Monumento a la Revolución

por Padme Trujillo y Sari Salgado

¶ Un perfil en seis partes del ataúd de la incomodidad, la urna de la flojera, el cofre derroche de poder, la burbuja metálica de la introspección, el cajón divulgador de música irónica. Sí: un perfil del elevador.

 

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Los humanos caminan. Los humanos corren. Los humanos se arrastran. Pero en ningún apartado del «manual del Homo Sapiens» se recomienda moverlos verticalmente. Los humanos estaban destinados al plano horizontal. El entorno del desarrollo de esta especie está envuelto por un campo magnético que limita su dominio de las dimensiones. Los humanos poseen la capacidad de circular libremente por el mundo (tanto como el paisaje y las condiciones políticas lo permitan), siempre y cuando ese tránsito no implique separarse del suelo por más de unos segundos.

Fue apenas hace unos trescientos años que la conciencia colectiva comenzó a familiarizarse con la naturaleza teórica de aquello que los empujaba contra la superficie terrestre. Y los humanos decidieron que eso también lo querían romper. A principios de 1800 los edificios se hicieron más altos. El anhelo por despegarse del suelo hacia el cielo se cumplía, pero una barrera limitaba la altura de las edificaciones: la pobre condición física de los muslos de la gran mayoría de las personas. La sudoración y el cansancio no eran opción.

Grecia antigua: cuerdas, esclavos y animales trabajaban en conjunto para bajar y elevar personas y materiales. El ascensor primitivo, inseguro y poco elegante, evolucionó con el tiempo a versiones ligeramente más elegantes pero igualmente inseguras. Hasta principios del siglo XIX, el miedo a un viaje vertical de más de tres pisos era algo frecuente en el mundo. En 1852, Elisha Otis tuvo la idea de un sistema de freno de emergencia que mejoraba tremendamente la seguridad del desplazamiento vertical. Los edificios comenzaron a ser más altos y el lujo comenzó a transportarse a los cuartos más elevados. El freno de seguridad logró el verdadero éxito del transporte vertical. Con su sistema de frenado, Otis logró perfeccionar la caja antigravitatoria fugaz, la cámara de intimidad momentánea, la urna de la flojera, el cofre derroche de poder, la burbuja metálica de la introspección, el ataúd de la incomodidad, el cajón divulgador de música aburrida, la jaula tecnológica: el elevador.

En 1904 se instalaron las primeras dos cajas sube y baja en Latinoamérica, ambas en México. Una en la entonces residencia presidencial: el castillo de Chapultepec. Una caja con elaborados y coloridos vitrales que otorgaban una sensación de fragilidad y fascinación. La otra se instaló en el Hotel Imperial, en el puerto de Veracruz. Más tarde, el Monumento a la Revolución instaló un elevador sobresaliente: una cabina de cristal que ofrece en lo más alto, a 67.5 metros de altura, una visión panorámica de la Ciudad de México. Suena a una experiencia cautivadora, sí. Pero si hubiéramos vivido en México durante 1938 y visitado dicho edificio, se hubiera presentado ante nosotros la oportunidad de viajar en el único elevador que, además de tener una decoración art déco, su trayectoria describía una curva.

 

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Fúnebremente iluminados, decorados con espejos y sin rastro de ventilación, esta caja es lo más parecido que tenemos a lo que la ciencia ficción ha dibujado como una máquina para atravesar dimensiones. Ahí dentro, el mundo desaparece y el tiempo se retuerce. Se abre un espacio de transición. Existe un punto –un piso– de partida y un objetivo explícito –otro piso. Los segundos pasados en un elevador –al igual que aquellos que marca la cuenta regresiva del microondas– son un limbo. Ese punto que conecta el «ya no quiero estar aquí» (piso 1) con el «ya quiero estar allá» (piso 2). Tu deseo está en otra parte, y por mucho que tu mente quiera escapar, está sola.

Esos segundos de limbo introspectivo pueden volverse exponencialmente más profundos cuando el viaje, que planeas sea solo elevarse de un piso a otro, termine siendo un accidentado viaje hacia abajo. Uno de estos inesperados viajes hacia abajo le sucedió a un conocido del tío Marco. El conocido, un experto en transportes, estaba en uno de los últimos pisos del edificio de la secretaría. Tomó el elevador para bajar y, de pronto, se reventaron los cables. Al llegar al piso, rebotó el elevador «como una canica». Con una lesión en las cervicales, el conocido le cuenta al tío Marco que su verdadera impresión estuvo en percatarse que ante algo que desconoces, la vida, su vida, «pasa como la última historia que te cuentas en unos cuantos segundos, entre el lapso de darte cuenta que el elevador falló y la incertidumbre de saber si ese no será tu último viaje».

