El Valle del monte Kenia

por Daniela Torres

¶ No sé si fue el traqueteo de la camioneta sobre el camino irregular, no sé si fue la gota de sudor resbalando por mis párpados, la voz ansiosa de mi hermano preguntando «¿ya casi llegamos?» o si fue el golpe final de mi cabeza contra la ventana mientras iba en la carretera hacia Valle de Bravo, pero, por un segundo, pensé despertar de nuevo en África. En Kenia, para ser exactos. África abarca cincuenta y cuatro países y 900 millones de personas a las que tendemos a generalizar. Costillas prominentes, pechos desnudos, ojos rogando por un poco de pan, guerras interminables, animales por doquier, calor sofocante, tierra sedienta, tierra salvaje… son solo algunos de los estereotipos que comúnmente le damos a este inmenso continente al otro lado del Pacífico, y los cuales se vinieron a mi mente en el verano del 2016 cuando me dijeron que viajaríamos a Kenia. Aparte de las ideas que me prometieron la tele y las redes, no sabía bien que esperar de este mítico y salvaje lugar.

Tres horas y media de carretera a Valle de Bravo no se comparan con las treinta y tantas horas que pasamos esa vez de correr, pasar seguridad, esperar, abordar, descansar, transbordar, esperar aún más, comer, dormir y volar para llegar a nuestro primer destino en Kenia: Nairobi. No esperaba mucho de la capital del país con 50 millones de personas donde cerca de la mitad de los niños de mi edad viven en condiciones de pobreza y donde el PIB per cápita es casi 6 veces más bajo que el de México. Sin embargo, recuerdo salir del impecable aeropuerto hacia un estacionamiento perfectamente alumbrado. Recuerdo que mientras recorría las calles bien pavimentadas, los espectaculares de Ford, Calvin Klein y Dior me recibían. Las luces de la ciudad se alzaban en el horizonte y yo estupefacta leía a la perfección todos los letreros, entendía las conversaciones ajenas de la gente y la explicación de los guías sin problema. Me sorprendí al pensar que sabía suajili… no, espera, era inglés. Y aunque ambas comparten el título como lenguas oficiales del país, por supuesto que hay una que toma protagonismo e importancia, mientras la otra es rebajada y oprimida.

 

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En Valle de Bravo las calles son angostas, apenas y pasan los coches. El tráfico en horas pico y fines de semana es demencial, igualito que en Nairobi. Las calles son las verdaderas selvas, con glorietas cada 100 metros que hacen del caos algo inevitable. Los coches que se atraviesan sin fijarse, los camiones graffiteados de rojo, azul, amarillo y verde transportan a la gente y esquivan con poco cuidado a los peatones distraídos. Los pitidos agudos de las bocinas no cesan y las motos que hacen de taxis se obstinan por pasar entre el apretado tránsito. Un desastre. Aun así, el tráfico parece ser lo único que se mueve lento en Nairobi. Los británicos fundaron la ciudad en 1899 como parada del ferrocarril hacia Uganda debido a su temperatura fresca y la disponibilidad de alimentos y agua, pero nadie pudo haber predicho en lo que se convertiría. A pesar de ser una ciudad joven, la tasa de crecimiento de la capital ha sido una de las más altas de entre todas las ciudades africanas. Los edificios coloniales pierden protagonismo conforme los nuevos proyectos inmobiliarios y los rascacielos aparecen en el horizonte. Mientras yo me movía lento por el tráfico, la ciudad se aceleraba a mi alrededor, dando lugar a un centro influyente y vital, con más crecimiento y oportunidades para algunos de sus habitantes.

