El fantasma de la vejez

por Aída Sánchez, Pamela Valverde, Claudia González, Diego Zamorano y Emilio Schoning

¶ La ONU estima que para el 2030 mil 400 millones de personas tendrán 60 años o más.

El término «tercera edad» se refiere a la población igual o mayor a los 65 años. Para el ser humano, llegar a esa edad número tres involucra generalmente cambios físicos, cognitivos y emocionales. En la sociedad, su funcionalidad se disminuye debido a la pérdida de vitalidad y autosuficiencia. Las personas de más de 60 años son más propensas a contraer enfermedades y a sufrir accidentes. Son, pues, un grupo vulnerable. Uno más. Uno grupo que en México es conformado por 13 millones de personas.

En el 2015, la organización británica HelpAge publicó un ránking con 96 países sobre el bienestar de los «adultos mayores», otro viejo eufemismo. El ránking midió las siguientes áreas: salud, salario, capacidades y ambiente social. Entre los mejores cinco países se encuentran Noruega, Suecia, Canadá, Suiza y Alemania; Afganistán, Mozambique y Uganda se encuentran al fondo de la lista. México aparece en el trigésimo tercer lugar.

Ser un anciano en el siglo XXI es mucho más común que en épocas pasadas. La gente solía morir antes de vivir la «segunda infancia»: cuando los adultos se vuelven débiles, con capacidades intelectuales reducidas y con una autosuficiencia en caída libre. Se le denomina de esta manera, «segunda infancia», porque los ancianos se comportan y tienen las mismas necesidades que los niños. Ser viejo asusta. No por las arrugas y los achaques, sino por la nostalgia, el arrepentimiento y el olvido.

 

II

Sólo una cuarta parte de los ancianos en México es pensionada. Hay registros que indican que el 33% sale a trabajar o a buscar empleo. Muchos ancianos van periódicamente a centros comunitarios para convivir, aprender o simplemente pasar el tiempo en un ambiente sano que no pueden conseguir en su hogar. Así como las ganas de hacer pipí se incrementan entre más cerca esté una del escusado, parece que los ancianos desean vivir con una vitalidad que no empata con sus capacidades corporales.

Margarito va con su mochila al hombro, carga libros y sonríe. Llega por la espalda para asustar y se carcajea de los sustos que provoca. Margarito era sastre. La pensión que recibe por parte del gobierno es de $1,000 al mes, un ingreso que no le permite vivir solo. Vive con la familia de su hijo mayor. De acuerdo al reporte del INEGI 2017, en el 30.1% de los hogares mexicanos vive un anciano. Margarito sabe que no fue el mejor padre, era alcohólico, pero de todos modos su hijo lo recibió con los brazos abiertos.

Rita es una señora alegre, todavía va a clases de danza folclórica y en el verano de 2017 fue coronada como la reina del DIF de San Miguel de Allende. A veces, a la hora de la comida, van músicos a tocarles y Rita siempre es la primera en pararse a bailar. La mayoría de las veces es la única. Su baile consiste en moverse de un lado a otro con los ojos cerrados.

Doña Julia también baila. Lleva al DIF plátanos para compartir y hace pulseras para las señoras que trabajan ahí. No tiene miedo al hablar del amor, piensa que las mujeres deben buscarse un hombre que las apapache y las abrace. Doña Julia va bien peinada con su mandil, su falda y sus medias. Doña Julia sufre de diabetes, el médico que asiste cada dos semanas al centro la atiende. Un estudio del INEGI en el 2015 mostró que la diabetes mellitus representa el 15% de causa de muerte en los ancianos.

 

III

Los ancianos conocen una gama de sentimientos que el resto de las personas no alcanzan a vislumbrar. Ver a un nieto nacer y ver a los hijos siendo padres son la clase de situaciones que ni siquiera se pueden comenzar a imaginar cuando alguien es joven, el grupo predominante en México. La experiencia de los ancianos es inapelable. Aun así, muchas veces su memoria y su madurez no son lo suficientemente valoradas.

María es madre de dos: un hombre y una mujer. A veces llora cuando piensa en el tercero, el mayor. Murió de una enfermedad en los riñones, ella hizo lo que pudo, incluso fue con una bruja de Tepito que según le dijeron arreglaba lo que Dios no podía. Ella ya no cree en las brujas ni en Dios. Su mamá la tuvo a los 17 y, según nos cuenta, de joven era «muy mona». Dice: «no siempre fui fea, lo que pasa es que la vida te hace así». Ha estado enferma los últimos seis meses y varias veces ha pensado en dejar de tomar sus medicamentos porque cree que sus años de utilidad ya pasaron y que ahora sólo le queda ser una carga para su hijo. Sin embargo, con sus nietos siempre está contenta. «Cuando llegaron ellos al mundo fui la mujer más feliz de todas, hasta daba saltos por el hospital».

