El estudiante que no aprenderá –un perfil de Jesús Salvador González

por Paulina Cardoso y Emiliano Quintana

¶ Un bailarín requiere características muy estrictas: ser ágil, estar físicamente en forma, ser versátil, tener buen sentido del ritmo, ser entregado y decidido, pero más importante que nada, tener confianza en sí mismo y una capacidad para aceptar el rechazo. Normalmente, adquirir estos requerimientos tardaría entre cuatro y cinco años. Después de cuatro años de práctica constante, Jesús Salvador González Ugalde sólo ha adquirido una. La más importante de ellas.

Jesús, nombrado como Yísus por sus conocidos, ha vivido una vida regular. Nació el 22 de septiembre de 1997 en el municipio de Tequisquiapan, Querétaro. Pasó la mayor parte de sus primeros años de vida en un hospital, pues sufría de muchas alergias y tenía problemas en su aparato digestivo, pero esto no lo detuvo de disfrutar su infancia. Se mudó de Tequis a Querétaro cuando obtuvo una beca en el Tecnológico de Monterrey para estudiar Arquitectura. Moreno, chaparro, gordo, con una voz aguda y un estilo de vestir y de hablar como si fuera cholo, Yísus rompe con los estereotipos nice –o fifi– de esta privilegiada universidad.

Durante los 4 años que Yísus lleva dentro del Tec, se ha inscrito cada semestre en la clase de baile de K-pop Dance, un tipo de baile característico de Corea del Sur que las personas aman u odian, o aman y odian. No hay un nivel intermedio. Las personas que bailan K-pop no son muy bien recibidas y son considerados raros, al menos dentro de esta escuela. Y así es como un chavo de 21 años, chaparro, gordo y moreno toma una de las clases más excluidas dentro del Tec. Y, debajo de todo, ese chavo es el peor bailarín de la clase.

—Desde que empecé a dar clases, Jesús se ha metido cada semestre conmigo —nos dice Lorena Corona, la maestra de K-pop Dance.

Dentro de sus cuatro años como profesora, Lorena ha tenido aproximadamente 130 alumnos. Con toda la experiencia en baile y en enseñanza, ha conocido todo tipo de bailarines. Ha visto de todo.

—Del 1 al 10, creo que Jesús tendría un 4 en cómo baila.

Dentro de un salón con 30 a 40 personas cansadas, sudadas y sedientas, Yísus sigue de pie:

—¡Démosle otra, we, ya casi la sacamos completa!

Es el último de la fila en todas las canciones, pero también es al que más oyes gritar.

—En algún momento le dejó de dar pena todo y se empezó a interesar en hacer amigos y ya —nos dice Chi, su amigo y compañero de baile.

Creo que soy optimista y gracioso, he sufrido como cualquiera, pero creo que nadie merece sufrir.

Y así es como Yísus, con un déficit de talento pero con un superávit de entusiasmo y voluntad, se ha vuelto amigo de muchas personas.

Al preguntarles a sus compañeros y a su maestra sobre cómo baila, obtenemos las siguientes respuestas:

—La verdad nunca me he fijado en cómo baila, no resalta en mi opinión —nos dice Chi.

—Me da mucha risa las caras que hace y cómo baila, pero pues le echa ganas —dice Paco, uno de sus mejores amigos.

—Baila feo, pero le echa ganas —admite Lore, su maestra.

El propio Yísus lo sabe: baila del asco. Pareciera que sus brazos y sus piernas pelearán por quién se mueve más raro, y después entra la cabeza a la competencia para terminar ganando. Patético. Dentro de un salón lleno de gente rara, Yísus es la persona menos relevante, pero al mismo tiempo la más importante. Es como si el fracaso encontrara la manera de ganar.  Después de horas sin parar de bailar la misma canción, ¿quién sigue intentándolo sin tener señal del más mínimo progreso? Pero al mismo tiempo, ¿quién anima a sus compañeros, quién molesta a la maestra, quién lanza otro chiste cuando ya nadie tiene aliento para nada? En este punto no sabemos si sentirnos apenados o orgullosos de él. Dentro de un ambiente de estrés y cansancio, Yísus puede ser, al mismo tiempo, el más agotado y el más exaltado.

—Le gusta ser como es y le vale la opinión de los demás —nos dice su maestra sobre su actitud, que no cambia aún cuando la gente le dice que se calle.

Es increíble cómo Yísus ha logrado desarrollar la confianza en sí mismo y a la vez aceptar el rechazo social. Parece que está en una constante batalla moral entre su bienestar emocional y la imagen que quiere mostrarle a la gente. Hemos compartido dos años con él en la clase. Nunca hemos visto que sus problemas lo derroten. Yísus tiene la misión de llegar a la clase, olvidarse de él mismo y buscar la felicidad e inspiración de los demás. Su única función en esa clase es hacer que los otros bailen mejor.

Yísus es lo opuesto a la concepción que tenemos de un bailarín. No es guapo, no es flaco, no es alto y muchas personas lo pueden considerar insistente. Pero nos da una perspectiva nueva sobre qué puede ser un bailarín: un compañero regordete que te levanta del suelo para que no pares de bailar. Y, ya parado, te voltea a ver, sonríe como un niño de cuatro años y dice: «¿qué tranza, we, listo pa’ seguir?». Y aunque sientes una vibra incómoda dentro de ti, uno termina relajado y con entusiasmo para continuar.

No todos piensan así, eso es obvio. Muchos pueden pensar que Yísus busca hacerse el tonto o llamar la atención, y eso molesta a muchos. Pero es muy probable que estas personas no busquen un trasfondo del por qué Yísus es como es. ¿Será así para evitar problemas personales?

Una tarde, sentados alrededor de una mesa, Yísus se encontraba haciendo un trabajo para su clase de «Entrega de proyectos», un curso de su carrera que le pide hacer un plano de un edificio. Su compañera le decía lo pésimo que estaba el trabajo que había realizado. Al pedir nuestra opinión, tuvimos que admitir que el trabajo de Yísus era horrible. Cuando finalmente su compañera se fue, empezamos a buscar respuestas del por qué de su comportamiento:

—Nos sorprende cómo tu ánimo no cambia a pesar de que te griten y te juzguen —admitimos.

—Pues ya ven, hace tiempo me preocupaba y sentía mal por las cosas que decían los demás —nos contestó mientras siguió trabajando en el plano de su edificio.

—¿Y por qué ya no te preocupas?

—Pues me he dado cuenta que prefiero buscar la manera de hacer feliz a los demás para así yo saber que hice algo bueno y sentirme feliz —Yísus termina de hablar, nos voltea a ver y sonríe.

Así es Yísus, un fracaso extrañamente exitoso.

Si tenemos una cosa clara es que Jesús Salvador González Ugalde no sabe bailar. Puede que pasen los años y esto siga sin cambiar. Pero si algo será diferente, es la actitud con la que baila. Él no está en esta clase de K-pop porque le guste bailar. Probablemente ni siquiera esté aquí para aprender. Él lo hace por las amistades que ha logrado tener y porque, aunque tal vez nadie se lo haya dicho, sin él en esta clase los demás no tendrían la motivación y el entusiasmo que se requiere. Yísus ha logrado algo mejor que tener buen talento.