Son circunstancias y espacios como este los que obligan al humano que los experimenta a hacer uso de aquello que –se jacta– lo hace distinto al resto de los elementos vivos del ecosistema global: la conciencia. Ese elemento metafísico al cual la humanidad ha destinado tanta curiosidad. Aquello que se apaga cada noche, te desaparece por unas horas y te escupe de vuelta a una rutina que te mata lentamente. La conciencia ahoga tu espíritu, alimenta al capitalismo y entorpece el flujo de reflexión.

En ese estado mental incierto y ausente atravesamos una significativa parte de la vida. Generalmente son traslados y, al nacer cada vez más humanos y volverse las ciudades más grandes, la tendencia a pasar mucho tiempo transportándose crece. Los viajes en ascensor parecen fácilmente incorporarse a ese torrente de momentos automatizados que conforman la cotidianidad en espacios donde uno está disponible; espacios donde la dinámica consiste en usar el tiempo para absorber y replicar, y no tanto –o no nada– para contemplar y analizar. Sin embargo, su configuración pulcra y monótona, silenciosa e íntima, convierte al elevador en un santuario de introspección valioso.

Sus dos metros cuadrados y medio de vacío –como tamaño mínimo para ser legal– son un gran símbolo de escape momentáneo de la realidad. Su atmósfera de exilio nos dota de un regalo de claridad y sentir. Tienes aproximadamente diez segundos para percatarte de lo que acabas de experimentar en el piso uno, anticiparte a lo que te espera en el piso dos, escuchar el silencio artificial descrito por notas que fusionan jazz, lounge y bossa nova, observar tu reflejo en el espejo de gran formato y, con suerte, ordenar tus pensamientos ociosos. Es una experiencia particularmente individual e, incluso cuando hay personas invadiendo tu par de metros cuadrados de vacío, nace un juego llamado «no toquemos nuestros universos», donde las reglas de etiqueta fuera de los elevadores nos obligan a ofrecer y responder un saludo no deseado.

 

3

Son escasas las ocasiones donde tener compañía en un viaje vertical puede ser una experiencia agradable. Una de ellas sucedió en algún verano en alguna ciudad europea. Nunca antes sus contextos se habían tocado. Las probabilidades de coincidir eran minúsculas. No tenían por qué estar ahí. Pero estaban.

Qué agradable sujeto. Cuántas cosas en común. Qué fascinante colectividad. Exploraban el tiempo y recordaban las nuevas experiencias que una ciudad desconocida puede ofrecer. Pero el insignificante número de segundos que les fue otorgado para coexistir llegaba a su fin. Estaban a una noche de observar sus trayectorias separarse para siempre.

Así que se apartaron un poco del grupo, que disfrutaba de ahogar sus ojos y dinero en establecimientos con fama inmerecida. La espontaneidad los empujó a revolotear por calles aledañas y, cuando se dieron cuenta, gozaban únicamente del otro.

Era tarde. Había sido un día cansado. Se dirigieron al hotel. La última tarde de su breve intersección se esfumaba. Debían subir. Un edificio de diez pisos amerita un elevador y un día agotador como el que acababan de experimentar descartó cualquier posibilidad de usar las escaleras. Lo llamaron. Toda la tensión se vertió en esa espera.

Cuando estaba a punto de explotar, sonó la campana, sospechosa del clímax. Las puertas desbloquearon el amenazante pedazo de intimidad. Apenas entraron, un beso. Y una pausa en sus vidas. Desafiaron así la naturaleza de la jaula tecnológica: el elevador pasó de ser un espacio vacío a significar lo absoluto del instante.

El elevador llegó a su destino. Debían separarse ahí. Pero desearon estirar el tiempo un poco más. Y dejaron que las puertas los recluyeran nuevamente. El objeto de su deseo estaba ahí.

Nivel ocho. No le demos un final. Presionaron el botón de todos los pisos. El algoritmo, confundido, paró la caja en cada uno. Llegaron otra vez. Y otra vez. Ninguno deseaba bajar. Así fue cómo se envolvieron en un vaivén: ocho, dos, ocho, dos, ocho, dos. El infinito creado en ese pequeño espacio entre ambos pudo expandirse, pero no parecía sensato continuar explotando el escape del mundo cuando en cualquier momento podía romperse y desatar un caos en el exterior.

Ocho al fin.

 

Un diseñador de traje caro que trabaja para Mercedes-Benz, Steffen Köhl, dice con mucha razón: «el lujo es tener tiempo».

