Un huevo seco

por Leslie Olvera

¶ Cuando era pequeña, recuerdo que en la ventana había un nido de pájaros silvestres, de esos que viven en la ciudad porque el más fuerte les quitó su hábitat. El nido se encontraba en la esquina, afuera de una ventana con barrotes blancos, y a mí me gustaba ver los huevos puestos en el nido. Cada vez que llegaba de la escuela iba a ver si ya habían nacido los pájaros. Después de un tiempo nacieron, pero seguía un huevo por ahí que no había eclosionado. Y cuando los pájaros aprendieron a volar, el huevo se quedó sólo en el nido. Yo me preguntaba por qué lo habían dejado. Le pregunté mis papás y me dijeron que muchas veces el huevo está «seco». Se me hacía muy triste que eso le hubiera pasado, pero cuando crecí me di cuenta que tal vez esa pajarita ya no podía alimentar a todos los pajaritos; no se sentía capaz de sacar adelante a todos, o tal vez nomás eligió a los más fuertes.

 

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Carla (personaje múltiple, representativo) está en sexto semestre de Colegios de Bachilleres. Entre clases habla con su amigas sobre chicos, ropa e incluso de universidades y carreras. En los recesos se encuentra con su novio, Antonio, con el que lleva seis meses de noviazgo. Ella no le ha dicho a su mamá sobre esto, pues sabe bien que no tiene permiso de tener novio. Sabe que su mamá tardará en darse cuenta, pues gran parte del día se la pasa trabajando como cajera en una tienda de autoservicio (Walmart).

Al finalizar las clases, Carla se dirige hacia la salida, donde la alcanza Antonio para acompañarla a la esquina de su casa. Ella ha estado actuando raro ese día, e incluso él le ha estado preguntando qué le pasa. Cuando están alejados de la escuela, cuando nadie puede escucharlos, es cuando ella le suelta la preocupación que la ha estado carcomiendo desde hace un mes: está embarazada. Ambos siguen caminando y ella espera que le diga algo, pero él sólo asiente cada cierto tiempo y no le dice nada. Ella sabe que él quiere irse a estudiar una ingeniería a otro estado y que en los planes de ninguno de ellos estaba contemplado un hijo. Al llegar a la esquina, el chico decide decirle de manera corta y tajante que no pueden ser padres y que lo mejor es abortarlo. Para Carla eso no es algo atroz, pues en su mente ya estaba contemplada esa idea, y de hecho para ambos era la más viable en el momento, pero había un problema: el dinero.

Carla en este momento tiene tres meses y sabe que el tiempo se le está agotando a ella y a su novio, quien decidió apoyarla a diferencia de muchas mujeres en el resto del país. No le ha dicho a nadie, ni a sus amigas ni a su madre. Sólo a Antonio. Su mamá sigue trabajando todos lo días, por lo que no ha notado nada raro en ella. Un aborto en una clínica legal en la Ciudad de México le cuesta unos cinco mil pesos, ambos han logrado juntar la cantidad necesaria. Hace un par de días, Antonio le dijo que le podía conseguir una pastilla clandestina, pero ella le dijo que no, que las cosas se iban a hacer bien pues no quería ser parte de la cifra de 750 mil mujeres, que una vez escuchó en la televisión, de mujeres que se someten a abortos clandestinos.

Carla vivía con su madre, abuela y hermano pequeño de trece años, en una casa pequeña cerca del municipio de Corregidora. Su padre las dejó hace mucho tiempo y el papá de su hermano se fue a los Estados Unidos para conseguir una «mejor vida»; les manda dinero cada mes desde que ella tenía cinco años, no lo han vuelto a ver. Su familia no cree en el aborto y sabe bien que si les dice van a echarla a la calle porque la gente buena no mata un «bebé» y para eso existen los métodos anticonceptivos, pero para Carla los métodos fallan; la mala suerte hizo que perteneciera a ese porcentaje donde los métodos de barrera y hormonales no alcanzan el cien por ciento de efectividad, o tal vez no fue mala suerte, sino que su madre y su abuela nunca platicaron con ella sobre su sexualidad.

 

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Carla logró que su madre se creyera la mentira del viaje a Six Flags con sus amigas y, a las seis de la tarde, después de haber realizado el procedimiento, bajaba ya de un autobús con Antonio en la Central de Querétaro. Al llegar a su casa, pasó por la mesa y se dirigió a su cuarto donde se acostó y empezó a llorar. En la noche su abuela le preguntó porqué lloraba y ella le dijo que sólo se había molestado con sus amigas por algo ofensivo, pero que ya había pasado.

Aquel día Carla se convirtió en la mujer doscientos mil y algo que se había practicado un aborto desde 2007, fecha en la que se volviera legal en la Ciudad. Toda esa noche Carla lloró y nadie la consoló, pues no podía decirle a sus amigas o su familia que se había hecho tan «atroz». Ella había pensado en la adopción, pero su familia no la dejaría, y además Antonio le dijo las cifras sobre ese asunto, en donde en 2018 sólo se realizaron 28 solicitudes de adopción, de las cuales sólo la mitad fueron concretadas, sin contar que México cuenta con 1.6 millones de huérfanos. A Carla le dolía que las cosas fueran así, pero en un mundo donde gran parte del sistema no puede dejar de ser pobre, para sobrevivir hay ocasiones en donde se tiene que dejar el huevo enfriar, y seguir adelante.