Ampliados –un perfil de un asentamiento suburbano

por Daniela Jiménez, José Manuel Aguilar y Ana Paula Gómez

Nota al lector: para manifestar lo siguiente nos fusionamos. Daniela Jiménez, José Manuel Aguilar y Ana Paula Gómez nos entrelazamos para contar una sola historia. Querido lector, nos narraremos como «ella» –porque, mayoría–, pero por favor intenta visualizarnos neutrales, sin contexto o gustos. Es más, ni nos imagines.

El primer hecho llamativo es el nombre: «Ampliación». Desde un inicio suena marginal, apartado, lejos, desplazado. Sin embargo, tan sólo el título me dio un factor clave para entender su realidad: el contexto, todo lo alrededor. Ampliación Las Margaritas o Ampliación San José (como suelen llamarla las familias que la habitan) es un asentamiento informal ubicado en San José el Alto, detrás de Menchaca, a sólo algunos kilómetros del centro de la ciudad.

Se entiende por asentamiento informal al conjunto de mínimo 8 familias agrupadas o contiguas con carencia legal de uno o más servicios públicos y en donde al menos la mitad de la población no cuente con derechos de propiedad del suelo donde se encuentren ubicados. Este es el caso de Ampliación, donde alrededor de 60 familias coexisten desde hace 8 años. Todos los terrenos son de origen ejidal y ninguna familia posee algún contrato o marco legal para respaldar su propiedad. Tan solo en la ciudad de Querétaro hay 170 asentamientos similares, y 800 en todo el estado.

 

Todo es una manifestación de no pertenecer

Llegar a Ampliación implica una vuelta en U ligeramente ilegal en medio de la carretera y una bajada empinada donde sólo los valientes (o no muy conscientes) se aventuran en coche. Después de estacionarme en la calle donde el pavimento delimita Ampliación y Las Margaritas, bajo en pendiente por un camino improvisado entre los matizales y las piedras. La comunidad existe en un largo camino, quizá medio kilómetro de enredadera. Las viviendas de lámina, cartón y desechos se esconden en las ramificaciones de la calle principal, hasta la punta de la barranca que da al otro Querétaro, ahí donde se observa el nuevo fraccionamiento Privalia Ambienta. Dos realidades que representan perfectamente a un estado que, a pesar de ser de las entidades federativas con menor pobreza a nivel nacional, 635 mil de sus habitantes carecen de los recursos esenciales para vivir.

Parada ahí observo la vivienda de la señora Adela y, un poco más abajo, la de su hija. Camino hacia la casa de la familia Juárez en la orilla este. En el trayecto me topo con dos niños jugando fuera de su casa, saludo a la señora de la tiendita y paso frente a dos hombres mayores que platican sentados en las piedras. Llegar al terreno incluye una bajada más y una vuelta consecuente a la derecha. Ahí, toco la puerta, un pedazo de madera amarrado con alambres y recargado en el relieve del piso. En un par de minutos sale Teresa. Me invita a pasar. Veo a unos metros la casa de su mamá y su hermana.

Caminamos al cuarto donde viven. De madera, con 18 metros cuadrados de espacio, han encontrado la forma de apropiarlo y personalizarlo. Lo primero que se observa al entrar es un pequeño altar a la virgen María empotrado en medio de la pared principal. Luego, dos camas, ambas con ropa o materiales de costura encima. En el alfombrado y por montones, diminutas cabezas, brazos y piernas de tela. Muñecas con cabello, vestido y a veces caras. Dentro me saluda sonriente Ubaldo, su esposo. Me invita a tomar asiento en una de las camas, mientras ocupa un espacio en la opuesta y Teresa se sienta en la máquina de coser que inunda, física y conceptualmente, el centro de la vivienda. Es sábado; los veo pasearse en ropa casual. Puedo notar que llegué a interrumpir su rutina, por lo que les pido que continúen con lo suyo y me platiquen mientras siguen con los pendientes.

 

Un lugar, sobre todo uno como este, puede definirse por medio de las personas que lo habitan.

