Días de encerrón

por Ana Paula González

Nota bene: la estructura de este texto pertenece este otro de Juan José Millás.

Hay días en los que dices coronavirus y te acuerdas de tu clase que comienza en 5 minutos en la app de videollamadas Zoom; o en cómo arruinó el último semestre de prepa de la generación 2020.

En los que dices coronavirus y te acuerdas que el 30% de la población mexicana no tiene acceso a internet.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de los problemas crónicos del sector salud en nuestro país: poco presupuesto, subejercicios, escaso personal, poca infraestructura y sesgos geográficos.

En los que dices coronavirus y te acuerdas del COVID-19, la enfermedad infecciosa causada por el coronavirus, que se descubrió recientemente.

En el que dices coronavirus y ves en las noticias que en el mundo ya hay 803 mil 313 casos confirmados, 39 mil 14 muertes y 172 mil 657 personas recuperadas.

En el que dices coronavirus y te acuerdas que en México hay ya mil 94 contagiados, 20 muertos y 34 recuperados.

En los que dices coronavirus y te acuerdas del desdichado príncipe Carlos de Gales, que por fin obtuvo la corona, pero no la que quería.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de la miradas de la gente cuando estornudas en un espacio público.

En los que dices coronavirus y te acuerdas que, para celebrar el Año Nuevo Lunar, un grupo de 20 turistas de Guangxi, China, viajó a Singapur, festejó y regresó a casa, dejando atrás lo que todavía no era una pandemia.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de López Obrador, y sus «abrazos no balazos» en medio de una pandemia mundial.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de Tom Hanks y su esposa. Y de la nota rosa, que semanas después sólo publicaba acerca de las celebridades que no habían contraído el virus, haciendo noticia de la no noticia.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de un video de Twitter en el que decía que en los años 20 de cada siglo siempre hay una pandemia. 1320, la peste negra; 1520, la viruela; 1720, gran peste de Marsella; 1820, el cólera; 1920 la peste neumónica; 2020, COVID-19.

En los que dices coronavirus y te acuerdas del verbo estornudar y del sustantivo gotículas, y de aquel murciélago que fue el principio del fin.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de la fiebre, el cansancio, la tos seca, dolor en la garganta, diarrea, congestión nasal, rinorrea…

En los que dices coronavirus y te acuerdas de Justin Trudeau, que aprobó un paquete de emergencia de 75 mil millones de dólares estadounidenses para ayudar a las personas y las empresas a sobrellevar la pandemia, que cerró sus fronteras, sensibilizó a la población y pidió autoaislamiento desde antes de que el virus se propagara como lo hizo en Italia o España.

En los que dices coronavirus y es como si dijeras pánico, FOMO, como si convocaras a todos esos compradores compulsivos, todo ese papel de baño, todos esos geles antibacteriales o sanitizantes. Todos esos retos en las redes sociales, todos esas dominadas con un rollo de papel higiénico, dibujar verduras y frutas en tus historias de Instagram, y recluirte en la comodidad de tu hogar. Todos esos deportistas cargando garrafones, litros de leche o cualquier objeto que encuentren a su alcance.

En los que dices coronavirus y ya es la quinta vez en el día que te autodiagnosticas el virus, pero se te pasa cuando ves el precio de la prueba real (104.95 USD), y que los hospitales privados de México la cobran hasta en 10,000 pesos.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de la canción: It’s Corona Time.

En los que dices coronavirus y te acuerdas del #CoronavirusChallenge y la gente lamiendo excusados.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de las autoridades, y te cuestionas si no es un encubrimiento para un problema de mayor magnitud.

En los que dices coronavirus y piensas en las personalidades dobles o triples que haz creado en la semana y media que lleva de cuarentena, en los apartamentos con vistas al desconsuelo, en las habitaciones con olor a desinfectante, en los estantes de los supermercados vacíos.

En los que dices coronavirus y dices: enfermedad infecciosa causada por un nuevo virus, que se estima que entre el 40% y el 70% de la población mundial se contagiará de esta.

En los que dices coronavirus y dices adiós NBA, conciertos, giras y tiendita de la esquina.

En los que dices coronavirus y dices: a lavarme las manos cantando el coro de Mr. Brightside.

En los que dices coronavirus sano y no sabes lo que dices. Pero si dices coronavirus enfermo, sí.

En los que dices coronavirus y entiendes por qué Rapunzel empezó a hablar con su camaleón.

En los que dices coronavirus y te acuerdas de como extrañas la escuela.

En los que dices coronavirus y dices TikTok.

En los que dices coronavirus y dices estupidez.

En los que dices coronavirus y dices Susana Distancia.

En los que dices coronavirus y dices encierro.

En los que dices coronavirus y dices drogas.

En los que dices coronavirus y dices adiós graduación.

Hay días en los que dices coronavirus y llegas a la conclusión de que no aprecias lo que tienes hasta que lo pierdes. Ahí estás, encerrado a solas con tu salud como un koala, que siempre parece estar en pausa. Tú y el coronavirus, alejados, 1.5 metros de distancia de cualquier otro ser viviente, pensando si es buena idea raparte como Britney Spears. Tu casa, aunque es tu casa, se siente como un animal gigantesco e inmóvil, encerrada sientes impotencia. Y es que toda la actividad es interior, en parte mental, pero fundamentalmente digestiva, porque no dejas de comer. El encerrón digiere a todos cuantos quedan atrapados en su cuerpo. Y los consume, dejándolos al borde de la locura.

El coronavirus y tú.

O tú y el coronavirus.

Los dos solos, conviviendo en el mismo universo, evitando mirarse a los ojos, ¡pero no te toques la cara! El coronavirus está rondando cerca, en cada gota de saliva. Y es que siempre busca, encuentra, parece que se va y siempre vuelve. Cuando el coronavirus llega, es de tu cuerpo el esclavo; cuando se va, con alguien, eres su viudo.

Hay días en los que dices coronavirus y vuelves a ver a ese viudo, con el país decayendo económicamente, mientras tú estás en tu casa, cómoda pero con la mirada ansiosa, temerosa; quizá el virus ya haya entrado.

Hay días en los que dices coronavirus y no dices muerte. En cambio, siempre que dices muerte dices coronavirus.