El oso de agua

por Eric Monterrubio y Felipe Camacho

¶ La vida en nuestro planeta es cíclica, frágil y finita. Todos los seres pertenecientes a este súper ecosistema deben seguir las leyes establecidas, sí, pero existe un organismo que trasciende toda ley comprensible por nuestras conciencias humanas y terrenales. Es el oso de agua, un ente indestructible que escoge la mortalidad para volverse uno con el cosmos. Se sabe bien que el Oso puede subsistir sin problemas en donde quiera, en el centro más ardiente de un volcán, en el rincón más frío y olvidado de los gigantescos glaciares árticos, en las abrumantes presiones de los fondos oceánicos, hasta en el infinito vacío sideral, pues el Oso soporta la radiación cósmica e, incluso, se ha llegado a observar en la Luna. Podríamos teorizar que sus maravillosas propiedades se deben a su comprensión superior de la lógica que rige el Universo, a diferencia de nuestra visión de seres frágiles diseñada sólo para la Tierra y para nuestros deseos irrelevantes al propósito del Cosmos.

La especie humana presume haber superado la pirámide alimenticia pintándose como conquistadores de la naturaleza, sosteniendo su capacidad de adaptarse y hacerle frente a esta con el argumento de la variedad «racial». El oso de agua, que ha llegado más lejos que cualquier explorador, no ha tenido necesidad de cambiar mucho su fisonomía. La especie humana insiste en ser la primera en colonizar el planeta entero, pero no podrían estar más alejados de la realidad, pues los Osos, también llamados tardígrados, ya dominaban cada rincón inhóspito del mundo. Conociendo la banalidad de la civilización, estos reyes de todos los reinos de la biología prefieren una existencia sencilla en un plano microscópico que los hace parecer irrelevantes. Eso es parte de la enseñanza que intentan transmitir al resto de las especies terrícolas: el poder no significa nada.

Según la escuela filosófica del existencialismo, el ser humano nunca termina de construirse; parece ser, entonces, que el tardígrado sí lo logra, pues decide morir y trascender la propia realidad a un plano que jamás lograríamos siquiera imaginar.

 

* * *

 

He ahí esta criatura, avanzando a paso lento debajo del agua, en una región pantanosa, de lagos estancados. Prefiere vivir así, en condiciones que le permiten conectar con el origen de la vida misma. Emergió de aquel caos en el cual, irónicamente, todos los organismos perecerán, a excepción de uno.

Inerte está el Oso, en algo que sólo podríamos definir para nosotros como un pensamiento, pero que va más allá de ello. El Oso sigue su ritmo y, de vez en vez, acelera en busca de alimento.

En algún lugar de un remoto pantano, yace un diminuto huevo esperando pacientemente el poder tener un padre que le otorgue la sabiduría que lo llevará a la eclosión, el secreto de la vida. Y es que así inicia el viaje: el huevo es fertilizado por otro Oso, se acelera el proceso como si fuese una educación de características químicas y el padre Oso, estando ahí tan sólo segundos, antes de retirarse y continuar su camino, comparte con otro el porqué de la vida. Y el antes huevecillo ahora debe encontrar el porqué de la muerte.

Si no hay padre, contrario al humano, no pasa nada. El huevo eclosiona por sí mismo, el pequeño tardígrado encuentra su propio misterio y descifra lo que es la existencia misma.

Paso a paso recorre el mundo, observando y reflexionando. En ocasiones su pensamiento es tan profundo que se detiene y cae en una prolongada meditación hasta encontrar una respuesta a su cuestionamiento. Los efímeros humanos sólo han podido acercarse por muy poco a este estado de reflexión.

En un caso muy curioso, algunos seguidores de Siddhartha nacidos en los bordes del Oriente produjeron una práctica que parecía emular la meditación que trae el sueño de barrilete, la práctica de la momificación budista conocida por la mayoría como Sokushinbutsu. Este inocente intento de aspirar a algo lejos de nuestro alcance trajo, a manera de un obsequio o, mejor dicho, un premio de consolación, la misteriosa preservación de los monjes en posición de loto, un letargo que expone una imagen de muerte a manera de un capullo que en realidad esconde a un ser más vivo que cualquiera, más presente que cualquiera. Cuando los monjes escogen momificarse, están intentando llegar a la iluminación del buda, pero el Oso ya la domina, es por eso que para él este letargo es algo casi rutinario. El Oso puede pasar hasta 10 años en este periodo de pensamiento profundo, su cuerpo se seca y vive sin agua ni alimento, pero cuando finalmente alcanza la conclusión a su cuestionamiento, simplemente continúa su camino. El mundo nunca se detiene para el Oso, el Oso se detiene para el mundo.

 

* * *

 

La fuente de su fortaleza radica en la decisión de experimentar la vulnerabilidad. La pequeña existencia que él, junto con otros organismos conforman, es una en que los elementos de la naturaleza se hacen presentes como jamás lo serían en la vida macroscópica. Con una conformación ligera, al grado que conoce lo que es navegar en vientos, surcando y buceando en interminables mares de aire, el Oso encarna la magia de lo diminuto. A diferencia de los otros organismos que son megalópolis enteras de células que en su increíble pero incoherente estructura no llegan a nada, este organismo se limita a una simple villa, un pueblo, quizás una tribu, y es que una constante en la historia humana es el hecho de que en los pequeños grupos se definen los principios del porqué del ser y el cómo de su presencia en este mundo; en la comunidad reducida se está tan expuesto a la naturaleza que sigue formando parte de ella. Pues, si para nuestros ancestros éramos hijos o siervos de esta, nuestro titánico amigo la corteja y la lleva al baile, la conquista y reina junto a ella. Pero si para amar (que es muy diferente a lo que percibimos), de alguna manera se debe «sufrir», para el tardígrado, en una existencia a la que podríamos llamar dura, no existe el sufrimiento, sólo una virtual fortaleza mucho más maleable de lo que nos hemos permitido ver.

Muchos serán estúpidamente escépticos, cuestionarán y dirán que lo expresado aquí es una vil exageración, no aceptaran esta verdad porque aún no son capaces de ver que todo es verdad, a diferencia del tardígrado. Varios Osos quedaron regados en la Luna, un pequeño incidente en pruebas que se hacían por la fascinación que tan místicas criaturas producían. Desde ahí voltearon a ver a la Tierra, en esta imagen casi simbólica, lo que encontraron fue nuestro minúsculo punto azul, flotando a la deriva, un punto azul que en realidad no flota, sino que se hunde, se soporta y navega con la corriente de la propia masa intangible que es el espacio.

En ese momento, los osos de agua lo comprendieron, redescubrieron y supieron, de nuevo, lo irrelevantes que somos al lado de la infinidad, entendieron lo fútil de lo terrenal y decidieron volverse uno con el cosmos, atravesando todas las barreras de la vida para que su conciencia trascendiera como parte de la creación. Asemejaron el hecho de que todos forman parte del otro, todos contribuyen al enriquecimiento de sus conciencias, por eso su deber es desarrollarlas, para contribuir como unidad en un plano cósmico alejado de todo lo comprensible para nosotros los humanos. Ese es el verdadero propósito de todos los seres, pero los únicos conscientes de ello son los Osos, son los únicos dignos de la realidad sin filtros y de la vida sin limitaciones. Ellos nunca negaron sus orígenes naturales, y por eso pueden formar parte del universo, y de realidad.