COVID-19: datos, ironías, cuidados

por la redacción ERIZA

¶ El virus SARS-CoV-2 brotó en la ciudad de Wuhan (Hubei, China) a principios de diciembre del año pasado. El 4 de febrero de este año, mientras navegaban en aguas japonesas, diez pasajeros a bordo del crucero británico Diamond Princess dieron positivo de COVID-19. Inmediatamente, los 3,711 pasajeros y tripulantes del crucero fueron puestos en cuarentena. Para el 1 de marzo, los casos confirmados fuera de China ascendían a 8,436, la mayoría de estos en Corea del Sur, Italia e Irán. La organización Mundial de la Salud declaró una pandemia mundial el miércoles 11 de marzo.

El lunes 23 de marzo, día en el que comenzaron las clases virtuales en el Tec de Monterrey Campus Querétaro, y un día antes de declarar la Fase 2 en México, el número de infectados en Italia superaba los 63 mil, 43 mil en Estados Unidos, 35 mil en España, 23 mil en Irán, 367 en México.

Hoy, lunes 30 de marzo, hay más de 673 mil casos confirmados; el mayor número de ellos, 164,274, están en Estados Unidos. Más de 37 mil personas han muerto, 11,591 de ellas en Italia, 28 en México. Más de 165 mil personas que contrajeron el virus se han recuperado; la mayoría de ellos, más de 76 mil, en China.

Hoy, en la conferencia de las 7pm, el Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell, confirmó 1,094 casos de COVID-19 en México y 28 defunciones. Asimismo, el Consejo de Salubridad General declaró una Emergencia Sanitaria hasta el 30 de abril. Dicha emergencia consiste en suprimir todas las actividades no esenciales; es decir, todas aquellas que no involucren a la salud, la seguridad pública, los servicios indispensables y los programas sociales del Gobierno. En todos los sectores, y en todas las actividades, quedan prohibidas las reuniones de más de 50 personas. No regresaremos al salón 11107 sino hasta mayo. Si acaso…

Desde la propagación del virus H1N1 en 1918, ninguna otra pandemia había tenido el impacto global que ha tenido el SARS-CoV-2. Aún no existe una vacuna para combatir el COVID-19.

 

La ironía

Eso de las medidas preventivas es algo raro. Más que raro, es irónico. Parece que tenemos que tomar medidas extremas para evitar una crisis extrema. Todos nos deberíamos que guardar en nuestras casas; los niños no deberían ni acercársele a sus abuelos; las plazas tendrían que estar vacías y los comercios cerrados. Así, los hospitales no se saturarían, y no moriría tanta gente.

Pero si tomamos todas estas medidas extremas de prevención, habremos prevenido algo que no fue tan extremamente grave. La gente se habrá guardado gravemente por algo que al final no lo fue del todo, los niños habrán extrañado a sus abuelos sin un motivo aparente, los negocios habrán perdido dinero. Extrañamente, nadie quedará contento de haber prevenido lo que no pasó.

En cambio, si no tomamos esas medidas, si la gente sigue saliendo, los niños abrazan a sus abuelos, los negocios no cierran, la crisis será gravísima y querremos, cuando por fin nos llegue, haberla prevenido. Para qué salí a infectarme, para qué pasé tiempo con mis abuelos si al final los contagié, para qué abrí mi negocio si igual terminé quebrándolo… Y entonces la gente tampoco estaría contenta.

Eso es lo irónico, que esta es una lucha que, si la ganamos, no habrá habido lucha. Y parece que lo único que nos puede salvar de la ironía es vivir los dos escenarios a la vez. Es decir, la única forma de ganar la lucha es, desde México, voltear a ver a Italia.

Y es que no se trata de hipotecar nuestra vida, no estamos haciendo especulación epidemiológica. De lo que se trata, quizá, es de tener una mirada desviada. Porque lo que aún no sucede en México es real, y se llama Italia. Y así, de nuevo, y como siempre, Rimbaud: «yo soy otro».

 

El otro

¿No somos Italia? ¿No lo somos porque nuestra población es más bien joven, o no lo somos porque no tenemos ese sistema de salud pública? ¿O será que por acá somos más los diabéticos? ¿Con quién nos podemos comparar? ¿Con Corea, con Singapur, con Islandia? ¿Sólo nos podemos comparar con nosotros mismos? Si nosotras, nuestro compañero, nuestra abuela se enferma de COVID-19, ¿iríamos al IMSS, al ISSSTE, al Hospital General de Querétaro? Estados Unidos gasta más del 16% de su PIB en salud; «nosotros», el 4.2%. ¿Cuánto cuesta nuestro seguro de gastos médicos que nos exige tener el Tec? ¿Con qué seguridad social cuenta, digamos, una niña indígena por allá en Chiapas? Si más del 70% de la población adulta en México es obesa, ¿a qué clínica irá un viejo diabético allá por Amealco? ¿Con quién nos podemos comparar nosotros, el 7-5-3% más privilegiado (es decir, menos igualitario) de México? ¿Podríamos compararnos, relacionarnos, con otros otros? ¿Tenemos la lucidez y la sensibilidad para voltear a ver a los 32 casos confirmados en El Salvador? ¿Tenemos la imaginación para sentir el efecto de las remesas que dejarán de enviarse desde Estados Unidos? ¿Tenemos la vergüenza de investigar cómo son los alumnos y sus clases durante estos días por allá en Tolimán? ¿Podríamos voltear a ver a las cárceles acá en México, a las comunidades sin tuíter a las que se dirige López Obrador, a los refugios de migrantes y desplazados? ¿Podríamos voltear, acaso, a ver nuestra propia estupidez? ¿Qué historias valdría la pena contar entre esta barahúnda diarreica de información en la que nos encontramos?

 

El origen de nuestra civilización

Leemos esta anécdota en el TL de la periodista española Lula Gómez:

Hace años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura. El estudiante esperaba que Mead hablara de anzuelos, ollas de barro o piedras para moler. Pero no. Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que se había roto y luego sanado. Mead explicó que en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a tomar algo o buscar comida. Eres carne de bestias que merodean. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane. Un fémur roto que se ha curado, explicó Mead, es evidencia de que alguien se ha tomado el tiempo para quedarse con el que se cayó, ha vendado la herida, lo ha cuidado.