Antoine d'Agatha

Bueno para nada

por Mark Fisher y traducido por José Pablo Castañeda

¶ He sufrido intermitentemente de depresión desde que era un adolescente. Algunos de estos episodios han sido muy debilitantes –resultando en autolesiones, privación (donde pasaría meses, sin parar, en mi propio cuarto, sólo aventurándome a salir para inscribirme en prestaciones por desempleo o para comprar las mínimas cantidades de comida que consumía), y tiempo dedicado en distritos psiquiátricos. Yo no diría que me he recuperado de esta condición, pero estoy agradecido de decir que tanto las incidencias como la gravedad de estas han disminuido en gran medida en los años recientes. En parte, esa es una consecuencia de los cambios en la situación de mi vida, pero también tiene que ver con la llegada a un entendimiento diferente de mi depresión y de su causa. Ofrezco, en sacrificio, mis propias experiencias de aflicción mental, no porque piense que hay algo especial o único acerca de ellas, sino en apoyo de la afirmación que muchas formas de depresión son mejor entendidas –y mejor combatidas– a través de estructuras impersonales y políticas, más que individuales y «psicológicas».

Escribir sobre la depresión de uno es difícil. La depresión está, en parte, constituida por una burlona voz «interna» que te acusa de autoindulgencia –no estás deprimido, sólo estás apenado de ti mismo, mantente calmado– y esta voz está sujeta a ser desencadenada al hacer público el trastorno. Por supuesto, esta voz no es una voz «interna», para nada –es la expresión internalizada de fuerzas sociales reales, donde algunas tienen un vasto interés en negar cualquier conexión entre la depresión y la política.

Mi depresión siempre fue atada con la condena de que yo era, literalmente, bueno para nada. Pasé la mayor parte de mi vida, hasta los 30 años, creyendo que yo nunca trabajaría. En mis veintes oscilé entre estudiar posgrado, periodos de desempleo y empleos temporales. En cada una de estas ocupaciones sentí que no pertenecía –en posgrado, porque yo era un aficionado superficial que había, de alguna manera, fingido su camino: no era un verdadero académico; desempleado, porque no era, en realidad, un desempleado, como los que de verdad buscan trabajo y no lo encuentran, sino un holgazán aprovechado; y en empleos temporales, porque sentí que me desempeñaba de forma incompetente, y, de todos modos, no pertenecía a estos trabajos de oficina o de fábrica, no porque era «demasiado bueno» para ellos, sino –muy al contrario– porque era demasiado instruido e inútil, tomando el trabajo de alguien que lo necesitaba y merecía más que yo. Aun cuando estaba en un distrito psiquiátrico, sentí que no estaba, en realidad, deprimido –que sólo simulaba el trastorno para evadir el trabajo, o en el razonamiento infernalmente paradójico de la depresión: que lo simulaba para conciliar el hecho de que no era capaz de trabajar, y de que no había espacio alguno para mí en la sociedad.

Cuando, eventualmente, conseguí trabajo como profesor en una universidad de educación superior estuve, por un tiempo, extasiado –aunque por su propia naturaleza esta exaltación demostró que no había podido deshacerme de los sentimientos de inutilidad que pronto me guiarían a posteriores periodos de depresión. Carecí de la calmada confianza de uno que nace para el papel. A un nivel no tan inmerso todavía no creía, evidentemente, que era el tipo de persona que pudiera enseñar. Pero, ¿de dónde viene esta convicción? La escuela dominante de pensamiento en psiquiatría ubica los orígenes de tales «convicciones» como indicios de disfunción cerebral, la cual debe ser corregida con fármacos; el psicoanálisis y las formas de terapia influenciadas por él investigan las raíces de angustia mental en antecedentes familiares, mientras que la terapia cognitivo-conductual está más interesada en reemplazar estas malas convicciones con una serie de historias positivas que en localizar la fuente de estas. No es que estos modelos sean enteramente falsos, sino que pierden de vista –y deben de– la causa más probable de tales sentimientos de inferioridad: el poder social. La forma de poder social que tuvo mayor efecto en mí fue el de clase, aunque claro que el género, la raza y otras formas de opresión funcionan igual, al producir el mismo sentido de inferioridad ontológica, que es mejor expresada en el pensamiento que articulé arriba: que uno no es el tipo de persona que puede cubrir puestos destinados para el grupo dominante.