 

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Hace unos 200 mil años un homínido decidió pararse solo en sus patas traseras. Según la evidencia empírica, el evento fue algo revolucionario. Hace 10 mil años el mismo homínido se percató y después aprovechó la relación entre las plantas y la tierra. Hace 3 mil años se le ocurrió juntarse en grupos más grandes en ciertos lugares de Asia y Europa. Hace tal vez 2 mil 500 años, este familiar lejano del gorila comenzó a sentir curiosidad por el universo que lo envolvía. Se le ocurrieron explicaciones para tantos fenómenos físicos como podía observar. El humano puso su curiosidad en el mundo y comenzó a intentar describirlo en su totalidad, pero el conocimiento no fue el único resultado de esta curiosidad, pues el hombre sucede en sociedad. Los astutos que no querían describir al mundo se aprovecharon de lo que descubrían los curiosos para crear extensiones facilitadoras de la vida. Algún curioso comenzó la química para que sucediera el acero, pasaron siglos de matemáticas y lenguaje para que surgiera la computación, existieron años de física antes de que existiera un radio. Miles de años de sociedades de astutos, curiosos y despreocupados pasaron para que el elevador, una complejidad tecnológica llena de materiales brutales, luces artificiales, maravillas computacionales, pesos descomunales y una estética impecable, existiera. Generaciones y descubrimientos incontables, infinitas ideas, accidentes eventos, y un resultado pulcro: el elevador. Más de 900 mil de estas máquinas suben y bajan todos los días en el planeta, 88 mil millones de dólares se mueven alrededor de esta obra tecnológica cada año. Y nos subimos a ellos sin mirar y sin pensar.

 

5

Se cierran suavemente frente a ti las pesadísimas puertas de una aleación inquebrantable de metales, una música suave inunda el espacio iluminado uniformemente por una fuente de luz puramente blanca, viajas verticalmente dentro de una caja titánica. Maravillas impensables para Newton suceden frente a tus ojos. Locuras inexplicables para Galileo transcurren en tu presencia y tomas la decisión de concentrar tu absoluta atención en el acomodo de tu cabello. El elevador es un milagro tecnológico que pasa en la vida del humano actual como privilegio desapercibido. Se abren las puertas y uno camina de regreso al mundo sin percibir la joya humana de la que uno se acaba de bajar. En la mente del hombre usuario frecuente del ascensor no hay espacio para la admiración. Esa mente no disfruta de la maravilla porque le es imposible percibirla.

Antonia se subió a un elevador junto con otras dos amigas. Una vez arriba, pero antes de que las puertas se cerraran, Livana, amiga de Antonia, decidió saltar y retar a sus acompañantes a seguirla repitiendo la frase: «el que no salte es puto, el que no salte es puto». Antes de poder comprobar su heterosexualidad saltando, las tres mujeres escucharon un ruido grande que venía de las puertas. Se cerraron intensas y el elevador dejó de moverse. Un pequeño salto había terminado con la armonía funcional de este elevador. Inconscientes del milagro humano en el que estaban atoradas, las tres se dispusieron a bailar y comer en espera de sus salvadores. Al llegar el rescate casi una hora después del salto, la gente se reunió alrededor de las puertas que estaban por ser abiertas, las atoradas se divertían en su íntimo descanso de la realidad y los salvadores se preocupaban por las rescatadas. Todos concentrados en los humanos. Si estarán bien, si no habrán llorado, si el aire no se les habrá acabado, si no meterán una demanda. En la mente de nadie estaba lo triste del estado del elevador. En mente de nadie estaba la duda de qué detalle en ese complejísimo aparato habrá salido mal. Nadie pensó en repudio cuando supo que las atoradas le provocaron una falla fatal a la caja milagrosa.

¿Quién ve lo complejo? ¿Quién aprecia la realidad? ¿Quién contempla la expresión explícita del progreso humano, la conjunción maravillosa del avance de nuestra especie?

 

6

Usuario de elevador, destinado a la horizontalidad perpetua, posees la capacidad de vivir entre los que lograron romper hacia lo vertical.

Miembro de la sociedad humana, dotado por el azar con las circunstancias actuales, has nacido en un momento de la historia en el que los límites se desdibujan y lo artificial pasa a ser un estado inicial. Cuando se vuelvan a abrir las puertas, cuando te encuentres encerrado ahí entre el metal, cuando te eleves o desciendas sin esfuerzo y en silencio, recuerda por favor la libertad e intimidad que te otorga esta caja. Recuerda que tú eres dueño de ese limbo de reflexión y acción. Recuerda los años de progreso que fueron necesarios para su creación. Recuerda que la realidad es mucho más de lo que percibes cuando no quieres abrir los ojos. Recuerda que tu interior es mucho más de lo que percibes cuando tu pensamiento está exclusivamente concentrado en el mundo fuera de ti.