Para los franceses, su año de la gloria es el 98. La respuesta parecería lógica por el hecho de haber quedado campeones del mundo ese año. Sin embargo, hoy la Francia del 98 compite con la del 2018 por el hecho de que el mundo entero trató de pronunciar una «m» seguida de una «b». Hoy fue la graduación del que se plantea para ser el heredero del futbol. Un adolescente ágil y veloz con pinta de tortuga ninja ha dejado en claro sus intenciones de reclamar el trono de mejor jugador del mundo.

Si hiciéramos una línea del tiempo en la cual Kylian Mbappé figura como el mejor del mundo, hoy sería un excelente día uno. Lo más impresionante del 10 francés no es la facilidad con la cual desparrama defensas y mediocampistas en la mitad de la cancha, sino que tiene menos años que Buffon tiene de experiencia deportiva. Cuesta trabajo comprenderlo, sobre todo para mí, que tengo la misma edad: no acelero a más de 10 kilómetros por hora y paso mis noches escribiendo sobre los Van Goghs del futbol moderno. Supongo que en algún punto supe que los mejores futbolistas serían de mi edad, o incluso más chicos, pero nunca creí que sería tan pronto. Mbappé hace que los defensas contrarios parezcan conos en un examen de conducir. La cosa es que él aparenta estar al volante de un Fórmula 1 con precisión de reloj suizo. Los contrincantes ni siquiera se atreven a meter la pierna porque, a la velocidad a la que flota el juvenil, cualquier contacto termina siendo una falta estrepitante que pone en juego su permanencia en la cancha. El cuadro francés es uno de los más rebosantes de talento en toda la competencia. El niño que hace pocos años admiraba a Cristiano Ronaldo con miles de pósters en su recámara, trae el 10 pegado en la espalda. Jugadores de clase mundial como Griezmann, Pogba y el resto de la plantilla francesa luce tan asombrados de la habilidad de Kylian como el resto de nosotros. No hace falta mucho conocimiento del deporte para saber que este chico (pretendo escribir esto sin sonar como un cincuentón) está para cosas grandes.

Los campeonatos del Mundo son conmemorados al poner una pequeña estrella en el pecho, junto al escudo, en la playera del equipo que ganó el séptimo partido de un Mundial. Qué poco sabía Francia cuando, en su escudo, sólo colocó una estrella. No se imaginaba que unos meses después, otra tendría que ser añadida. Para ser exactos, el 20 de diciembre del mismo año. En un mundo lleno de Beckhams, Ronaldos y Maradonas, un chico francés de sólo 19 años cree que no es justo recibir una recompensa monetaria por representar a su país en la competencia más grande de su vida. En cambio, ha expresado su deseo de donar lo recaudado a una fundación. Pareciera que, con cada paso que da, se acerca a un Lionel Messi que cada día está más cerca de pasar la estafeta. Pocos se atreven a decirle que no al Real Madrid, muchos menos cuando tienen 19 años y nacieron en el cercano 1998. Kylian Mbappé hoy le dijo que no a Argentina.

 

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Si existe alguna certeza en el ambiguo y desorientado mundo del futbol es esta: cuando se trata de las rondas de eliminación directa en una competencia de la magnitud de un Mundial, habrá gol. Quién sabe cómo, quién sabe cuándo. Sin embargo, el futbol nos regala esa pequeña convicción de que en algún momento se tendrán que estremecer las redes. El momento, como en el partido de Croacia en contra de Dinamarca, puede llegar un minuto después del silbatazo inicial y nuevamente tres minutos después. Pero en ese entonces, el partido vuelve a estar cero a cero para volver a darnos la seguridad de que alguien tendrá que apretar los dientes, disparar y hacer que todo, en un instante, cambie. Los siguientes minutos se convierten en una plegaria incesante porque el gol no caiga en tu puerta sino en la de enfrente. En algún punto tiene que acabar la justa con un vencedor y un vencido.

