Escribir es morir

por Erick Rosales

¶ En la bahía donde convergen los horizontes del cielo y el mar, existe la muerte. No en forma de final que uno esperaría de un acontecimiento frecuente u ordinario, sino de un principio: el principio del espíritu, del fantasma. Cuando lo ves, a veces es mejor quedarse quieto. Esperar que el fantasma hable, seguir con tu vida; que grite, pero ignorar sus plegarias; perdonarlo, llorar en conjunto. Nunca desaparece, ni se alinea, ni busca sincronizarse con tu cabeza; sólo está ahí, esperando. Al acecho.

Quien diga que su fantasma y él son uno, es un farsante; quien publique todo lo que el fantasma grite es un mediocre; quien encierre al fantasma en pláticas académicas es un imbécil. Está ahí para volver la vida más fría: para que todo lo que veas se transforme en signos de algo más. Escuchar a Prince y ver ahí una fijación particular con Nabokov. Ves un cerdo al que le llamas gorrino, pasa de ser un animal a un niño. El fuego reflejado en cada lago se parece un poco más a Dios. Toma al fantasma: cúbrelo con letras, arrúllalo con música, trázalo, píntalo, haz que otros lo actúen. Y continúa hasta que eventualmente llegue el día.

Los recuerdos que uno guarda en su cabeza suelen mostrarse rotos o velados; no hablan, hasta que algún acontecimiento los obliga. En tu caso, la noche hace que sus cenizas canten. Mientras la oscuridad pierde su razón de ser, en el vecindario donde conviven tus pensamientos y la locura, todos gritan cuando las estrellas se caen. Tú no. Tu fantasma tampoco. Él se levanta; con la mirada fija en lo que antes era el cielo, susurra:

Tráeme la noche.

Y la noche llega hacia ti para correr en el bosque como si fuera un juego de niños. Bailas con ella hacia tu destino, con dos fouettés y un contoneo, cuando un mar con olor a ruido se interpone en el camino. Antes de saberlo, la danza terminó en sollozo porque la noche ya no está contigo. Pero antes de mirar al frente ves tu reflejo para descubrir que, si la Noche portaba de armadura un sentimiento, ahora vistes igual a él, tu fantasma que está delante de ti y huye. Con lágrimas, sabes que lo tienes que seguir. El mar se hunde en tu fantasma y de sus últimos suspiros nace un ensayo. Éste. A medida que tú también desciendes, ves los últimos signos de este mundo. Fantasma como arte; noche como razón; luna como fin; cielo como belleza; mar como pasión; bahía como inspiración; muerte como texto. Cuando el arte se sumerge en una pasión confinada por belleza, nace el texto. Ese proceso, en el que tus razones te abandonan y la pérdida te hace conocer mejor cada uno de sus colores, es la muerte: la escritura.

Cuando crees que ya todo terminó, despiertas en el mar con el extraño sentimiento de que este siempre ha sido gris. Soñé estar aquí. Te levantas en la bahía y lo recuerdas todo. Pero no recuerdo despertar. Cuando miras a tu lado y ves una sombra posarse sobre la tierra, alzas la vista al sol. Entonces, con el fantasma o la ruina de una sonrisa en el rostro, declamas: en la bahía donde convergen los horizontes del cielo y el mar, existe la muerte.