Por la insistencia de uno de los lectores de mi libro Realismo capitalista, empecé a investigar el trabajo de David Smail. Smail –un terapeuta, aunque uno que sí se pregunta el poder central de su práctica– confirma la hipótesis sobre la depresión hacia la que yo mismo había caído. En su crucial libro Los orígenes de la infelicidad, Smail describe cómo las diferencias de clase están diseñadas para ser permanentes. Para aquellos que desde su nacimiento son enseñados a pensar de sí mismos como menores, la adquisición de cualificaciones o riqueza rara vez será suficiente para borrar –ya sea en sus propias mentes o en las de otros– el primordial sentido de incompetencia que los marca tan temprano en sus vidas. Alguien que sale de la esfera social que «debe» ocupar siempre está en peligro de ser rebasado por sensaciones de vértigo, pánico y horror:

…aislado, desconectado, rodeado de un espacio hostil, de repente estás sin conexiones, sin estabilidad, sin nada que te mantenga honrado o en el mismo lugar; una vertiginosa, repugnante irrealidad toma posesión de ti; te amenaza una completa pérdida de identidad, una sensación de fraudulencia absoluta; no tienes derecho a estar aquí, ahora, habitando este cuerpo, vestido de esta forma; eres una nada, y «nada» es, bastante literalmente, en lo que sientes que estás a punto de convertirte.

Desde hace algún tiempo, una de las tácticas más exitosas de la clase dominante ha sido la responsabilización. Cada miembro individual de la clase subordinada es alentada a sentir que su pobreza, falta de oportunidades, o desempleo, es su culpa y sólo suya. Individuos van a culparse a sí mismos, más que a las estructuras sociales. Las cuales, en todo caso, la clase dominante les ha inducido a creer que en realidad no existen (sólo son excusas, apeladas por los débiles). Lo que Smail llama «voluntarismo mágico» –la creencia que dentro de cada individuo está el poder de hacer de ellos mismos lo que sea que quieran ser– es la ideología dominante y religión no oficial de la sociedad capitalista contemporánea, impulsada por «expertos» de reality shows y gurús de negocios, así como por políticos. El voluntarismo mágico es tanto un efecto como una causa del actual e histórico bajo nivel de conciencia de clase. Esta es la otra cara de la depresión –cuya convicción subyacente es que cada uno es el único responsable de su propia miseria y, por lo tanto, la merecemos. Un doble vínculo, en especial, vicioso es ahora impuesto hacia los desempleados de largo plazo del Reino Unido: a una población que toda su vida ha recibido el mensaje de que es buena para nada, simultáneamente le dicen que puede hacer lo que quiera.

Debemos entender la sumisión fatalista de la población del Reino Unido hacia la austeridad como consecuencia de una depresión cultivada a propósito. Esta depresión se manifiesta en la aceptación de que las cosas serán peores (para todos, excepto para una pequeña élite), que somos suertudos de tener un trabajo en absoluto (así que no debemos esperar salarios que mantengan el ritmo con la inflación), que no podemos costear la provisión colectiva del estado de bienestar. La depresión colectiva es el resultado del proyecto de resubordinación, impuesto por la clase dominante. Desde hace algún tiempo, hemos aceptado, cada vez más, la idea de que no somos el tipo de personas que pueden tomar acción. Esta no es más falta de voluntad que la de los individuos deprimidos que pueden «salirse de sus malestares» al «ponerse los pantalones». La reconstrucción de una conciencia de clase es, en efecto, una tarea formidable, una que no puede ser lograda apelando a soluciones preconcebidas –pero, a pesar de lo que nuestra depresión colectiva expresa, se puede hacer. Inventar nuevas formas de participación política, reactivar las instituciones que se han vuelto decadentes, convertir el desafecto privatizado en ira politizada: todo esto puede pasar y, cuando suceda, ¿quién sabe qué es posible?