Ubaldo Juárez y Teresa Ávila nacieron en Santiago Mexquititlán, Amealco. Tez morena, cabello oscuro, ojos cafés y manos cansadas. Son el reflejo de un México negado. Un México con un clasicismo infundado en la cultura donde 1% recibe el 21% del total de todos los ingresos. Teresa y Ubaldo reciben más bien poco.

Me platican que siempre se han dedicado al trabajo de costura. Se conocieron antes de los 20 años mientras trabajaban en una maquiladora. Actualmente se dedican a hacer muñecas artesanales y las venden por medio de una señora que los ayuda a distribuirlas. En este punto, Teresa toma las riendas del relato, a pesar de no haber mostrado gran interés en la entrevista inicialmente.

Yo quedé huérfana desde chiquita. Crecí en la ciudad de México», dice. «Mi mamá era estricta, no tenía quién le ayudara.

Cuando Teresa cursaba tercero de primaria, su mamá le prohibió regresar a la escuela. La situación económica era muy difícil y no era posible destinar dinero a la educación. Teresa se escapó a su escuela todavía una semana más, pues su mamá partía a la Ciudad de México mientras ella permanecía en Amealco. Un día su mamá se dio cuenta y se quedó para asegurarse de que no sucediera otra vez. Me cuenta que sí le gustaba mucho la escuela. Desvía la mirada y su voz cambia a un tono más agudo cuando habla al respecto.

Me gustaba todo lo de dibujar. Como el arte. Hasta ahora, cuando le dejan algo así a mi hijo, a mí me gusta hacerlo.

Suspira discretamente y cambia el tema. Empieza a platicarme sobre su trabajo en la maquiladora; Ubaldo complementa sus comentarios. Hablan sobre las condiciones de trabajo. Cómo el espacio estaba muy sucio y siempre había aserrín por todos lados. Les pagaban $50 al día, no tenían ninguna prestación ni posibilidad de aumento. Cuando se conocieron, Ubaldo trabajaba por temporadas en el campo, pero el crecimiento de grandes empresas acabó con los plantíos familiares. Él es de origen indígena. El trabajo se volvió cada vez más peligroso y ocasional. Finalmente, Ubaldo decidió venir a Querétaro a trabajar en la sastrería de su hermano. En Amealco, Teresa estaba embarazada y seguía trabajando en la maquiladora. Trabajó hasta su último día de embarazo, sin vacaciones, incapacidad o finiquito. Le dijeron que al recuperarse podía regresar y traer a su bebé, pero ella consideró que las condiciones no eran adecuadas y renunció.

Nos hacían como explotados.

Le dieron 700 pesos por los 6 años que había laborado ahí.

 

Los padres y sus hijos

Teresa y Ubaldo tienen 3 hijos. La mayor, 19 años; el mediano, 12, y la pequeña, 2. Mientras hablan de su llegada a Querétaro, ella recuerda el nacimiento de su primera hija:

Yo no entiendo a los doctores. Primero nos reclaman que dejamos mucho tiempo entre cada hijo, pero si tienes muchos chamacos también se quejan. Nosotros no queremos tener tanto niño, como para que luego no tenga qué comer, o qué ponerse.

Durante la primaria, su hija mayor asistía a la escuela en Amealco, mientras sus padres trabajaban en la ciudad. Cuando terminó sexto, la trajeron a Querétaro y la inscribieron a una secundaria en Menchaca. Al principio fue muy difícil. Teresa me platica que los primeros meses aquí no podían encontrar trabajo y se dedicaban a vender dulces en las paradas de autobuses. De los 60 pesos que ganaban al día, le daban 40 a su hija para que fuera a estudiar. Con dificultades, Teresa me dice que fue complicado, pero que siempre iba a hacer lo posible porque sus hijos tuvieran mejores oportunidades que ella. Sin embargo, unos meses después de matricularse en la escuela nueva, su hija empezó a ser más reservada. Ya no quería ir a la escuela, y por más que Teresa le preguntaba, la niña no soltaba razón.

