El gallo de Sinaloa –un perfil de César Arturo Ramos

por José Pablo Castañeda

¶ El reloj marca las 12 en punto en una secundaria pública de la capital sinaloense. El incipiente sudor en las axilas de los presentes en el salón de clases fluye y fluye; viven en un lugar donde el silencio suena a ventilador. Aún así, aquí no existe ni ese silencio: el profesor da la clase y unos cuantos prestan atención, otros platican, otros se burlan, otros se molestan, otros queman la mochila de su compañero. Los pequeños muchas veces hacen travesuras y se salen con la suya, pero nel, César no. César tiene el constante tope de la consecuencia, pues siempre le toca.

Así empezó a hacerle caso a la autoridad, a tomar rumbo. Un chico nacido un 15 de diciembre del 83 en tierras norteñas y costeras, hijo único aunque siempre acompañado de sus primos maternos que salía hasta altas horas de la noche por las calles de Culiacán y disfrutaba de jugar beisbol (el ¿deporte? rey). Desde ese punto en el que se topó con la consecuencia, algo en César cambió: empezó a creer en las instituciones, en los policías (¡en Sinaloa!) y hasta en él mismo para ser árbitro profesional. Empezó a involucrarse en partidos pequeños y a ganar cierta popularidad que en una ciudad pequeña, aunque capitalina, se consigue fácil. César: un árbitro de barrio, uno que por una patadita no va a marcar falta y preferirá que el balón siga rodando y las piernas desgastándose. De chico se le veía haciendo sus propias tarjetas y ofreciéndose a pitar. César: un tipo común en la ciudad de los restaurantes Panamá, de los Dorados, de la Banda Sinaloense MS o –como todos pensamos con nuestro estereotipo– una ciudad de pura chela y puro narco.

Uno supondría que ese ser tan singular vendría de un lugar distinto. Que la autoridad comúnmente no se prepara escuchando banda y contando anécdotas de barrio a sus compañeros. Es raro ver ese otro lado de la esfera futbolística; frecuentemente vemos el lado más humano de los futbolistas (su egocentrismo, sus trampas, sus insultos) o lo más valioso de un equipo (su esfuerzo, sus seguidores, hasta su dinero), pero no siempre pensamos en el punto medio, el que une hinchadas para que le recuerden al unísono a su madre, el que tiene en su poder un partido: no solamente al marcar un penal, una falta decisiva o expulsar a alguien, sino hasta el flujo del mismo juego: que este tenga menos faltas y más espectáculo. Uno pensaría que este hijo de la autoridad fuera un tetazo tipo Ricardo Anaya, no el gallo de Sinaloa.

Pero hasta para ser árbitro necesitas conexiones. En un país donde los árbitros llegan más lejos que la Selección, obviamente habrá competencia. El apoyo que César necesitó fue el de Gilberto Alcalá, un ex árbitro mundialista que lo llevó a cursos y lo impulsó para que empezara a pitar en tierra culichi. El tope final fue la misma tierra: no se puede crecer mucho en un estado que tiene como equipo principal a los Dorados. Así que César emprendió hacia Morelos (¡viva el Cuauh!) para dedicarse al arbitraje, pero con una condición: debía estudiar una carrera profesional. Estudió periodismo por el mero interés de pertenecer aún más al mundo deportivo, aunque la idea de estudiar periodismo en México resulta más preocupante que la de ser árbitro. Ya en Morelos, César avanzó como árbitro pitando en tercera y segunda división, también fue a cursos, seminarios y actividades pusilánimes para seres que en el campo deberían mostrar ser lo contrario. César debía mostrar ser el gallo de Sinaloa.

