El momento y el lugar

por Andrés Vargas Pérez

¶ Al fin y al cabo, aunque la idolatría haya tomado niveles estratosféricos, los jugadores de futbol son seres humanos. A lo largo de los escritos mundialistas me he dado cuenta que me gusta observar el comportamiento humano. Me gusta ver cómo reacciona la gente hacia cierto tipo de personas o actividades. En general, últimamente me he fijado mucho en cómo cambia el comportamiento humano cuando estás con determinada persona. En mi infancia, por ejemplo, tengo muy marcada la diferencia de mi vecina cuando estaba con su mejor amiga y cuando estaba sola. Con su amiga parecía que siempre tenía un toque de picardía, mientras que cuando estaba conmigo era mucho más tranquila y pacífica. Me gusta darme cuenta cómo cambia mi personalidad al hablar con una señora mayor, con un profesor o con una amiga de la escuela. Pareciera que soy una persona totalmente diferente. Es normal, no vas a hablar de la misma manera con tus papás y con tus amigos. Para todo hay un tiempo y un lugar.

Pasa un poco lo mismo con los jugadores de futbol cuando representan a sus selecciones en las competencias de máxima envergadura como lo es un Mundial de futbol. En la Copa del Mundo, los partidos siempre son cerrados. Y pareciera que lo único que los logra abrir es la picardía de una estrella nacional. Como mi vecina y su amiga, pareciera que se juntan para buscar hacer una fechoría en un campo rival. En el Mundial, todo mundo quiere hacer gol. Los centrales le pegan de más de tres cuartos de cancha para buscar consagrarse como «el del golazo del 2018». De igual manera, los porteros suben a buscar por aire un balón en lo últimos minutos para marcar su nombre en la memoria de todos los aficionados como «el portero que anotó». El escenario hace al héroe. La travesura es de acuerdo al nivel del lugar donde se hace. Al ser la Copa del Mundo el máximo escenario futbolístico, todos los jugadores quieren ser ese pícaro del área que mandó a guardar la pelota cuando todo parecía estreñido. Cualquier jugador busca ser el héroe nacional al regresar a casa. En el Mundial no importan los salarios o las cláusulas de rescisión. Sólo importa la determinación y el descaro de un jugador para faltarle al respeto al cuadro de enfrente.

Es imposible tratar de comparar a Lionel Messi del Barcelona al Lionel Messi de la albiceleste. Luis Suárez de Uruguay es muy diferente al blaugrana, mucho más perro, mucho más colmilludo (en todos los sentidos). Los jugadores encuentran en cada espacio un estilo de juego determinado. Es de un jugador inteligente y capaz poder encontrar la mejor versión de su estilo de juego en cada uno de los escenarios que el futbol te presenta. Porque no es lo mismo jugar contra el Peñarol que contra Alemania. Al fin y al cabo, nos comportamos diferente conforme a las personas que tenemos enfrente. Todo se basa en saber comprender el momento y el lugar.

Y ese momento y ese lugar es, hoy, Rusia 2018. El Mundial es el máximo escenario. La Copa del Mundo es el coliseo moderno. En los estadios rusos se determina si los jugadores serán devorados por los leones o si saldrán por las puertas con las manos en alto y con contratos de transferencia todavía más altos. Los jugadores se agrandan o achican con la situación que se enfrenta su país. Hay algunos jugadores que parece que juegan con un ojo cerrado, guiñando perpetuamente durante los 90 minutos a los equipos grandes de Europa. Un buen Mundial puede significar que un jugador se venda por 30 o 40 millones de euros por encima de su valor en el mercado actual de transferencias. Valdano bien menciona que el Real Madrid no hubiera pagado los 80 millones de euros que desenfundó por James Rodríguez sin su espectacular actuación en Brasil 2014. El Mundial crea una escalera monetaria para algunos jugadores y un tobogán para otros. Quizá sea una de las motivaciones principales para los jugadores. La Copa del Mundo te da la posibilidad de convertirte de un peón a un alfil, pero también de una rey a un caballo. Después de todo, el Mundial funciona como un casting para los clubes.

Este Mundial no ha sido la excepción en ningún sentido; en la inflación de precios, tampoco. Gracias al Mundial, muchos agentes y representantes del planeta conocieron que hay un equipo pequeño en México que se llama Lobos Buap donde juega un lateral derecho espectacular llamado Luis Advíncula. El mundo también ha conocido nombres como los de Kieran Trippier y Andreas Granqvist por sus excelentes actuaciones en solo 4 partidos. 360 minutos pueden cambiar el rumbo de la carrera de un futbolista. Pero así como muchos nombres pasan a la alza, algunos caen y otros, peor, juegan sin ser vistos. El nombre de Matheus Uribe, jugador del Club América, pudo haber sido recordado por siglos, pero sólo será tema de conversación en los próximos años. Matheus sacó un disparo fenomenal que fue atajado por Jordan Pickford en los octavos de final entre Colombia e Inglaterra. Cabe mencionar que dicha atajada resultó en el tiro de esquina que terminó en la frente de Yerry Mina y después dentro de las redes inglesas. A lo que me refiero, es que si Uribe hubiera logrado anotar ese gol, el América recibiría palomas mensajeras desde Europa para fichar al volante mixto colombiano por cifras de alrededor de los 25-30 millones de dólares, cuando su valor actual es de alrededor de 10-12 millones. Matheus, treinta minutos después, pasó de casi héroe a villano consagrado, pues erró uno de los penales que le costarían a Colombia la eliminación en el certamen. El daño colateral de ese fierrazo al travesaño desde los once pasos pegó hasta Coapa en donde las águilas se quedarán con la cartera abierta y la pluma en la mano.

Podríamos hablar de otros jugadores que han tenido un Mundial espectacular o terrorífico. Maravilloso lo de Kasper Schmeichel con el cuadro danés y catastrófico lo de David De Gea con España. Clave lo de Aleksandr Golovin con los locales e infumable lo de Lewandowski con Polonia. Mágico lo de Isco e insuficiente lo de Higuaín. Consolidante Harry Kane y flojo Gonçalo Guedes. Aún así, pareciera que todas las conversaciones de transferencias y valores de mercado son opacadas por una que su naturaleza imposible hace que los ojos del mundo estén puesta sobre ella. Cristiano Ronaldo tendría un pie –maletas, mujeres, coches, hijo– y medio con la Juventus de Italia. Un Mundial no sería lo mismo sin los italianos dando de qué hablar. El gigante luso pareciera que buscaría un nuevo reto, buscaría ponerle rayas negras a su corazón blanco. En todo este escándalo, como aficionado férreo de los bianconeri y del Barcelona, me muestro un poco en fuera de juego. Me da gusto por la Juventus y siento tristeza por Messi: sin Cristiano, Lionel no sería lo que es. Al mismo tiempo, CR7 y yo nunca hemos estado en el mismo bando, sería desconcertante y extraño de pronto apuntar escopetas en la misma dirección.