Hijos de Eros

por Andrea Villagómez, Aylín Barrera y Anahí Olvera

¶ La canción L.O.V.E. de Michael Bublé se escucha en el patio central. El ambiente me hace sentir más empalagada que la última vez que comí un tazón de helado con chispas y jarabe. Intolerable. Percibo los pasos acelerados a mi alrededor, que exponen la conmoción emocional que se vive en este día de San Valentín. Chocolates, flores, cartas, dulces, serenatas y un derrame económico que sólo es superado por aquél en diciembre. Superficialidad. Es por esto y muchas cosas más que me ojeriza el 14 de febrero.

Apenas son las 12 del día y en el salón 11314 se apresuran todos a tomar asiento. ¿Cuál es la prisa en un día tan especial como San Valentín? ¿No deberíamos estar apaciguados por el amor que se siente en el aire? La respuesta es sencilla: los exámenes parciales no han terminado y, aunque las almas enamoradas esperan ansiosas salir y exprimir su lado romántico, hay muchas pruebas académicas por completar. Una vez más, el aquí y el ahora le toma la delantera al amor, dejando el marcador a favor de Cronos y Apolo, desplazando al buen Eros.

 

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Luis y Bertha. Ella 19, él 21. Los únicos por los que me mantenía creyente en el amor verdadero. La historia que unió lazos justamente un 14 de febrero en el año de 1962.

Mientras estamos en la cocina preparando un pay de limón para cuando mi padre llegue, le pregunto a mi mamá por milésima vez la historia que tanto había marcado mi niñez.

—Ellos se conocieron en un manantial. Ella iba por agua, con su larga cabellera recogida en una trenza de lado y su figura delgada y espigada. Era de esperarse que, al verla, él quedaría flechado —relata mi mamá, sonriendo y emocionándose por contarme de nuevo esta historia.

—Su papá, de ella, era muy estricto. Tanto, que la admiración de tu abuela y abuelo tomó raíces en un amor prohibido. Dos extraños encandilados por la curiosidad —me dice mientras suelta una lágrima.

Es el primer 14 de febrero que mi abuelo Luis ya no está. Hace menos de un año que murió. Es el primer 14 de febrero que veo a mi abuela desolada.

 

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Pasan la horas y la euforia ha menguado. Ya no hay tantos productos de dónde escoger. Sólo quedan personas comprándose uno que otro dulce a sí mismos. Se siente el cansancio y las ganas de regresar a casa.

—¿Cómo te ha ido hoy?

—Pues no he tenido clientes —me dice Lulú, que cada 14 de febrero se dedica a ofrecer serenatas por el campus.

—Estuve esperando todo el día para ir a cantar mariachis, pero hasta ahora sólo una persona nos ha contratado. Creo que este San Valentín no ha estado como los otros. Sólo con voltear a ver se nota que la emoción no es la misma.

La emoción no es la misma. No sé si es producto de que estamos más conscientes de la desilusión que es San Valentín. Sólo estoy segura de que un año bastó para un cambio radical en nuestra perspectiva. ¿Será que el paso de la angustia por lo que vendrá mañana por fin nos ha vencido? ¿Ya nada nos emociona? ¿La apatía ha pasado a ser una característica más de nosotros, tan común como la inmediatez? No lo sé, pero parece que la soledad antes temida ahora es igual que ponerse el suéter viejo que antes odiabas. Ahora lo portas sin que te importe un carajo lo que el mundo vea.

 

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Son las 3 de la tarde y es la hora de comer. La Estación es un lugar muy conocido entre estudiantes, pues tiene un menú para todos los gustos. Lo realmente sorprendente de este lugar hoy es que, entre todas esas mesas posicionadas de par en par, en ninguna había una sola pareja. Hay una mesa llena de chicos que competían por ver quien acababa primero su cerveza. A lado de ellos una mesa con chicos y chicas que decidieron que la amistad era lo más importante. ¿Tratarán de disimular la ausencia de una pareja ese día? Se escucharon unos murmullos de fondo por parte de dos meseros en la orilla del bar. Ojos nerviosos acompañados de risas fingidas ¿Este día saca lo mejor de uno? La famosa frase de «no busques y con el tiempo llegará solo» repetida por muchas bocas pero pocos en realidad confiaban en esta. El tiempo da y quita, arrebata y masacra. Dominados, el tiempo nos somete y nos arrastra a un fin seguro.