Existen tres momentos en el que se puede definir un partido, en cada uno se pone a prueba una habilidad o capacidad diferente. Durante los primeros noventa minutos, prevalecen, normalmente porque el futbol no es justo, las habilidades futbolísticas: el que corre más rápido con el balón, el que toca más veces y con mayor precisión, el que dispara con mejor puntería, el que orquesta la disolución de las líneas defensivas. Si al terminar este periodo las cosas siguen empatadas, llega el tiempo extra. Este tiene el afán de medir las capacidades físicas de los jugadores, así como la voluntad. Es una lucha por quién puede jugar más acalambrado y correr cuando las piernas ya no se sienten. Pero en la mayoría de las ocasiones esto no termina de desemparejar la balanza. Cuando eso sucede, los jugadores se enfrentan a algo que habían estado evitando todo el encuentro: una batalla mental. En el tiroteo de once pasos, lo único que juega es la mente. Cualquier persona puede patear un penal a once metros de una portería, pero la cuestión no es esa, sino esta otra: ¿quién se atreve a pararse frente a 80 mil gargantas y silbidos para jugarse su reputación como jugador en una batalla de nervios con el arquero? No suena tan divertido cuando se piensa así. El futbol está hecho para jugarse con los pies, sin embargo, los penales se juegan con la cabeza. La batalla de nervios y confianza es el máximo desempate en el futbol. Alguien tiene que ganar, siempre. En estos casos, es donde influye mucho una afición: gritos y distracciones pueden hacer que el mejor del mundo termine estrellando su disparo en un mártir llamado arquero. Por eso nunca es bueno enfrentarse al local desde la pena máxima.

España comprobó esa teoría perdiendo contra Rusia en octavos de final. Nadie daba esperanzas para que el equipo local pudiera colarse a la siguiente fase. Sin embargo, la realidad española es que fueron eliminados de la competencia desde el 13 de junio. El pésimo manejo de vestidor y decisiones técnicas con Lopetegui y el Real Madrid llevaron a la roja (porque ya no es la furia) a una inestabilidad emocional que se veía transmitida en falta de confianza. Cuando tocó enfrentarse contra un local que sabía que en lo único que era más fuerte era en la cuestión mental, se tenía que ganar el partido en 120 minutos. A eso jugaron los rusos, a aguantar con la seguridad que da el futbol en estas instancias, la convicción de que en algún momento caerá el gol. España no pudo anotar el gol de la diferencia con las piernas, cosa que sí pudo hacer Rusia, con la mente, desde los once pasos.

 

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3.5 millones de uruguayos, 11 millones de belgas, 10 millones de portugueses, 47 millones de españoles y 44 millones de argentinos. Sumando la población de todos los países ya mencionados, tenemos un total de 115 millones de personas. 5 menos que la población total de mexicanos. La pregunta que todo México debería de estar preguntándose (en materia futbolística) no es cuándo vamos a llegar al quinto partido, sino ¿por qué, teniendo una población mayor a la de estos países y el futbol siendo una religión para toda esa población, no podemos formar una selección de élite a nivel mundial? ¿Qué nos lo impide? ¿La mentalidad? ¿Nuestra infame liga?

Me rehúso a creer que no podemos tener una selección de élite mundial. No me entra en la cabeza que no podamos sacar 23 jugadores que levanten una Copa del Mundo. Los niños sueñan con ser futbolistas pero cuando lo logran se olvidan de cuando eran niños. Se olvidan de cuando pateaban la pelota por diversión en vez de obligación. Parece que, entre más años tiene un jugador mexicano, menos probabilidades tiene de éxito. ¿Por qué somos campeones del mundo en categorías inferiores y no podemos serlo a nivel mayor? Este Mundial se suponía que iba a traer respuestas. Sin embargo, ha traído más preguntas que una clase de filosofía. Preguntas que me quitan el sueño y me hacen sudar. ¿En serio no tenemos, entre los 120 millones de mexicanos apasionados, el talento para sacar una selección ganadora?