 

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Mis paisanos estaban felices, sentados en las banquetas disfrutando de sus vacaciones como se debe: con unas buenas chelas. Su sonrisa y tranquilidad me recordó a los keniatas, quienes son la verdadera esencia de la ciudad. Hakuna Matata no sólo existe como una excelente canción que marcó la infancia de millones de niños, sino que «no hay problema» es la expresión favorita de los habitantes del país donde vivir despreocupados es la mejor opción. ¿Será la resignación causada por siglos de esclavitud y opresión? ¿Será el mantra «no lo olvides, pero perdona» de Jomo Kenyatta, el padre de la patria? ¿Cuál es la densidad de la paz con la que cargan los 42 grupos étnicos del país? Tras ese Hakuna Matata, tras el «no hay problema», un inconsciente que tampoco olvida; detrás de la actitud extremadamente servicial de los keniatas, se oculta el fantasma del colonialismo. Como en Valle.

 

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No importa quién fuera nuestro guía en Kenia, se llamaba siempre John. Si estaba buscando similitudes entre Kenia y México, creo que una de las más notables es, sin duda, que el nombre John, acá Juan, encabeza en ambos países las listas de popularidad. Le pregunté a Juan si podía prender la radio. Cantos incomprensibles al ritmo de los tambores era lo que yo esperaba oír, cuando la popular voz de Justin Bieber empezó a sonar. Le pedí que le cambiara y no tardé en distinguir al rey del pop con su himno Billie Jean. No me faltó escuchar el «Bebecitaaa» como en el taxi de Valle para por fin caer en la cuenta de que estaba en una ciudad como cualquiera otra. La globalización (mejor dicho, la occidentalización) del mundo, al parecer provoca que las ciudades actuales mueran por asemejarse. Cada vez es más difícil describir las rarezas y las cosas que distinguen a un lugar cuando hasta Enrique Iglesias se ha apoderado de la radio de Juan en Kenia o de John en Valle de Bravo. Esta dificultad la viven aún más los que se dedican al turismo, que luchan por resaltar la autenticidad de su país para asombrar a los expectantes visitantes. Para sortear ese obstáculo, nuestros guías nos mostraron lo más típico, el «Soleado» de Nairobi: El Carnivore.

La hostess del famoso restaurante nos dio la bienvenida con una sonrisa que contrastaba con su oscuro color de piel. Nos sentaron y enseguida otra mesera, con sus ojos negros y expresivos y con una falda verde vibrante, se acercó a dejarnos las bebidas. La tercera mesera, con pelo como estambre, pómulos prominentes y labios redondos, nos explicó la variedad de cortes que se ofrecían y que iban desfilando en espadas a nuestro alrededor: carne de res, de puerco, pollo, conejo, avestruz, cocodrilo, huevos de buey… todo un poco a nuestra disposición. Y más que el peculiar menú, yo no dejaba de admirar (y envidiar) lo lisa y sin imperfecciones que se veía la piel de las tres meseras. Ni siquiera me imaginaba que, por estadística, al menos una de ellas ya había sido víctima de violencia sexual. Más tarde también me enteraría que la carne de avestruz no es la única que se promueve turísticamente en Kenia, sino que el turismo sexual y la pedofilia se han convertido en un recurso habitual entre los más pobres. Como Acapulco, pues.

 

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El Airbnb que rentamos en Valle de Bravo tiene una cochera ancha y un camino pavimentado adornado con flores que te guían hasta la entrada de la casa. Un recibidor amplio te da la bienvenida, los adornos acaparan las paredes y, al fondo, los ventanales dejan ver la increíble vista al lago. Igual de ostentoso, pero sin los textiles zapotecas, usando máscaras de madera y escudos como decoración, estaba el hotel de Nairobi. Ambas propiedades llenas de lujos y comodidades, ambas con una inmensa puerta de roble que establece claramente la separación social entre ricos y pobres. Un paso afuera del hotel las mansiones se alzan a lado de chozas que luchan por mantenerse en pie, los centros comerciales se topan con las misceláneas kenianas que se caen a pedazos. Y los puestos, puestos y más puestos, gritos, chillidos, niños, animales, vendedores carroñeros que se parecen a los buitres que posan sobre los árboles de la ciudad, esperando cualquier oportunidad para lanzarse a su presa. Cualquier oportunidad para hacerse con unos cuantos chelines, con un poco de dinero, que a pesar de que la moneda cambie, se distribuye igual que en México: mucho para pocos, poco para muchos, y muy poco en el medio.