Le quisieron hacer bullying por ser de piel oscura, por ser de rancho. Ella no nos quería decir. La tenían amenazada de que nos iba a pasar algo, de que ya nos conocían. Ella sólo se ponía a chillar y me decía que no quería ir a la escuela. Un día le esculqué sus cosas y le encontré un papelito con puras groserías. Estaba horrible.

Al mencionar esto, Teresa rompe a llorar. Se quita frustrada las lágrimas de los cachetes y trata de respirar hondo para seguir. Me cuenta que al día siguiente fue a la escuela y habló con la maestra al respecto. Pidió una junta con las mamás de la agresoras. Sólo se presentó una, que justificó todo en la situación económica de Teresa y su familia. Le dijo que le pasaba eso por «pobre, india y fea». A esta altura, las mangas de la blusa no son suficientes para desaparecer toda el agua salada. Ubaldo la observa con ternura y preocupación desde la cama.

Esa escuela de por sí está muy fea. Ese año se mataron dos niños por bullying. Sus papás no les creían y no se daban cuenta. Un día llegaron de trabajar y encontraron a uno de ellos. Se ahorcó con el cordón del pants de Educación Física. En otra ocasión le dispararon a un niño afuera de la escuela, sus mismos compañeros.

Teresa cambió a su hija de escuela al final del primer año de secundaria. Sin embargo, ella decidió salirse antes de terminar segundo; dijo que ya no le interesaba. Entró a trabajar y eventualmente se juntó con un muchacho. Unos meses después se embarazó y tuvo a su hijo. Un día por la mañana se fue a la Ciudad de México sin previo aviso. Ubaldo y Teresa ya no hablan mucho con ella, a veces se comunican, pero la relación se escucha distante.

 

* * *

 

Ha pasado alrededor de una hora y media de conversación. Durante todo este proceso, el hijo se mueve impaciente mientras ayuda a su papá a separar las muñecas en proceso de construcción y sus materiales. Ha sonreído a ciertos recuerdos y narraciones de su madre, se manifiesta orgulloso. Cuando la atención recae en su persona, esconde la cara en las manos y espera a que se cambie el tema. Me cuenta que está en primero de secundaria, en el turno vespertino. Le gusta mucho la geografía y usa una chamarra con estampado de leopardo.

El muy canijo perdió su tarjeta de transporte. Ya van dos veces que me la pierde, y reponerla cuesta 200 pesos. Lo bueno que a veces se pega con sus compañeros para no pagar pasaje.

Teresa habla juguetona y rueda los ojos. El niño observa el contexto y habla por primera vez en un rato. Dice que sólo tiene amigos en la escuela, no lo dejan salir a jugar en la colonia. Teresa después da la razón de esto:

Es que casi todos se drogan. Me da tristeza por esos niños. Nueve o diez años y a cada rato los anda trayendo la policía.

Me comenta sobre lo sencillo que es obtener drogas por ahí, especialmente para los niños. Me platica sobre una vez que estaba comprando unos materiales en la ferretería y llegó un chico. Saludó al dueño y puso 33 pesos en el mostrador. El dueño lo miró, se metió a la trastienda unos minutos y regresó con un bote de resistol.

Así, sin más. Yo creo que ya saben qué buscan. No hay familias aquí que no le hagan a eso; a la marihuana, al resistol. Simplemente la señora de aquí en frente. Casi todos sus hijos se drogan.

Teresa voltea a ver a su hijo seria, y luego se dirige a mí.

Yo ya le he dicho: primera vez que lo agarre, yo sí lo voy a anexar, y ni crea que lo iré a visitar.

 

Los otros: los vecinos.

Al hablar sobre los vecinos, aparece la inseguridad. Los robos a casa-habitación son extremadamente frecuentes. Resulta una situación tan presente que, cuando quieren ir a visitar a la familia en Amealco, se turnan.

Si no se queda uno, se llevan todo.

Cuando pregunto sobre la violencia en la comunidad, se detienen unos momentos a reflexionar y responden que notan un peligro real. Me cuentan que la policía no pasa por ahí, incluso si la llaman.