Pero es aquí cuando recuerdo el poema de Dean Atta, porque necesito leerlo cada año. Cada año recordarme que antes de preocuparme por amar a mis amigos, el amor propio es primero. Dean Atta relata una lista de cómo amarte a ti mismo. De no reconocer al 14 de febrero como una fecha más importante que otro día. No comparar tus días con los de nadie más. Sí. Tenemos las mismas horas que Beyoncé, pero no somos Beyoncé. Encontrarnos. Encontrarnos atractivos. Encontrar a nosotros mismos.

Aquel día en La Estación, con los grupos de amigos pasando juntos San Valentín, fue un ejemplo vivo de que nadie nos pertenece, excepto nosotros mismos.

 

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Aún recuerdo el día del velorio. Una sonrisa forzada, de esas que expresan lo que tarde o temprano iba a pasar pero te niegas a que esté pasando ahora mismo. Mi abuela empieza a llorar como si lo que le quedara de vida no tuviera sentido. Mi mamá me sigue relatando:

—En cuanto tuvieron la oportunidad, las miradas robadas se acabaron y Bertha se escapó con él. Tuvieron una boda muy bonita que mi papá pagó por completo, a pesar de no tener mucho dinero. Cerca de cincuenta y seis años de matrimonio. No había un solo día que no pasarán juntos, fue totalmente doloroso para ella.

Por supuesto que lo fue. Entro a la recámara de mis abuelos. Las cosas están exactamente como antes, como si él no se hubiera ido. Mi abuela me saluda sonriendo, pero una sombra cruza sus ojos.

—Lo quiso muchísimo, no ha querido dormir en la misma recámara. No lo puede olvidar, lo sueña casi todos los días al grado de no poder dormir, pero casi todos sus sueños son recuerdos bonitos de su vida juntos.

 

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Los romanos afirmaban, «el tiempo precipita». Y es cierto. Es cierto y se puede ver con la aceleración e intensidad que vivimos el amor hoy en día. Todo es inmediato.

 

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Como dice Leila Guerriero, «habituarse a una hermosa risa humana, a un cuerpo vivo, cuesta muy poco. Dejar partir en cambio –dominar el arte de perder–, cuesta la vida». Y me temo que mi abuela no logrará dejar ir a su amor. Veo imposible que domine el arte de perder. Pues no sólo perdió a un esposo, perdió a su mejor amigo, a su compañía. Perdió la presencia que estuvo con ella durante los últimos 56 años. Y cada San Valentín, sólo servirá como un recordatorio, de vaya, un año más sin estar con él.

 

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Ya es 15 de febrero y estoy afuera de Sirilo. Dos chicos recargados en la entrada, un grupo de chicas abrazándose sentadas en un escalón. La fiesta del día de San Valentín ya está acabando, el sonido de pasos apresurados y risas llenas de alcohol lo confirman.

Acompaño a Mar a la entrada del coche, me despido y empiezo a caminar con paso ligero a la camioneta para ir ya a casa. Un sollozo se escucha. Volteo: un rostro, maquillaje corrido, mirada ausente, una chica de cabellos dorados recargada en su amiga.

—Wey, ya no me importa. Me voy en uber, me vale madres.

—Cálmate, cómo te vas a ir sola, wey. En serio va a pasar.

¿Quién lo diría? Esta chica de cabellos dorados entrando de la mano de su novio al bar, deseando no haber salido de casa. Cuando ayer todo era ilusión y risas, dulces y flores. Hoy, un día después del 14 de febrero, es cuando tengo más presente que nunca la frase de Rilke, pues hoy comienza de nuevo lo terrible que apenas podemos soportar. O bueno, hasta el próximo 14 de febrero.