«Inferno Varieté»

Lechedevirgen Trimegisto –un perfil de Felipe Osornio

por Ana Paula Gómez

¶ El nombre, híbrido entre la legendaria figura de Hermes Trimegisto, padre de los alquimistas en la antigüedad clásica, y una sustancia mitológica capaz de curar y transformarlo todo. La fuente de vida eterna, la piedra filosofal: la leche de virgen. El humano, 28 primaveras de vida y diseñador de todo en su camino.

El primer acercamiento al arte que tuvo Felipe Osornio, encarnante de Lechedevirgen, fue el dibujo.

Mi mamá me recuerda que los primeros dibujos que hice fueron una sirena y un robot. Ella esperaba que yo continuara haciendo robots, pero no, continué haciendo sirenas.

Creció en un Querétaro de bota y sotana que se ofendía por la libertad del otro y escondía las mejillas amoratadas con maquillaje. La costumbre de esos años lo formó; un sistema religioso severo que se disfrazaba entre valores morales, ciertos límites sociales que posaban como mandamientos y un rechazo hipócrita vestido en túnica café. El concepto más claro en su pasado escolar fue la diferencia; como Lemebel, Felipe Osornio siempre existió hablando, exhibiendo, porque le apesta la injusticia y hay que ser ácido para soportarlo. En un contexto asfixiante, el arte funcionó como el único canal para ejercer la autonomía.

Una vez nos pidieron venir disfrazados. Como yo no quería venir de catrín, decidí vestirme de menstruación. Le robé a mi mamá un paquete de toallas saba, las pinté con acrílico rojo y me las pegué en todo el cuerpo. Me sentí realizado. Considero que esos fueron mis primeros, quizá no performance, sino proto-performance. Ese espíritu de querer hacer algo para cambiar algo.

Los años de adolescencia significaron catarsis continuas y desprendimientos. Felipe entendió la crisis como una herramienta de suma importancia para liberarse de todo lo que no sirve y quedarse con lo que sí.

En 2008 le diagnosticaron glomeruloesclerosis focal y segmentaria, una enfermedad que provoca insuficiencia renal. A los 16 años, sintiendo que el mundo no es sino lo que haces de él, había sucesos más prioritarios que una condición que ni siquiera se manifestaba físicamente.

La manera en la que la veía [la enfermedad] cambió hasta años después del diagnóstico, cuando empezó a ganar terreno y me afectó notablemente.

El estruendo de las enfermedades terminales es impredecible. Como un epicentro que genera ondas y derrumba lo inesperado, a su propio tiempo. Fue en esa etapa cuando presenció su primer performance.

Fui a un festival sólo de mujeres: cromosoma x. Trajeron distintos artistas, entre ellos La Congelada de Uva, performer reconocida. Vi a una mujer bailando a música electro dark, desnuda, portando un vestido creado por pulpos. En el performance cortaba los tentáculos y los aventaba al público. Me tocó ver cómo arrojaba uno y toda la gente se hizo para atrás, pero yo no. No sabía que eso pasaba. Yo estaba acostumbrado a ver danza y teatro donde siempre se respetaba la cuarta pared. En el performance el público nunca está a salvo. El público está en riesgo, el artista está en riesgo, el lugar está en riesgo, todos estamos en riesgo. Así es la vida, todo el mundo está en riesgo todo el tiempo. En ese momento, entendí que era algo diferente. Era un arte más directo y transgresor. Después de investigar y descubrir lo que era el performance, decidí que para mí eso era la potencia creativa real.

Esta experiencia desató un universo de posibilidades. La noción de arte clásico como única manifestación estética se rompió y salió algo más, algo libre, trascendente y sin límites. El concepto arrasó, y se quedó en él.

Mi primer performance fue un aborto a la Virgen María. Lo hice junto con una amiga. Ella estaba vestida de virgen y yo de cirujano. No salía un bebé, salía dinero, crucifijos, peces: cosas simbólicas. Ahora interpreto esa pieza como una especie de auto-exorcismo. A todo lo que la religión representó en mi vida.

 

«Campos del Dolor», performance de Lechedevirgen Trimegisto, Museo de la Ciudad de Querétaro, 2015. Fotografía: Herani Enríquez HacHe.