 

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Me metí a Facebook mientras disfrutaba mi paleta helada para encontrarme con mi feed lleno de memes del presidente. En Kenia, las fotos de su presidente Uhuru Kenyatta (casualmente el hijo del padre de la patria) también se encontraban por todos lados. En las paredes del hotel, del restaurante, de las tiendas, acompañadas siempre de letreros de no tocar, no acercarse, no tomar foto. Afuera, los uniformados con rifle protegen de igual manera las estatuas, los monumentos y los edificios de gobierno de un país que se independizó hace poco más de 50 años, pero que su clase política no ha podido dejar la costumbre de los colonialistas que los antecedieron. La población oprimida sigue su vida sin poder opinar y sin poder disponer de sus propios recursos. Una vez más, éstos se quedan en las manos a las empresas multinacionales extranjeras, y la corrupción termina siendo el mejor negocio para los bolsillos de los gobernantes. Por suerte en México esto no pasa: le di me gusta al último meme que vi y, si esto fuera Kenia, creo que yo ya estaría presa.

 

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Un perro pequeño, cafecito y rascuacho, uno que podría haber sido el mío si no le faltara una placa en el cuello con el nombre Jambo (así es, mi perro se llama «hola» en suajili), me comenzó a seguir desde que me compré mi esquite en la esquina hasta el puesto de pulseras tres cuadras más adelante. En el transcurso, me fijé en sus amiguitos: perros, grandes y chicos, pulgosos y polvosos que inundan las calles, que te ruegan comida y que te obligan a dar el volantazo cuando se atraviesan a media calle. Aún no se me olvida cuando íbamos en el coche en Nairobi, con John, y mi mamá notó la ausencia de estos amiguitos callejeros. «Desde hace unos años se han venido muchos chinos a vivir a la ciudad, y poco a poco han ido desapareciendo los perros», le contestó John. El silencio inundó el coche mientras sacábamos nuestras propias conclusiones.

 

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Íbamos hacia el parque nacional de Aberdare y yo me imaginaba un camino tortuoso en medio de la sabana, pero lo que tenía ante mis ojos podría haber sido perfectamente la carretera de Querétaro a Valle. O hacia Cuernavaca, o incluso hacia Morelia. Un camino a cualquier lugar donde haya poca vegetación y que se transforme poco a poco en una zona más boscosa y espesa. Un camino donde haya pueblos solitarios a un lado del camino, con habitantes que ponen puestecillos, pero sólo que, en vez de ver vacas en el camino, rumbo a los montes Aberdares se asomaban por ahí búfalos y se cruzaba una que otra cebra perdida.

Me acuerdo que en esa ocasión, por primera y única vez, nuestro chofer no era un John, era William. De repente, en medio de la nada y sin ningún pueblo solitario a la vista, nos topamos con un retén de policías. Como primer acto, Memo se bajó de la camioneta, discutió en suajili, volvió a subir, tomó su celular y sin decir nada se volvió a bajar. Se acercó a la orilla de la carretera, con una seña paró a una moto y, sin siquiera voltear atrás, se subió y se fue. Así, sin más. Acto dos: mi familia y yo abandonados en la camioneta. Los policías nos observaban y la rondaban, a mi hermano le temblaba la boca, mi mamá se hiperventilaba, mi papá la tranquilizaba mientras llamaba inútilmente a la agencia de viajes en México donde dormían profundamente un lunes a las 3 de la mañana. Veinte, treinta, cuarenta minutos. Acto tres, una hora después: William regresa. El problemita había sido que había olvidado su licencia de conducir (muy oportuno) y que los policías le estaban pidiendo dinero para poder dejarlo ir (ja, muy familiar), pero Memo muy obediente siguió el lema de la compañía: «No molestar al cliente», y se fue entonces al pueblo más cercano a conseguir el dinero para los policías mordelones.

