El patriarcado como el perreo: hasta abajo

por Mariana Fernández del Río

¶ El pasado 6 de mayo, el equipo de Erizas F.C. ganó la final del torneo interno femenil. Portaban los colores naranja y rojo y, a sus espaldas, los nombres de los hombres. Contrario al equipo femenil, el equipo Erizos F.C. varonil fue apoyado y patrocinado, pero –pequeño problema– perdieron apenas estrenaron sus playeras. Mientras, las mujeres luchaban por mantener vivo el nombre del equipo. Pero jugaban sin tacos ni espinilleras y, encima, en el peor horario, pues claramente la liga varonil es más importante para esta institución.

Pero la moneda dio la vuelta cuando las Erizas lograron llegar a la final (una final, hay que decirlo, a la que llegaron después de jugar, por falta de participantes, solamente un partido). Pero bueno, llegaron a donde los hombres no: a la final. Y llegaron también como los hombres no suelen llegar: con humildad. Las Erizas aceptaron el fallido uniforme de los hombres y lo portaron casi con orgullo.

El partido iba progresando y gol tras gol los hombres se retorcían en su orgullo hererado al ver a las mujeres ganar con la camiseta que ellos no pudieron llevar a la final. El árbitro pitó y el partido terminó 3-2. Las Erizas festejaron su campeonato, se llenaron de orgullo y regresaron a sus casas con sólo una palmadita en la espalda (good job, here’s nothing for you).

 

 

Cuando el partido de las Erizas se acabó, supe que iba a extrañar ver a las niñas jugar, ahora me tenía que esperar hasta junio para volver a ver un partido femenil. Así es, se acerca la Copa Mundial Femenina: 24 países jugarán este verano en Francia para demostrar quién es el mejor. Entre ellos, Alemania, Tailandia, Italia, Jamaica, Camerún, España, ¿y México? Ah sí, fue eliminado en la primera fase de las eliminatorias de la Concacaf, pero como era de esperarse: a nadie le importó. Ah, pero que no fuera la Copa Mundial (que no necesita «masculina» en el título) porque nos da el PATATUS: ¡los hombres sí nos representan!

Hace unos días la victoria del Liverpool contra el Barcelona fue de lo único que hablaban los mexicanos mediatizados, orgullosos de su equipo favorito o avergonzados por la derrota de uno de los clubes más grandes del mundo. Festejaban y lloraban (en qué poquita agua se ahogan, caray) sin siquiera ser europeos (¡coño, Mickey!). Fue, por cierto, el mismo día en el que la FIFA otorgó el mejor gol en la historia de los Mundiales Femeniles a la talentosa futbolista mexicana Mónica Ocampo. Hazaña que llena de orgullo a… ¡nadie!

Se festeja el campeonato de los hombres, se llora junto a ellos con sus lesiones, se habla por semanas de los partidos y se conmemora por años las mejores jugadas. El futbol es un espacio hecho por hombres y para hombres. El hombre habla, ordena y es protagonista, mientras que la mujer calla, obedece y es esclava de, sí, los hombres. Las mujeres que se dedican a jugar futbol se enfrentan al rechazo cultural y social que les evita crecer como deportistas. Casi la mitad de las futbolistas no cobran por jugar, mientras que el 87% se retira antes de los 25 años por el bajo salario que reciben.

Aunque hay algunas alegres y milagrosas excepciones, la desigualdad de la mujer en el deporte es una realidad todavía vigente. Las mujeres en el deporte no reciben el mismo apoyo ni se les paga igual que a los hombres, se les trata con indiferencia y se les da muy poca atención.

El patriarcado y la misoginia colocan a la mujer como objeto sexual; las mujeres son bien vistas en el mundo del futbol cuando se trata de edecarnes sexualidadas para el entretenimiento viril del hombre heteropatriarcal, pero nunca en la cancha. Es incongruente, retrograda y absurdo que el futbol siga bajo la consigna falocéntrica y se les niegue las mismas condiciones a las mujeres. Ya no igualdad o equidad, sino sólo el más simple y sencillo respeto. Pero no, ni eso.

Pero claro, cuando una mujer triunfa la primera en criticar su éxito es una mujer. El patriarcado ha tomado el control y ha normalizado estos pensamientos, también, en las mujeres. Cuántas veces quise practicar un deporte que mi mamá no me dejó porque «¡ay, mijita!, eso es de machorras, te van a lastimar», cuántas veces he pensado «¡qué feo cuerpo!» al ver en la televisión la tonificada figura de una deportista o cuántas veces he escuchado a una amiga decir «el deporte femenil es aburridísimo». Permanecemos, tramposamente, sumisas bajo el estereotipo heteropatriarcal.