 

Fue un proceso de aprendizaje largo. Empecé a hacer performance al mismo tiempo en que me diagnosticaron. Lo veo como dos líneas que corrieron paralelas, secantes y cruzadas por diez años.

En junio del 2017 Lechedevirgen palabreó la fragilidad humana en un texto titulado «NOSOTROS». A continuación un fragmento:

Nosotros. Siempre nosotros. Los que conocemos el daño. Con el sentido del humor corrupto y el cuerpo condenado. Con el esqueleto envenenado y la voz quebrada por el llanto. Nosotros que amamos la vida, y nos toca luchar por ella. Nosotros los terminales. Nosotros sin garantía. Nosotros los que somos fuertes, porque siendo débiles nos tocó creernos fuertes. Los inevitables. Los imparables. Los invencibles. Los irremediables. Los irreversibles. Nosotros los aferrados, los que van perdiendo uñas, perdiendo cabello, perdiendo órganos, perdiendo peso, perdiendo sangre. Nosotros, que nos aferramos a la vida perdiendo vida. Perdiendo vida mientras intentamos vivir. Ganando muerte.

 

«Sexorcismos», performance de Lechedevirgen Trimegisto, en colaboración de Jerry ZZZ y Giovanna Márquez, el regreso de «El Gran Guiñol», Museo de la Ciudad de Querétaro, 2016. Fotografía: Herani Enríquez HacHe.

 

Las enfermedades son maestros sagrados que te enseñan cosas y depende de ti aprenderlas. Ese proceso no siempre significa curarse, también implica aceptar la muerte.

 

«Vitrolium», performance de Lechedevirgen Trimegisto, Museo de la Ciudad de Querétaro, 2017. Fotografía: Herani Enríquez HacHe

 

Todos en ese momento queremos ser deseados. Creo que es eso, la preparatoria: un mercado de carne. Vivir en ese contexto provocó que odiara mi cuerpo. No me gustaba mi tono de piel, mi cara, nada. Había un constante rechazo que yo internalicé de terceras personas en la escuela. Llegué a vestirme con doble capa de ropa y cuando me lavaba las manos, me negaba a verme en el espejo. No me gustaba quién era. Estaba muy presente el ideal de belleza blanco y europeo en el que definitivamente no encajaba. Además, sabía que el vato heterosexual al que me quería coger sólo se fijaría en mí si fuera mujer, lo cual generó un rechazo a mi propio género.

Lo que me sacó de ahí fue el arte. El performance se convirtió en una herramienta de enunciamiento, pronunciamiento, agenciamiento político y empoderamiento. Aprendí a usar mi cuerpo como un arma. Pasé de odiarlo a trabajar con él.

La mayoría de las cosas que pasan en el mundo tienen que ver con el cuerpo. El cuerpo está en el centro de las discusiones mundiales: las prótesis, el aborto. En el cuerpo ocurre el género, la sexualidad, la enfermedad, la discapacidad. Todos estamos atravesados por diferentes líneas que se manifiestan en el cuerpo. La clase, la raza, la edad, el género, etc. Todos se vuelven temas políticos. El cuerpo está en eterna politización.

Ahí entendí su potencial.

 

Felipe representa la muerte como la antítesis de la vida. Eso que visualizamos de viejos, en la comodidad de nuestra cama, con la satisfacción calmada de haber logrado todo lo que teníamos visualizado. Parece, entonces, que nuestra existencia se construye de caminar balanceados entre respirar y no hacerlo, palpitar y no hacerlo, bombear y no hacerlo, conectar y no hacerlo, vivir y no hacerlo. Un balance eterno, hasta que deja de serlo.

Abrazar la vida duele, pero es lo único que podemos hacer estando aquí. Los artistas estamos aquí para recordarle al mundo que está muriendo, y que por lo tanto, está vivo.

 

«Vitrolium», performance de Lechedevirgen Trimegisto, Museo de la Ciudad de Querétaro, 2017. Fotografía: Herani Enríquez HacHe.

 

Es un privilegio que podamos hacer arte en un país donde más de la mitad de los habitantes viven en pobreza. Tienes que decir algo que valga la pena. No necesitamos más decoración. El arte tiene que ser más, debe trascender. O mínimo, intentarlo.