De joven, Toño encontró su motivación para buscar un trabajo en Reyna, que vivía en Salvatierra, muy lejos de su Distrito Federal, para poder pagar sus boletos de camión e ir todos los fines de semana a verla con una flor. Después de casarse se fueron a vivir juntos a una vecindad departamental en la colonia Clavería, donde criaron a dos hijas y a un hijo. Treinta años después de su boda, a Toño le dio un paro cardiaco. Ese día se salvó, pero los doctores le dijeron que le restaban unos meses de vida. En su aniversario de bodas número cuarenta, su hijo pensó que lo mejor era hacer una gran fiesta de bodas de oro en caso de que no viviera diez años más. Todos a su alrededor vivían con el miedo de que pudiera darle otro infarto en cualquier momento, menos Toño. Él vivía feliz. Pero ya sólo quedan él y Reyna. Sus dos hijas viven en la ciudad, una casada y con un hijo y la otra madre soltera. Se ven poco.

Cuquita le sopló a su pastel que sólo tenía 5 velitas porque no había forma de que cupieran 93. Ya van diez años desde que su marido Juan falleció. Estaba orgullosa de todo lo que habían construido juntos. Una tarde se le resbaló la mano que la sujetaba al lavabo y se cayó. Estuvo en el suelo por lo menos 45 minutos hasta que sus gritos alcanzaron a su vecino Pepe, quien llamó a la ambulancia que la llevó al hospital. Fueron muchos meses los que tardó el fémur roto de Cuquita en recuperarse. Ahora utiliza andadera.

Jorge Antonio se empezó a sentir mal un día, lo llevaron al seguro social donde lo operaron de la próstata. Mejoró un poco y regresó a su casa, pero más tarde recayó. Permanecía acostado, pálido y con los pies fríos. Una noche su familia lo llevó al hospital al notar que estaba perdiendo mucha sangre. Llegó a urgencias y diagnosticaron que estaba anémico, se había abierto la herida y por eso se estaba desangrando. Tenía el sistema inmunológico tan endeble que se le activó una bacteria de tuberculosis que traía en un tejido. Estuvo una semana en terapia intensiva. Sus familiares creyeron que tenían que despedirse de él. Sin embargo, lo dieron de alta y entró a un asilo. Jorge Antonio tiene huesos frágiles, un rostro deteriorado y un cuerpo exiguo. El primer asilo era decente, pero el ambiente era un poco deprimente, así que lo cambiaron a otro más entusiasta pero pequeño. Pasó un par de meses ahí. Con el tiempo se curó, su cuerpo regresó a ser medianamente robusto y recuperó su bigote. Le dicen el roble. Retomó ya la bebida, y el tabaco también.

José Valentín con 97 años de edad, después de vivir once años viudo, nos dijo que esta etapa de la vida es mucho más sencilla cuando se vive en pareja. José tiene una gran familia compuesta por ocho hijos, una hija, veintiún nietos y ocho bisnietos que lo van a visitar y se preocupan por él. Esta tumultuosa compañía, aunque no logra compensar la falta de su esposa, hace que José sea un hombre feliz y que se mantenga activo. Vive bien gracias a las atenciones de su familia, pero como todas las personas de su edad tiene que lidiar con el estrés de perder facultades mientras recuerda que siempre fue «una persona de mucho carácter».

 

IV

Vivimos en un mundo que se rige por la rapidez y la eficiencia de las cosas. No estamos dispuestos a esperar, queremos todo directo y al instante. Si algo cuesta tiempo y esfuerzo es probable que lo dejemos ir. Estamos acostumbrados a tener miles de opciones disponibles. Los abuelos en sus grupos de WhatsApp se quejan tanto de sus nietos millennials porque se les hace que nada les cuesta trabajo, que todo se hace fácilmente a través de plataformas digitales que antes no existían. Es verdad. Pero vivir en esta era no es nada sencillo tampoco. Existe otra clase de conflicto que se ha abierto con el nuevo acceso a la información y los servicios inmediatos. Hay una brecha entre los viejos y los jóvenes. En esa brecha caben un montón de diferencias generacionales, pero también deberían caber similitudes.

Ser viejo en una sociedad que siempre está en movimiento es como vivir desfasado, como si el tiempo transcurriera en otro ritmo. Los ancianos ya no forman parte de los engranajes del motor del mundo. No innovan, no proponen, no producen ni consumen como lo hacen otros sectores de la población. Observan el panorama, pero no influyen en él, de ahí el sentido de inutilidad que adquieren. Y es que no hemos creado las condiciones para que se acerquen y participen. Los dejamos a la merced de sus cuerpos atrofiados y sus pensamientos profundos. No nos interesamos siquiera por sus historias.

 

V

Con la muerte tan cerca ha de ser difícil vivir. Casi no te prestan atención, te ves al espejo y no te reconoces. Estás confinado a un torbellino de recuerdos agradables y detestables que nunca volverás a experimentar otra vez. Tus alegrías son pequeñas, como tú. Continúas sujeto a ciertos estándares de belleza, pero tu piel, tus senos, tus testículos, ya no son los mismos. No te saben las cosas. Pintas tu cabello, caminas poco. Tus órganos están se arruinan. Pero cuando fijas la mirada ves más cosas, cuando lees emergen más ideas, cuando hablas te expresas mejor. Ha de costar mucho aceptar el hecho de ser viejo, pero viene con una serie atributos que por fin obtendrás. La lucidez de la muerte, por ejemplo.