Y cuando vienen, vienen tres o cuatro. No llega ninguna sola. Una vez apedrearon a una patrulla por venir a checar lo de un robo. Le destrozaron todo el coche.

Ubaldo nos cuenta una anécdota donde, durante un conflicto por un terreno, un señor se disparó a sí mismo por error.

Se sentía muy hombre. Quiso presumir y se disparó en el pie. Se lo llevaron a la policía.

Teresa me platica sobre otra ocasión donde se pelearon unas familias y unos muchachos jóvenes se pusieron a apedrear su casa. En ese momento, el techo era de lámina y cartón. Sólo tenían una cama, así que se escondió con sus hijos bajo la cama mientras su esposo intentaba llamar a los policías. Nunca contestaron. Mientras Teresa habla, Ubaldo se esfuerza en peinar a su pequeña con dos colitas. Lo vemos frustrase unos minutos hasta lograr el objetivo. Sin embargo, no logra encontrar el sentido a las ligas y camina hacia Teresa para que ella amarre el peinado. Observo su dinámica de pareja y se visualizan complementarios. Les pregunto sobre su matrimonio y sonríen.

Nos tienen envidia porque nosotros estamos bien. Nosotros no peleamos.

 

* * *

 

Les pregunto sobre el sillón postrado entre la máquina de coser y la cama donde me siento. Comentan que está hecho de dos llantas de coche y una de motocicleta. Cubierto con retazos de mecate, plástico y bordado artesanal. Sin embargo, me luce como pieza de mueblería. Cuentan que unos chicos del Tec les prometieron implementar un proyecto para vender su trabajo. Sin embargo, nunca les explicaron a detalle sobre el proyecto. Metieron su sillón a un concurso, donde se llevaron el primer lugar y ahí quedó.

«Yo no dormía para armar ese sillón. Entre sueños lo construí», menciona Ubaldo. Y Teresa agrega: «Esos chicos solo nos ilusionaron. Decían que la gente se peleaba por ese sillón, pero después de entregar su proyecto nos abandonaron.

Les regalaron una celda solar que ya no sirve, y se llevaron otro centro de mesa que habían hecho para ellos.

 

Los hijos: los sueños.

Por último, les preguntamos sobre sus sueños. Se voltean a ver, un poco confundidos, un poco alarmados. Como si ese tema abriera laceraciones no cicatrizadas. Después de unos minutos habla Ubaldo:

Queremos salir adelante, echarle ganas. Poder comprar una casita y mudarnos. Queremos lo mejor para nuestros hijos.

Teresa reflexiona más su respuesta. Cuando Ubaldo termina de hablar, ella me mira pensativa y manifiesta lo que aspira.

Queremos tener un taller, o un lugar donde vender bien las muñecas.

Ella me sonríe y mira a sus hijos. Me dice que lo único que quieren es un mejor futuro para ellos, lo mejor que puedan darles.

Según un estudio del CONEVAL de 2016, la realidad de la familia Juárez es la realidad de al menos 53.4 millones de mexicanos. Mexicanos cuyas oportunidades se ven limitadas por su origen étnico y su situación socioeconómica.

 

Un horizonte con historia

Al terminar la entrevista me invitan a comer con ellos. Acepto alegre. Se trata de carne asada, cebolla y chiles. Es la comida de celebraciones importantes, como las navidades y los cumpleaños. Ahí están todos: Ubaldo, Teresa y sus dos hijos, además de la mamá de Ubaldo, la de Teresa y su cuñada. Nos sentamos en las cubetas volteadas y algunas sillas disponibles. La comida se cocina en un comal a unos centímetros del piso y la leña improvisada debajo. El día está caluroso, pero un árbol nos da sombra. Ubaldo y su mamá conversan en otomí y Teresa me cuenta sobre una hierba, parecida a las verdolagas, que suelen comer a diario. Cuando me despido de ellos les agradezco su tiempo, apertura y confianza. Me dicen que esperan verme pronto. Al salir me siento diferente, como haber descubierto un universo en los detalles. El horizonte de láminas, madera, cartón y cobijas ahora tiene una historia.