 

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—Ya te pagué el boleto, no tienes de otra —me dijo mi papá mientras discutíamos sobre el vuelo en parapente. La camioneta que me subía a la montaña estaba toda destartalada y el polvo se colaba por las rendijas. Fue como sentirme en Kenia una vez más. Dos horas de masaje gratis nos habían prometido esa vez y terminó siendo la peor broma y las dos horas en la peor terracería del mundo. Mi cuello fue testigo. Pero valió la pena. Un campamento con el espíritu romántico de los tradicionales safaris era lo que nos esperaba al final del camino. Siete tiendas que combinaban a la perfección con el paisaje marrón amarillento que nos rodeaba. Estaban perfectamente equipadas: camas, escritorio, clóset, baño, regadera con agua caliente, electricidad y hasta Safaricom (el, digamos, infinitum de allá).

Por la tarde, la caminata con el guía masái de túnica roja, piernas muy flacas y ligeras, pies cubiertos solo por unas sandalias tan delgadas como hojas, y una lanza con cinco leones en el historial, nos llevó hasta un picnic donde vimos al sol ponerse. Y confirmo, sí era como en el Rey León. La mancha amarilla inmensa teñía el cielo de un naranja vibrante y las acacias se volvían siluetas negras en el horizonte. Más tarde, los masáis cantaban Jambo, Asante Sana, Karibu Sana mientras bailaban alrededor de la fogata bajo un cielo infinito plagado de estrellas. Una verdadera fantasía africana.

 

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Salir de noche en Valle de Bravo consiste en pasear de antro en antro esquivando un taxi tras otro; en Kandili Camp, ir de tienda en tienda era un lujo que no nos podíamos dar en la oscuridad. El riesgo allá era que saliera un león de entre las hierbas y el pastizal. Desde la comodidad de mi cama, oía a las hienas que aullaban a lo lejos, como riendo, frenéticas por haber encontrado comida. Pero en la mañana, el panorama era más tranquilo. Salimos del Kandili Camp hacia un parque de mil quinientos kilómetros cuadrados de extensión, el másai Mara. En la supuesta entrada, los másais vendían collares coloridos hechos con chakiras y pulseras de la suerte hechas con pelo de elefante. Esta reserva es el hogar de la mayor migración animal del mundo; en sus llanuras habitan leones, elefantes, búfalos, rinocerontes y leopardos. En una inmensa planicie que comparten con cebras, miles y miles de ñus, changos que saltan de rama en rama con sus bebés en la espalda, jirafas que mastican tranquilamente, topis con la mirada alerta a los depredadores que se ocultan entre el pastizal, cocodrilos listos para cazar al animal distraído cerca del agua e hipopótamos bañándose en lodo.

 

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Cuando llegamos a la cima de la montaña y estaba a unos pasos de volar en parapente, miré el precipicio. Sentí el mismo vacío en el estómago de cuando miré por la ventana del avión y vi Kenia por primera vez. No había vuelta atrás. Tenía que vivirlo. Expectante, con mil y un ideas de lo que sentiría y de lo que pasaría, me lancé a ese paisaje maravilloso. La visión desde las alturas me dio una nueva perspectiva. Fue igual que la forma en la que brevemente conocí a Kenia, una miradita rápida, pero que bastó para cambiar mi panorama. La Kenia antes pintada en mi mente era otra muy diferente a la que conocí. Kenia ya no era una realidad lejana, distante a mí. Kenia ya no era sólo hambre, sequías, corrupción y desigualdad, también es ya bosques verdes, biodiversidad, personas amables y alegres. Y pensé: desde aquí arriba, no es tan diferente, hasta si tomara una foto, cualquiera podría confundir Valle con Kenia.