Después de titularse, nuestro gallo debutó como árbitro central en primera división en el 2011. Tuvo cada vez más participación, hasta tener su debut internacional en el 2014. De Sinaloa para el mundo. Ese año la FIFA buscó árbitros entre los 30 y 35 años para capacitarlos hacia las próximas Copas del Mundo. En el arbitraje se considera esa edad como la edad en la que el ser humano sabe de la vida o de la autoridad o no sé qué. El chiste es que César Arturo Ramos empezó a ir a cursos de la FIFA, a un pre Mundial en Honduras, a los Juegos Olímpicos del 2016 y al Mundial sub 20. Ahí empezó un proceso que sería impulsado por ganar el premio al mejor árbitro de la CONCACAF por dos años consecutivos (2016 y 2017): dirigir la final del Mundial de Clubes del 2017 (Real Madrid contra otro equipo irrelevante) y la final del futbol mexicano del 2018 (equipazo Santos Laguna contra otro equipo irrelevante).

El arbitraje mexicano es muy demandado por el buen nivel del futbol mexicano. El futbol de acá se juega a una mayor velocidad que en otros países y los jugadores de acá tienen una mezcla de la pasión sudaca y la técnica del jugador europeo. Podemos ver el buen nivel con lo mucho que exportan al extranjero, aunque esto no se refleje en la Selección Nacional porque siempre se convocan a los mismos y porque en nuestro futbol hay demasiados extranjeros. Aún así, acá, en este futbol competitivo, se empezó a ver cada vez más a César Ramos, quien aparecía siempre orgulloso con su horrible uniforme Voit, pero que hacía resaltar su gafete de la FIFA.

César sería el único árbitro mexicano que pitaría en Rusia 2018, y chance el único mexicano que pisaría el césped después de octavos. Tenía críticas detrás, como la del ex mundialista Felipe Ramos Rizo, quien decía que Cesar Arturo Ramos Palazuelos era solamente un protegido de la Comisión de Arbitraje y que por eso tenía tanta suerte. Chance sí. Es la fortuna y la desgracia del esclavo que siempre obedece, que siempre tiene que obedecer. Decía Camus que la necesidad de ser correcto es la muestra de una mente vulgar, pero con César Arturo parece ser diferente. Como si fuera políticamente correcto en los lugares en los que nadie intenta serlo, sólo para llegar a ser totalmente lo contrario donde debería serlo: en el terreno de juego. Como si bajara la cabeza toda la semana sólo para alzarla durante el fin de semana y dejar que el juego siga como en el barrio. Y es raro ver al árbitro del barrio dejar que las patadas fluyan en un Uruguay contra Portugal, donde seguro se le sale una pizca de acento norteño siempre que intenta comunicarse con sus compañeros del VAR. Más raro aún ver cómo el más humano de los humanos, Cristiano Ronaldo, le gritonea sudoroso y con las venas remarcadas en la frente y Ramos Palazuelos no hace más que sacar su tarjeta amarilla, como si detrás de él sintiera que el barrio lo respaldara, y hacer que el portugués se pierda el próximo juego.

Dice Albert Camus que «ellos mandan hoy porque tú obedeces», y parece que a César siempre le gustará quién mande; siempre obedecerá. Pero en el terreno de juego siente la adrenalina de ser el gallo de Sinaloa y sólo ahí hará las cosas diferentes, sólo ahí demostrará que es de barrio. Sólo ahí contará anécdotas de mentadas de madre o peleas y sólo ahí se reirá con los mismos jugadores. Sólo ahí empezará los partidos desafiando a la autoridad con canciones de banda que no hablan más que de drogas, fugas de la policía o armas. Sale del campo y entra al nuestro, donde obedece gustoso. Donde se pone otra vez esta capa de invisibilidad y buscar jamás ser visto. Sale a correr, a andar en bici, a leer, a ver una película, acompaña a sus hijas, mamá y esposa a hacer lo que ellas quieran y a seguir obedeciendo. Fuera de la cancha, poco queda ya de ese chico que quemaba mochilas en el salón de clases, pero en el campo, el que sea, mexicano o ruso, sigue siendo el gallo de Sinaloa.