Dejarme seguir soñando

por Itzel Márquez

¶ El día era bastante agradable. Como para ir por un helado. De esos que me compraba mi abuelita en Corregidora cuando yo salía de la primaria. Siempre pedíamos de limón. Hoy me sabe más agrio que de costumbre.

Hacía unas horas, mi abuela había fallecido en su cama. Su nombre era Luz María Corza y estaba por cumplir ochenta y dos años. Pero no había tiempo de llorar por la noticia. Había que ir a la escuela.

Esos veinte minutos de trayecto a la prepa fueron los más largos y tristes de mi vida. Me daba asco asomarme por la ventana del coche y ver al mundo girar con la misma vida de siempre, cuando por dentro nunca me había sentido tan muerta. La ausencia de palabras lo hacía peor. ¿Pero qué se podía decir en momentos como ese? ¿Palabras tristes? No ayudan. ¿Palabras felices? Vacías y sin sentido. El silencio era la mejor opción para sobrellevar el dolor, aunque el no hablar lo hiciera más doloroso.

«Me fumé tres cigarros en la madrugada, después de que se llevaran a tu abuelita», me confesó mi mamá cuando nos quedamos solas en el coche, esperando el inicio de clases. No tenía que decírmelo, todavía se olía el tabaco en su aliento. Con eso había roto su racha de tres años sin fumar.

«Está bien», le dije para consolarla. No lo estaba. A su madre le fallaron sus pulmones, y ella estaba firmando la misma sentencia. Empecé a alterarme, pero mi mamá no necesitaba eso. Así que solo repetí “está bien», mientras acariciaba sus canas nacientes. Hoy parecía tener más que ayer.

 

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Nos dirigimos al Centro para tramitar todo el proceso que implicaba despedirse de un muerto. Al llegar, nos encontramos con dos de mis tías y mi prima, a quienes rara vez veo. Nos habríamos puesto al corriente con la vida del otro, pero era imposible teniendo a la muerte tan presente. En su lugar, simplemente intercambiamos abrazos taciturnos y caminamos hacia nuestra primera parada: el registro civil. Emprendíamos nuestra marcha fúnebre bajo un sol que quemaba como la ausencia, pero nos acompañaba una brisa que refrescaba como la tranquilidad del descanso. Me habría gustado que ella estuviera caminando conmigo ahora, pues el último sol que ella conoció fue aquel que se colaba trabajosamente por la ventana de su cuarto, y la última brisa que la despeinó fue la del ventilador que colgaba del techo de la sala. En otra circunstancia éste habría sido un paseo familiar bastante agradable, con ella «llevándome del guante», como solía decir, y quejas ocasionales del dolor de sus pies.

Una vez que llegamos al Palacio Municipal, había que tramitar su acta de defunción. Mientras esperábamos a que la lenta burocracia hiciera lo suyo, mi consciencia se dio tiempo de pensar… ¿Un acta? ¿Por qué sacamos actas para todo? Nacimiento. Matrimonio. Divorcio. Defunción. ¿Acaso nuestra existencia se reduce a eso? ¿A otro papel más entre los millones sepultados en un frío archivo? Me gustaría pensar que no.

 

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Su casa nos recibió un aire que no me esperaba. Era un aire… normal. Tan normal, que era como si en cualquier momento ella fuera a salir de la cocina con un vaso de su jugo favorito en la mano. Todo se encontraba igual a como ella lo había dejado. Y ahora, sin ella, lo único que quedaba para recordarla era eso. Las pertenencias materiales que dejó atrás: el sillón en el que siempre se sentaba a ver la tele, las cremas que usaba al salir de bañarse, el camisón de dormir.

 

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Nos esperaban veinticuatro largas horas de velorio, pero los organizadores se aseguraban de que no las padeciéramos. En la funeraria tenían dispuestos sillones, agua, café, bocadillos… Por su parte, mi abuelita descansaba en un sencillo pero elegante ataúd café. Me pregunto si ella estará igual de cómoda que nosotros. Me gustaría meterme con ella y abrazarla, darle un poco de calor. La última vez que la abracé tenía sus manos heladas.

Me sorprendió la cantidad de personas que nos acompañaban. Empecé a contarlas: doce. Contando las que fueron de paso: veinte. Alrededor de veinte personas fueron a despedirla. En vida siempre estuvo sola, pero en muerte todos la acompañaron. En los delirios de su agonía, ella decía que ya no quería estar sola. Le dolía más la soledad que sus malestares. Me pregunto si las cosas hubieran resultado diferentes si todas estas personas hubieran estado con ella cuando más las necesitaba. Pero igual todos estaban aquí, con su hipócrita presencia. Mi mamá le sacaba el mal carácter. Mi hermano molestaba a la nieta consentida. La tía Lupe superó la muerte del hijo favorito. Doña Ofelia no hacía bien el quehacer. Y la tía Blanca… quién sabe, pero también le ponía caras largas. Mas ahí estábamos todos. «Entre todos nos echamos el hombro», habría dicho mi abuelito, también difunto.

 

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A la mañana siguiente mi mamá me invitó a que me despidiera con ella, pero no tuve el valor de derramar mis lágrimas sobre su rosto sin vida. Prefería conservar el recuerdo de sus ojos serenos y mejillas caídas. Me cuentan que se como si estuviera dormida.

 

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Odio ir a misa. Hacía más de cinco años que no me tomaba una comunión en serio. Pero ese día, al tomar la hostia, busqué en lo más profundo de mi perdida fe, con la esperanza de encontrar a alguien a quien pedirle por el alma de mi abuelita. Yo sentía que mis palabras solo hacían eco en el vacío celestial, pero necesitaba saber que, si yo no pude cuidar de ella como se merecía, debía haber alguien que lo hiciera en el otro lado. ¿Hay otro lado siquiera? Ella siempre le encomendaba mi bien a Dios. Tal vez es hora de que yo le encomiende el bien de ella.

 

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Eran dos horas estimadas de espera. Más sillones, más café, más silencio. Dos horas de espera en la cremación. Esta vez mi primo llevaba a su bebé de nueve meses en brazos.

El proceso terminó en una hora y media, antes de lo esperado. Tenía sentido, ella era una persona bastante pequeña. Nos entregaron sus cenizas en una urna gris. Mármol blanco, palomas de piedra y detalles dorados. Fue hasta que la sellaron que nos dimos cuenta que estaba resquebrajada en una esquina. Qué importa, pensó mi tío, igual nadie la verá estando guardada en el mausoleo. Sí importa, habría pensado mi abuelita: a ella no le gustaba que vieran sus quebraduras.

 

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Días han pasado, pero yo seguía sintiendo que todo había sido una ilusión. Su muerte para mí fue una pesadilla, pero para ella lo era vivir. Prefiero aprender a contar ovejas que dejarla seguir soñando.