El futbol es pasión, entrega, adrenalina y amor, y claro que las mujeres están comiendo de este manjar… pero sólo (y solas) las migajas. ¿La FIFA o cualquier liga dejaría jugar a los hombres en estadios vacíos? ¡Jamás! ¿Y a las mujeres? ¡Claro! ¿Los hombres reciben un buen pago por practicar futbol? ¡Obviamente! ¿Y las mujeres? ¡A duras penas les pagan!

En el 2015 las mujeres jugaron el Mundial Femenil en canchas de pasto sintético. Esto causó varias raspaduras sangrientas en los cuerpos de las futbolistas. Las leyes que regulan y protegen a las futbolistas son, también, patriarcales. Después de muchas quejas, una demanda (que las mujeres tuvieron que retirar debido a amenazas de la FIFA) y varias lesiones de por medio, hoy 2019 la FIFA decide que en el 2023 es obligatorio jugar en pasto natural. Mujeres: espérense 4 años para que la ley sea vigente, y mientras, síganle echando ganitas que esos 5 mil pesos que si acaso ganan no llegan solos.

Sí, 5 mil pesos mensuales (cuando el salario mensual más bajo en México es de 3 mil pesos) mientras que los hombres gozan de 3 millones de pesos al mes. El salario que reciben las futbolistas no les permite mantener un estilo de vida de atleta profesional, no les alcanza ni siquiera para trasladarse a entrenamientos, caso de Alicia Cervantes, por mencionar sólo uno. Cervantes, futbolista que jugó en el Atlas, recibía un pago de mil 500 pesos al mes. Solicitó un aumento, se lo negaron y decidió dejar el equipo.

Las ganancias en el futbol son principalmente de los patrocinios, derechos de transmisión, venta de entradas, derecho de licencia de productos y derechos de marketing. Hay 79 marcas con 108 patrocinios en los uniformes de las mujeres (115 marcas con 184 patrocinios en los uniformes de los hombres) y muy pocas televisoras donde se transmite o se habla del futbol femenil (por ende, muy poca ganancia), y cuando, ¡ay!, al fin lo hacen, comentan lo buenas están y no sobre lo bien que juegan. El trabajo y el esfuerzo de las mujeres no solamente es invisibilizado, sino que además es sexualizado. Reporteros y comentaristas basan el talento de las jugadoras en su aspecto físico, se detienen a comentar sobre sus lindas caras, sus musculocos cuerpos, ella sí, ella no, ¿y dónde quedó la narración del partido?

Cuando la mujer llega a la luz, su identidad sexual desvaloriza por completo su integridad, capacidad y talento de su propio éxito y mérito. En el futbol –también– la mujer es cosificada, minimizada, excluida, desvalorización, negada y violentada. El mundo del deporte femenino se parece al mundo de la Pasión de Cristo. Pero acá, entre nosotras, no hay redención.

No se busca ser igual que ellos, sino tener las mismas oportunidades y valor que nos merecemos, ya ni siquiera por ser mujeres, sino por el simple hecho de ser seres humanos.

 

 

Después de dos semanas, les entregan la Copa a las Erizas, premio que se le había olvidado a la coordinación (y hasta a ellas) tras días de la victoria. El equipo Erizas F.C. se parece mucho a cualquier equipo de la Liga MX Femenil: juegan con lo que pueden y con lo poco que tienen por pura pasión, con el mínimo apoyo pero con harto esfuerzo, atrapadas por su cultura pero demostrando que pueden llegar al éxito con o sin la aprobación de un «hombre». El deporte femenil está olvidado, se le hace (la mínima) promoción para colocarlo a la altura del masculino, pero no es suficiente porque al final del día, ¿quién se acuerda de tal equipo que quedó campeón?, ¿quién se acuerda de uno de los nombres de las futbolistas?

Podrán quitarnos nuestra atención, pondrán quitarnos nuestro reconocimiento, podrán hacer menos nuestro valor, pero una vez más: acá, entre nosotras, no hay redención. Podremos estar en el piso, pero no se confundan, estábamos perreando, y como el patriarcado: hasta abajo.